Encerrados, esclavizados en la tiranía de los números, de lo meramente cuantitativo, se nos olvida algo tan serio como reflexionar, atravesar la corteza endeble de la epidermis del análisis de las cuestiones que realmente nos importan.

Bankia y La Caixa se fusionan. De nuevo al análisis cuantitativo expandido ad nauseam: el gigante, el mayor banco de España, una capitalización bursátil de no se cuántos miles de millones….Ya. cierto, pero y de nosotros, de los consumidores de productos financieros, de los españoles, ¿nada se dice? Viajemos en el tiempo por unos minutos. Año 1988. En España el sistema financiero se estructuraba del siguiente modo: siete grandes bancos (Banesto, Central, Hispano, Santander, Popular , Bilbao y Vizcaya) se repartían, en feroz competencia, el cincuenta por ciento del sistema financiero. ¿Feroz competencia? Pero, ¿no eran ciertas las famosas comidas de Presidentes? Si, ciertas, pero igualmente preciso que en ningún modo, al menos en mi presidencia, funcionamos como un oligopolio concertado, aunque sólo fuera porque el otro cincuenta por ciento del mercado financiero correspondía a unas peculiares instituciones, ni públicas ni privadas, denominadas Cajas de Ahorro, que, aparte de funcionar mas que bien en cuanto empresas de ese segmento de negocio, al carecer de accionistas, sus beneficios se destinaban en gran medida a una encomiable labor social, de la que resultaba beneficiario el conjunto de la sociedad, convirtiendo en realidad aquel lema que consagré en una inolvidable Junta General de Banesto: devolvamos a la sociedad en forma de cultura parte de lo que la sociedad nos entrega en forma de beneficios.

En aquellos años, un empresario o un simple particular que necesitara un producto financiero se encontraba ante un escenario caracterizado por dos factores: primero, podía acudir a diferentes entidades que competían entre ellas. Segundo, la atención y asistencia de los antiguos directores bancarios iba mas allá de la pura venta del producto para recalar en una suerte de asistencia general en la que lo personal no quedaba en ocasiones marginado.

¿Cuál es el panorama hoy? En el segmento bancario un banco, el Santander, es el resultado de agregarse Central, Banesto, Hispano y Popular. En el otro lado el BBVA, que engloba Bilbao, Vizcaya y el conjunto de la Banca pública organizada entorno al Banco Exterior. Vamos, un duopolio con permiso del Sabadell y de los escasos servicios que presta en el terreno doméstico la banca extranjera… ¿Y del lado de las Cajas de Ahorro? Nada, no queda absolutamente nada, ni la raspa, como diría un clásico, porque Bankia y Caixa no son cajas sino bancos, así que la Obra Social, la magnífica obra social de las Cajas, pasó a mejor vida en perjuicio de los españoles que de ella se beneficiaban.

¿Qué ha ocurrido para semejante despropósito? Porque en el terreno de la competencia transitar de un mercado fragmentado competencialmente a un duopolio de facto es sencillamente un despropósito descomunal, no, desde luego, desde el punto de vista de los titulares de esa posición de privilegio, esto es, los bancos, sino desde el plano del consumidor de productos financieros, no solo porque reduce la competencia, sino que ello conlleva, inevitablemente, un aumento del poder real que esas entidades del duopolio ejercen sobre la economía nacional, y aumentar el poder real de la banca sobre la economía en su conjunto es sencillamente una barbaridad económica y política. Pero asi somos los españoles: consumidores de espejismos confeccionados desde la trastienda del poder.

La muerte súbita de las viejas Cajas de Ahorro tiene un diagnóstico muy claro: los políticos, de todo signo, se apropiaron del poder de gestión de esas entidades y lo utilizaron en su propio y muchas veces espurio beneficio, demoliendo, no ya los parámetros morales de comportamiento en un sector tan sensible como el financiero, sino las mas elementales prácticas empresariales de esa actividad. No hubo alternativa: desaparecieron, y algunas se fusionaron en Bankia, gracias a ingentes cantidades de dinero que fueron aportados con cargo al erario de los españoles. Sí, de los españoles, no lo olvidemos, porque esos dineros no se aportaron para sufragar “provisiones”, por tanto algo reversible, sino pérdidas debidas a las decisiones absurdas adoptadas por esos políticos, o a las sustracciones ejecutadas sin miramiento alguno.

