El clima es irrespirable, nos estamos asfixiando entre montañas de propaganda, demagogos de primera clase y correligionarios al servicio de la doctrina oficial del Estado: esos que en todas las épocas piden la cabeza del disidente mientras se arrodillan frente al altar de la superstición, la esvástica o la bandera LGTB; en todo caso, totalitarios embrutecidos, incultos e ignorantes que aniquilan el intelecto y derriban el patrimonio.

La herejía de nuestro tiempo –como en todos– , el pecado mortal y capital es la búsqueda de la verdad, no está permitida la reflexión, exposición o publicación de ideas que cuestionen los postulados del marxismo pos-moderno; exponer el pensamiento psicoanalítico de Freud, su teoría sexual es imposible de todo punto, el análisis no materialista de la historia se tipifica como revisionismo y se procura sancionar en los ordenamientos penales, la teoría del conocimiento y el método científico son ignorados cuando muestran realidades que no coinciden con el dogma ideológico.

A pesar de que los enemigos del conocimiento, el humanismo, la tolerancia, el comercio y en definitiva todo lo implica libertad de acción y pensamiento, son los autores de esta desastrosa situación, la responsabilidad no solo se atribuye por acción, si no también por omisión. Los que debiéramos oponernos tenazmente a estos sepultureros del bien y la verdad, callamos por miedo a las represalias, vivimos en guetos de comunicación social, marginados por un régimen ideológico al que de hecho nos sometemos esperando que las cosas cambien con nuestra inacción.

Llegará un día en el que nos sintamos responsables de lo que el futuro nos depare por haber consentido cuando nos tendríamos que haber enfrentado, de haber callado cuando tendríamos que haber hablado, de haber capitulado cuando tendríamos que habernos defendido. De seguir así nos condenaremos a padecer de por vida esta amarga sensación de represión a la hora de expresar nuestras ideas y opiniones, y finalmente veremos como no somos capaces de preservar a nuestros descendientes de la cruel realidad que les espera.

Para los disidentes, los libertarios y humanistas ha llegado ese momento crucial en la vida de algunas generaciones en el que la historia impone una tarea ineludible, hacer de tripas corazón, renunciar al miedo y oponerse a la dominación y al vasallaje, a la barbarie de los marxismos y al despotismo de la represión institucionalizada; de nada servirá la tibieza contra los tiranos que se nutren de los débiles.

Es preciso organizarse y rápido para defender nuestros derechos y libertades, afiliarse y militar activamente en los partidos, medios de comunicación, y asociaciones civiles favorables a la disidencia, apoyarlos política, moral y económicamente. Constituir sindicatos de estudiantes, asociaciones juveniles, plataformas de debate, charlas, eventos… en definitiva utilizar todas las herramientas constitucionales a nuestro alcance.

A día de hoy las cosas parecen irreparables, la tragedia se masca con los dientes; bajo estás circunstancias recordemos quienes somos: españoles, estuvimos en Covadonga y el Navas, en San Quintín y en Lepanto, siempre que las circunstancias la exigieron dimos las cara y los de esta generación no vamos a ser menos. Con tesón y voluntad volveremos a hacer una patria libre y que la historia juzgue y recuerde a los que hoy nos martirizan con el flagelo de la intolerancia como lo que son: las déspotas del siglo XXI.