Cuando termine este tiempo de angustia y zozobra, es posible que no recordemos bien cómo vivíamos antes. Cuáles eran nuestras preocupaciones más habituales, cuáles eran los asuntos que nos quitaban el sueño, que nos llenaban de inquietud. Ese compañero de trabajo con el que no hacíamos buenas migas, ese jefe que nos trataba mal, ese recibo que llegaba siempre puntual, cada mes, haciéndonos más cuesta arriba el pequeño milagro económico de todos los meses. Esas cosas de las que ahora ni nos acordamos, porque nuestra actual preocupación ha pasado a ser nuestra propia vida.
 
La pandemia del coronavirus es, sin duda, un desafío para el conjunto de la Humanidad. Una tragedia desde el punto de vista sanitario, un drama humano y familiar para decenas de miles de personas. Es también un jaque a los gobiernos, a los políticos y a los jerarcas, que ven cómo un microbio invisible les ha desmoronado sus opulentos sistemas. Nuestros sistemas. Es una amenaza que jamás imaginamos, un adelanto de apocalipsis, una catarsis de la que nunca nadie nos habló, salvo en los guiones más dramáticos del cine y la televisión. Y nos vemos, en pleno siglo XXI, recluídos en casa, sin salir más que a por el pan, deseando que alguien nos dé buenas noticias y datos más positivos que los del día anterior.
 
Cuando este aldabonazo al planeta concluya, y podamos salir, divertirnos, acudir sin miedo a nuestra oficina, estar con la familia y amigos...Cuando pase este mes de abril que probablemente siga siendo frío, y lluvioso, y en el que haya días muy negros y tristes. Cuando esto termine, no sé si recordaremos que durante unas semanas estuvimos todos encerrados en casa por obligación. Y tuvimos que convivir con nuestra esposa y nuestros hijos, con algún ser querido. Y tuvimos que compartir y respetar. Y escuchar y entender. Tuvimos que rezar y confiar, aprender del silencio, soportar el paso de unas horas en las que no sucede nada.
 
Quizá recordemos algún día, cuando esto sea sólo un recuerdo amargo, que tuvimos que agarrarnos con fuerza a la Cruz de Cristo, por es allí, justo allí, donde reside la esperanza de cada uno de nosotros. Que habiendo quedado todo lo pequeño en un segundo, o tercer plano, volvió al primero lo fundamental, lo principal. El don y la gracia que es la Fe, la preocupación por conservar la salud y la vida, cuidar y querer a nuestra familia, saber de nuestros amigos e intentar ayudarles en lo posible. Ser solidarios y generosos con aquellos a quienes, incluso sin conocerlos, sabemos que sufren y podemos echarles una mano. Preocuparnos, en definitiva, por los demás y no sólo por nosotros mismos.
 
De esta crisis podemos salir muy fortalecidos, o podemos salir igual de brutos que éramos antes. Podemos seguir poniendo la lupa de aumento en lo pequeño y banal, y seguir enzarzados en guerras improductivas, y discutiendo si son galgos o son podencos, y votando a bríos, etc. Podemos seguir años y años, en realidad todos los años que nos queden de vida, con esas pequeñas puerilidades con que nos engatusan los actores de la modernidad, esas mezquindades que tanto alimentan el ego, que tanto engordan el yo, que tanto hacen crecer la soberbia. Podemos decidir que no queremos aprender nada de este tiempo de Cuaresma, que necesariamente es y debe ser un tiempo de conversión personal y colectivo.
 
Pero déjenme por una vez que sea decididamente optimista. Dejenme creer que no será así, y que sabremos aprender, por una vez, la lección. Aunque sólo sea como homenaje nuestro a todos ellos: a los que ya no están, porque han comenzado a vivir la vida auténtica. Por todos los que han sufrido y sufren esta pandemia, lo podemos y lo debemos hacer. Aprender esta lección. Poner lo primero en primer lugar. Dar a las cosas la importancia que tienen, y no la que quizá otros, interesadamente, le quieren dar. Dejando que lo banal, todo eso que aparece destacado en grandes titulares o a modo de escándalo en los medios, sólo sea una forma superficial de entretenimiento para cuando ya hemos terminado lo principal. Les aseguro que al revés no funciona.
 
Hoy me declaro, con su permiso, por primera vez optimista, dentro de la desgracia que estamos viviendo. Y creo que la mayoría de nosotros entenderemos este aldabonazo al planeta, este adelanto de apocalipsis, esta catarsis que debe suponer un renacimiento y una conversión. En la seguridad de que los guiones de Dios son perfectos, y de que el precio a pagar, en vidas y en sufrimiento, seguro que está produciendo ya bienes abundantes para todos, empezando por sus familias.
 
Así lo creemos firmemente. Y espero que Vds también lo crean.