Por ello, siendo Bankia receptor neto de fondos de los españoles, esta fusión debe aclarar, antes que otra cosa, qué va a pasar con esos dineros y cómo los vamos a recuperar o quien se va finalmente a beneficiar de ellos. ¿Y las fusiones bancarias? Aparte de que algunos, incomprensible, se dedican a consumir dogmas no meditados, como el principio de eficiencia de las fusiones, el asunto es mas bien claro: se fusionaban los bancos para ganar mas dinero a base de reducir personal. Pero, ¿no hablaban de sinergias? Si, claro, las sinergias consistían de hecho en hacer mas de lo mismo con menos coste de personal y repartiendo algo, no mucho, los inmovilizados estructurales. Vamos que la banca a partir de ese momento pasó a ocupar el papel de desempleador mayor del reino, cuando por décadas ocupó la plaza exactamente opuesta. Ahora las cosas son mas complicadas.

El sistema financiero se ha complejizado mucho. las grandes tecnológicas ocupan día a dia mayores cuotas de ese negocio en perjuicio de la banca. Los tipos de interés negativos han venido para quedarse un rato largo. El viejo y suculento negocio bancario de los abusivos márgenes de intermediación es ahora música celestial (o demoníaca, según se mire).

El negocio bancario “de toda la vida” está agonizando. La desintermediacion digital (los bancos eran “intermediarios financieros” analógicos) es un hecho y va a mas cada minuto. Las criptomonedas, se pongan como se pongan los bancos centrales, avanzan y lo harán cada vez mas a medida que crece la desconfianza en el dinero fiduciario. La globalización y la velocidad de las transferencias financieras ejecutadas desde un móvil, la invasión de la tecnología en muchos ámbitos del vivir, van a cambiar, están cambiando el mundo, y en esta “nueva realidad” la banca tradicional ya no tiene sitio, o su lugar es mucho mas angosto que el de antaño Por eso se fusionan. Porque están dejando de ser rentables a corto y quieren subsistir a base de recortar empleos, eliminar sucursales, en fin, desmoronar lo que constituía la esencia del negocio bancario.

Quizás es que no queda otro remedio.Por si fuera poco se han perdido dos elementos capitales: la legitimidad moral, porque el público percibe, con toda razón, a la banca como un mero apéndice del poder político. Y el papel “social” de los viejos directores de banco, sustituidos al día de hoy por robots sin alma. Y a mayores, como dicen los clásicos, la pandemia del señorito covid acaba de rematar el sendero añadiendo una carga adicional difícilmente transportable: la morosidad asociada al colapso empresarial, que en unos casos será morosidad recuperable y en otros pérdida neta irreversible e inevitable. Asi que, seamos sinceros, las fusiones bancarias que se recomiendan desde Europa nada tienen que ver ni con las sinergias, ni con la competencia, ni con la mejora del servicio financiero, ni con el tamaño, ni con ninguna de esas “razones” que nos inyectan a golpe de medios de comunicación; el asunto es que corremos riegos serios de una profunda crisis del sistema financiero tal y como está concebido.

Y el problema no consiste en que comprar acciones de bancos sea tan económicamente sensato como invertir en empresas de transporte por diligencia, sino que esa crisis potencial la pagaremos todos. Recordemos que los bancos demasiado grandes se llaman “sistémicos” y eso quiere decir que el poder político “no puede” consentir su desmoronamiento, así que el dinero público (de todos) es el instrumento de salvación.…

En vez de alabar fusiones como la de Bankia y Caixa, el poder político tien el deber de entender que vamos a una crisis del sistema financiero, que el modelo actual no se sostiene, que es necesario repensar el papel de la llamada banca privada, que hay que prever el futuro mas o menos inmediato de modo que ante el posible derrumbamiento de lo conocido, que no sean los ciudadanos los que acaben pagando unos costes de los que han sido totalmente ajenos, incluso mas que de los enormes beneficios que esas entidades han conseguido durante muchos, muchos años. Esa es la labor: repensar el sistema financiero y el suministro de fondos a la economía real. No abordarlo es de una irresponsabilidad cuasidelectiva.