Esta semana nos hemos sobresaltado con la noticia del asesinato de dos pequeñas, Anna y Olivia, que estaban iniciando su vida. El asesino, su padre, que también decidió poner fin a su existencia. Una noticia terrible y  dolorosa que nos ha llenado de angustia, porque si trágica es toda muerte que se produce de forma brusca e inesperada, segando una vida joven, más aciaga e inexplicable se nos hace esa muerte cuando se trata de niños pequeños, que, en su inocencia y candor, sólo esperan recibir de sus mayores, especialmente de sus padres, afecto y amor. Ese es el trato que reciben los niños en la práctica totalidad de las relaciones familiares, y por eso se nos hace tan difícil de digerir que un padre, de forma fría y calculadora, les arrebate violentamente esa vida en sus albores. Todos nos sensibilizamos con el sufrimiento de esa madre y de los abuelos, también los paternos que han sufrido la pérdida de unos nietos, y de un hijo, que ha sido el responsable de una pérdida irreparable, y de tanto sufrimiento.

  Una tragedia, una desgracia que, en este caso, hemos ido conociendo con detalle, gracias a los medios de comunicación, en todas sus fases, desde que se produjo la desaparición de las dos niñas en Tenerife.  Una gran desdicha que debería generar, por un lado, una general repulsa ante este tipo de actos, que siempre, en caso de supervivencia del autor, con independencia de su sexo, debería dar lugar a una condena de prisión permanente, y, por otro, una general y pública manifestación de condolencia hacia esa familia destrozada por el dolor.

  Lo que resulta absolutamente reprobable, indigno y oportunista es que se aproveche, por la fanática ministra de Igualdad, ese trágico suceso, para dar otra vuelta de tuerca más en su delirio por una supuesta justicia feminista, y, que en realidad supone la mayor de las injusticias, enfrentándose a los valores que encarna la verdadera Justicia, que, entre otras cosas debe ser ciega y no discriminatoria.

  Porque, lo cierto es que, por desgracia, no sólo los padres matan a sus hijos, también, y en mayor medida les asesinan sus madres. Traigo a colación, una reciente noticia que pasó desapercibida, porque esos mismos medios que tanto han aireado el caso que todos lamentamos, no se hicieron eco apenas de la condena a  Ana María que mató a su hijo Sergio de 7 años para aumentar el sufrimiento del progenitor del niño.  Fue una noticia del 22 de marzo, existiendo similitudes y analogía claras entre uno y otro asesinato. Mas también existen unas diferencias notables, pues en el caso anterior, la madre asesina no se suicidó, y, evidentemente en un caso la asesina era una madre, y en el más reciente episodio, fue un padre. Para la justicia feminista la muerte de Sergio, y de tantos niños asesinados por sus madres, no cuentan y no merecen el mismo reproche social.

 Porque lo justo, es lamentar y condenar todas las muertes violentas de niños inocentes. Ningún asesinato de un niño ha de tener justificación y ha de resultar igual de reprochable, ¿ o va a resultar que cuando una madre acaba con la vida de su hijo es que está loca y trastornada y cuando lo hace un padre es debido a la maldad congénita a su condición varonil?, por favor, ¡no banqueen en unos casos los asesinatos de niños, y en otros los aprovechen para echar más leña a las calderas de la industria feminista!

Lo que resulta vergonzoso y lamentable es que los diferentes gobiernos que hemos tenido, desde que se impuso la dictadura de género en nuestro país, y menos con el actual que sufrimos (en silencio, como las almorranas), no hayan hecho ni hagan un análisis profundo y aséptico de las verdaderas causas de la violencia familiar y no tomen medidas, sobre todo de carácter preventivo y en base a evitar las situaciones reales de desigualdad que llevan a la confrontación. Lejos de ello, dan otro paso adelante , y ahondan en el problema, como en breve, vamos a ver las consecuencias que va a traer la entrada en vigor de la Ley de infancia y adolescencia, que ha introducido la novedad de que con una simple denuncia se le pueda privar a un padre ( y ojo, o también a una madre) de poder tener contacto con sus hijos. Resulta muy simple meter todo, como pretende la susodicha ministra, en el cajón de sastre de la violencia machista, despilfarrando ingentes recursos en soluciones ineficaces, que, como digo, incluso acrecientan el problema, pero que, eso sí, engordan lo que se ha dado en llamar, los chiringuitos de género.

  Se silencia, eso sí, y por ende se ignora, que, por ejemplo, en 2019 hubo 22 filicidios, de ellos, 12 niños asesinados por la madre, que han pasado casi inadvertidos para los medios, 5 a manos del padre, que se han exhibido en la portada de todos los informativos, 1 por ambos progenitores y otro más por la madre y la pareja.

Pero ante este claro fracaso, lejos de rectificar, poner remedio o haber dimisiones al asumir las responsabilidades de ese fracaso, lo que ocurre es que se culpabiliza, de todo, a una sociedad que sigue siendo heteropatriarcal y machista (a juicio del ministerio de igualdad y sus hordas mercenarias), y, por supuesto, al que se considera disidente, se le pone el San Benito y se le conduce directamente a la hoguera.

Pues, sepan ustedes que estamos ante la cuarta ola de feminismo institucional ( en la película eran cinco las olas, por lo que ya queda menos), siendo curioso que la igual que la pandemia, el actual feminismo  se mida en olas.