Ser ministro de Justicia en España es como ser ministro de Marina en Suiza o en Bolivia. No hay mar. Aquí no hay Justicia pero sí leyes, muchas, y jueces, que hacen cola en la lonja de la política como los marinos de agua dulce suizos y bolivianos aguardan en las riberas de los ríos, en las orillas de los lagos, en los rebosaderos de las acequias y en el borde de las albercas, para recibir los entorchados de Almirante. Su paradigma no es Churruca o Blas de Lezo, es un remero del estanque del Retiro o un gondolero veneciano, de la misma manera que el modelo del juez español es Poncio Pilatos, la ambición personal mecida por el interés político o, en el mejor de los casos, Salomón, que sólo hizo Justicia cuando el espanto de una mujer ante su brutal sentencia le mostró la verdad de la maternidad robada.

En un acto de desvergüenza obscena y de pornográfico servilismo mamporrero ante el separatismo, el salomónico Pilatos que pastorea jueces y fiscales, el ministro de esa clamorosa ausencia que en España es la Justicia, anuncia en el Parlamento que ya se están preparando los indultos para los hispanicidas que en Cataluña intentaron asesinar a España. El peor de los crímenes, perpetrado, además, a banderas desplegadas el 1 de octubre de 2017, y con la manifiesta intención de volver a repetirlo por parte de los sicarios separatistas que lo cometieron, recibe el perdón del Gobierno, anunciado como una epifanía de tolerancia democrática en el Congreso de los Diputados.

He ahí la justicia  española, tan lejos del pueblo como el mar de Suiza y de Bolivia, donde los almirantes son de atrezo y carnaval. Aquí sí hay mar. Un océano de injusticia sobre el que navegan los corsarios de la política pasándose a España por la quilla y arrojando por la borda de la infamia a los Almirantes que la hicieron Una, Grande y Libre. He ahí la justicia española indultando a los sicarios separatistas que intentaron asesinar a España, tal y como Pilatos liberó a Barrabás.