El presidente del Gobierno está de luto porque un sicario de ETA ha decidido irse a bailar un aurresku con Satanás. Uno menos, y una muesca más en la culata de la extorsión del separatismo vasco al que, junto a otras inmundicias hispanicidas, Pedro Sánchez les debe el santo y seña que le permite pernoctar en la Moncloa. Por eso se arrastra en el Senado ante los cipayos de ETA con toga parlamentaria y babea un sentido pésame por las irreversibles consecuencias del único acto decente que Igor Martínez llevó a cabo en toda su puerca vida: suicidarse.

Sacudido como una rata por un fox-terrier, Pedro Sánchez se arrodilla en el Senado y lame las calzas de los verdugos de España vomitando un sincero pésame a los mamporreros de ETA que es un salivazo de infamia, un esputo de cobardía, sobre el rostro de las víctimas del terror rojo-separatista, sobre su sangre y sus muñones, sobre su orfandad y su dolor sin analgésicos, sobre sus vidas mutiladas y sobre sus ausencias pensionadas con salarios de miseria.

Pedro Sánchez es tan miserable como Godoy, tan felón como Fernando VII, tan cobarde como Carlos IV y tan sucio como la reina María Luisa. El Gobierno que preside y la corte de botarates, bufones y aduladores de la que se rodea, son tan sórdidos como la de los viejos borbones poniéndose de hinojos ante Napoleón en Bayona. Provocan el mismo asco e idéntica vergüenza aquel episodio decimonónico escrito sobre el heroismo de los españoles sublevados, que el sentido pésame ofrecido por Pedro Sánchez a los gabachos etarras porque uno de sus mamelucos ha tenido el decoro final de suicidarse en la cárcel. No quiero yo que este canalla, Igor Martínez, vaya a las fauces de Satanás sin mi plegaria, que es la misma que los patriotas madrileños de 1808 le rezaban a la Madre de Dios: “Virgen de Atocha, dame un trabuco para matar franceses y mamelucos”. Amén.