Hubo un tiempo en el que la Milicia era una religión de hombres de honor y España su Evangelio. En las postrimerías de aquel tiempo hubo soldados sin moral y sin escrúpulos para los que el Ejército era su negocio y la Patria una mercadería. Cumplían funciones ornamentales y experimentaban el mayor de los placeres: ser culpables y sentirse libres, porque la promoción untada de prebendas, bruñida de galones ganados en las alfombras de la sumisión, de la conveniente y rentable adulación, siempre olvida que la Historia es muy larga y el cuello de los traidores muy corto.

Hubo en pueblo sin Corona y sin Gobierno, sin paradigmas y sin césares, confinado en sus quehaceres cotidianos y en los balcones de sus ojos, viendo pasar el expolio, asistiendo al saqueo y barruntando el desastre sobre el que se precipitaba. Un pueblo desarbolado en la quietud impuesta por las coplas de la libertad y por la inercia de la modernidad.

Todos los días había muertos. Todos, y todos ellos inocentes, sin más pecado que la obediencia, sin más delito que la paciente espera que, aún sin fe, aguarda el milagro del cambio, de la metamorfosis, ignorando que lo que el gusano llama fin del mundo, la Naturaleza lo llama mariposa. Ignorando que de esas crisálidas no nacen águilas, salen mariposas, muchas mariposas parlanchinas dialogantes, tolerantes, que revolotean siempre alrededor del Poder haciendo fortuna y buscando la eterna primavera de sus alas sin altura.

Todos los días había muertos frente a las ventanas del confinamiento. Cuando la carreta del carnicero rebosaba de cadáveres y en Palacio se bailaba la danza de las mascarillas en aquel carnaval de solidaridad emasculada, dos hombres se saltaron el confinamiento contraviniendo las órdenes recibidas. Uno le dijo al otro: “España está perdida, pero tú y yo vamos a morir por ella”.

Se llamaban Daoiz y Velarde. Podéis estar tranquilos, hoy ni están ni se les espera. Hoy solo hay mariposas con mascarilla.