En el derecho tradicional español existían los nobles, que eran los que ocupaban los mejores puestos, con la única legitimidad de su sangre, es de decir de la estirpe de la que procedían.

Además de la nobleza titulada, existía una nobleza que podríamos llamar básica, que eran los Hidalgos, en Castilla, y en Aragón los llamados Infanzones, que venía a ser, a grandes rasgos, lo mismo.

La expresión hidalgo significa “hijo de algo…”, es decir hijo de una persona noble, bien de un título nobiliario, que sería heredado por el vástago varón mayor, o de determinados oficios, cargos y empleos públicos, al servicio del Rey, que conferían la condición de noble al interesado y sus descendientes, en su caso.

(Soy diplomado en genealogía, heráldica y nobiliaria por el instituto Salazar y Castro, del CSIC, pero no quiero aburrirles con estos temas).

En otras palabras, que esos “hijos de…” eran los primeros en todo, por muy tontos que fueran, y no cabe duda que muchos de ellos lo eran, dada la tendencia a no leer, no estudiar, no pensar, etc., y dedicarse en su lugar al vino y a las mujeres, a grandes rasgos. (En aquella época, a Dios gracias, no existían todavía las drogas que hoy en día abundan en exceso en nuestra decadente “suciedad”).

Desgraciadamente, parece que seguimos anclados en el medievo, y a juzgar por cómo se repiten los apellidos, y los parentescos, en las más importantes instituciones del reino, parece que la nobleza subsiste y pervive en España.

Tanto en el Ejército, como en las Universidades Públicas, los Cuerpos de más vitola del Estado, etc., se repiten los apellidos que es un contento…

Claro que, hoy en día, los “nuevos nobles” son los dirigentes de los partidos políticos, sus familiares directos, los correligionarios, etc., conformando así una nueva clase social, que algunos definen como “la castuza política”.

Recuerdo que en mi época de alumno de la Facultad de Derecho, periplo que realicé desde los 35 a los 40 años de edad, en cuarto o quinto de derecho civil, el catedrático correspondiente, un sabio, uno de esos días que estaba más desanimado de la corriente, hizo una velada, o no tan velada, crítica a la propia Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, diciendo que se repetían los apellidos que era un contento, y que él era una rara avis, pues no era “hijo de…” nadie con mando en la plaza, y había conseguido su cargo por sus propios méritos, y no por la pertenencia a determinados partidos políticos, o grupos pseudoreligiosos…

El alumnado, pijos, “hijos de…”, etc., casi se rebelaron, y hasta pensaron hacer un escrito quejándose de su ataque a la Universidad, hasta que yo, que era el “decano” del curso, conseguí disuadirles, diciéndoles que ese señor sólo había dicho la verdad, la pura verdad, y nada más que la verdad, y lo único que quería era hacerles ver que si no triunfaban en la vida, no era culpa suya, sino del sistema.

Al final, conseguí desactivar esa queja, que, de cualquier forma, supongo se hubiera quedado en nada, pues si un profesor universitario no tiene derecho a la libertad de cátedra, ¿qué le queda…?

¿Dónde están los principios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad, al que la jurisprudencia constitucional ha añadido el de publicidad?

Ustedes creen, de verdad, ¿Qué una sociedad que no elige a los mejores para ocupar los puestos más relevantes en el servicio público, tiene mucho futuro…?

Yo pienso que no.