Cuando yo era niño en los colegios se estudiaba todavía la hazaña de Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro. Hoy casi nadie sabe quién es y mucho menos sale en los planes de estudio, hechos por gente que necesitarían ellos mismos unos buenos planes de estudios para salir de su aterradora ignorancia. Pero no es eso lo que nos trae aquí. Aquél héroe de la lata, la bayoneta y la cuerda, cuya estatua se alza en el centro de la madrileña plaza de Cascorro, se ofreció voluntario al capitán, Francisco Neila y Ciria para prender fuego a una posición desde las que los hombres de Máximo Gómez, unos 8000 en número, hostigaban a algo más de un centenar de españoles cercados en el pueblo cubano de Cascorro. Eloy Gonzalo se daba por muerto, o al menos lo creía muy probable, y de ahí la cuerda: no quería que su cadáver quedara en el campo enemigo. Iba a inmolarse para salvar a sus camaradas. Muchos hoy dirían que era un “suicida” porque estamos en una civilización tan detestable que no distingue al que se inmola y se sacrifica del que se suicida. El primero alcanza, paradójicamente, la plenitud vital; el segundo lo contrario.

Este es el caso de los pilotos de la unidad especial del vicealmirante Takijirō Ōnishi, vulgarmente conocidos, al parecer a causa de una mala traducción estadounidense, como «kamikazes». No hace falta profundizar mucho para comprender que el espíritu que animaba a estos guerreros, a menudo con menos de 20 años, era alcanzar el sacrificio último contra un enemigo claramente identificado y armado igual o mejor que ellos. Nada que ver, por tanto, con los supuestos «kamikaze» islámicos que hoy asesinan a personas indefensas en todo el mundo. Pese a ello, y según explica la redacción de la BBC, en un artículo titulado «Dentro de la cabeza de un piloto kamikaze del Japón» (27.2.2014), «kamikaze es una palabra que se ha convertido en sinónimo de todo lo que es loco, fanático y autodestructivo». La incomprensión de la terrible actitud de un piloto «kamikaze» en el occidente hedonista y adinerado es proverbial.

Por todo eso damos la bienvenida al libro de Isidro Juan Palacios «Yukio MIshima, vida y muerte del último samurái» (La Esfera de los Libros, 2020), cuando hace solo unos meses que se han cumplido los cincuenta años de la inmolación del inmortal escritor. Sí pero, ¿inmolación en nombre de qué? Nadie como Isidro Juan Palacios lo sabe. Su libro explica a la perfección como Kimitake Hiraoka llegó a ser Yukio Mishima y como dedicó su vida a enderezarse y a ser una persona distinta. Pocos como Palacios han comprendido que Mishima había sido un ejemplo de lo que Julián Marías llamaba “tomar posesión” de la herencia de sus ancestros, de lo que le había legado un pasado mucho más digno que el que imponían a Japón los invasores a golpe, primero de Uranio y napalm y después a golpe de «rock’n roll». El libro, en el medio que respiramos, es verdaderamente de agradecer. Creo que fue el habitual periodista de «El País» -raro, ¿no?- con su proverbial servilismo e ignorancia, quien cifraba toda la epopeya de Mishima en el anhelo de una “dictadura fascista”. Este es el andamiaje cultural de mucha gente respetada. Me pregunto porque estos individuos consumen el papel en que escriben, cuando podría darle otro uso más noble.

Mishima

Por contra el trabajo de Palacios es minucioso y evocador de las situaciones y las razones por las que un hombre lleno de imperfecciones se reconstruyó poco a poco hasta inmolarse aquél 25 de noviembre de 1970, siguiendo un ritual milenario de sus país. Es difícil explicar una vida desde dentro y desde fuera como ocurre en el libro. Así, Palacios encuentra una coherencia en los acontecimientos más iniciales de la vida infantil y adolescente de Kimitake (la educación exclusiva a manos de su abuela, el conflicto con su padre, etc), pasando por otros más tardíos, como el extraño error que le libró del reclutamiento militar en lo peor de la guerra. Palacios es además un profundo conocedor de la cultura nipona y su libro explica con rara amenidad la existencia de un romanticismo japonés y el papel del «shinto» o incluso la función -incomprensible en el Occidente demoliberal- del emperador. Unas y otras cosas fueron moldeando y encauzando la vida de Mishima hasta desembocar en aquello a lo que pocos pueden aspirar: constituir un ejemplo para las generaciones futuras. Que nadie, sin embargo, piense la estupidez de que Mishima fue ejemplo por «suicidarse». El núcleo de su mensaje es que hay cosas más importantes que una vida basada en el dinero y el bienestar y, para llamar la atención sobre ello al Japón del futuro, ofrendó su propia vida. Y no lo hizo de cualquier manera sino en armonía con el ritual de aquellos de quienes creyó que podían constituir el mejor modelo: los «samurais». Con su muerte Mishima superó las propias pasiones y defectos que le avergonzaban y demostró ser más que muchos que hoy no ven en él más que un fanático. Si hubiera que resumir este mensaje diríamos que la vida de Yukio Mishima buscó la  redención a través de la acción justa, en aras de la comunidad a la que se sentía indisolublemente unido. Por consecuencia, y como acertadamente subraya Palacios, sería raro que en este Occidente en caída libre se admirase de él otra cosa que su genialidad literaria, que al final de su vida el mismo escritor sintió como un nefasto soplo de individualismo. De ahí que, para acabar sus días no profiriese un texto fastuoso a la altura de su habilidad innegable con las letras, sino que reivindicase públicamente una acción guerrera, con los ojos puestos en ese «viento divino», ese espíritu «samurái» de servicio, del que los jóvenes «kamikazes» habían sido la última encarnación. Un libro, en suma, de innegable valor en estos tiempos que más que nunca, como Mishima, necesitan la redención heroica a los ojos de Dios.