El otro día pensé que tenía que volver a mis antiguos peregrinajes, es decir a ese ir andando a un santuario, pendiente solamente de uno mismo y de lo más “Alto”, es decir de Dios, el Jefe de Todo… según los cristianos, fe en la que me educaron y de la que nunca renuncie, a pesar del escepticismo de la modernidad…

            Y así… pude recordar mi última subida a la Basílica del Valle de los Caídos…

            En la entrada, la Guardia Civil y los encargados de la custodia del recinto, me saludaron corteses…

            Mi peregrinación era Ir a la Basílica desde la entrada (solo de 6 a 7 kilómetros) descalzo, es decir sin zapatos…

            La mencionada caminata… sobre mis delicados pies…

            Pies que los expertos de la clínica Ciudad Sanitaria San Pablo de Barcelona, entonces la más moderna de España… (1969) me dijesen que tendrían que cortar por el empeine… peligro de gangrena… Y que yo pude salvar… cambiando de clínica… la mejor decisión de mi ajetreada vida…

            Nada más poner el pie derecho sobre el piso de hormigón, sentí un frío profundo que no había percibido en otras ocasiones, aún en días de lluvia y de más baja temperatura.

            Descalzo, notando la dureza y las irregularidades del suelo, cruce la calzada hasta situarme en el arcén de la izquierda para comenzar la andadura… Enseguida caí en la cuenta de que el pavimento de la orilla estaba lleno de ramas, piedras y piedrecitas, además de los cristales de sal contra la nieve… que agredían dolorosamente la planta de mis pies…

            Mi caminar solo tenía un sentido: la meditación o reflexión pertinente… por los míos -mis allegados- por mis hijos y los hijos de mis hijos “derecho-habientes” como se decía en Derecho Civil…

            Por mí… y por mi difícil situación de persona que ha llegado a saber, casi de golpe, que ya es una persona mayor… Y que quiere seguir viviendo con intensidad haciendo expediciones y escaladas… terminando algunos proyectos inacabados… escribiendo algún libro… Buscando algún patrocinio…     Caminando esos 6 o 7 kilómetros, tendría que repasar esas peticiones –¿oraciones?- que mi conciencia me recordaba.

            También ocupaba un lugar preferencial en mis peticiones Lola, mi mujer, la persona que tan bien se había  portado conmigo a lo largo de estos 44 años… ¡¡Que Lola no sufra decepciones… Qué Lola se encuentre bien y que conserve su noble impronta…y su carácter positivo !!…

            Luego rogué por los amigos que me iba acordando… y de forma principal:

            -Por Miguel Ángel, el Maestro, mi querido compañero de montañas durante mis primeros 30 años de alpinista-escalador, que ya estaba mayor y delicado de salud a sus 86 años… Murió un mes después…

            -Por el Ardilla, que en los últimos seis o siete años era víctima del Parkinson y quizás por ello se hallaba desorientado y sin entender bien lo que la vida podría depararle… También murió…

            -Por todos los escaladores en peligro… para que superen las difíciles situaciones, sean quienes fueren… sin nombres, sin nacionalidades…

            Los escaladores de montañas han sido hasta ahora gentes muy sufridas, símbolos del esfuerzo, en la belleza de un quehacer limpio que podría considerarse ejemplar… Y yo siempre rogué por ellos… cuando entraba en iglesias, oratorios, y santuarios… las veces que mi vida, llena de tráfico y de relaciones me permitía…

            Las oraciones fueron bien en aquella memorable peregrinación, pero mis pies sufrieron duras consecuencias… y durante varias semanas tuve que acudir a las delicadas curaciones… Se habían reventado las ampollas, con graves infecciones… en los dos o tres kilómetros finales… que fueron…

            ¿Y cómo se ha hecho estas ampollas? Me preguntaban una y otra vez… los médicos y las enfermeras…

            -Iba yo andando descalzo… Y se quedaban mirándome sin entender nada…

            He recordado todo aquello, que siendo pasado, en el inmediato futuro deberé repetir muy pronto… Y cuidaré mis  pies, que para mí son muy importantes… por aquello de caminar cuestas arriba… cuestas abajo… O por precipicios casi lisos…             No se puede vivir en la aventura de la vida  sin la ayuda de lo “Alto”…