Mis hijos y nietos viven en Madrid. No pocos de mis entrañables amigos residen en el territorio de esa comunidad. Confieso que en estos momentos siento una honda, profunda y seria preocupación. No se trata sólo de la nueva invasión del recurrente virus Covid, ni de las cifras de contagios, ingresos, UCIS y fallecidos. Todo ello confecciona un mosaico realmente macabro y aterrador en gran medida, aún a pesar de quiénes sostienen, no sé si con supina frivolidad, ignorancia inexcusable o culpabilidad criminal, que no sucede nada, que el virus en una mentira canallesca orquestada por no sé que oscuros poderes mundiales que buscan la destrucción de la economía planetaria, aunque y o , e n m i h u m i l d a d , s e a absolutamente incapaz siquiera de vislumbrar los beneficios que se o b t e n d r í a n c o n s e m e j a n t e demolición económica y social. ¿Un gobierno planetario? Puede, pero ¿encargado de gobernar sobre tal miseria, sobre tal podredumbre que, a menos que se consiguiera la desaparición física de un gigantesco porcentaje de la Humanidad, sería sencillamente incontrolable, salvo estado de guerra permanente? No me parece….

Seamos claros: el mundo se ha empeñado en una globalización integral en gran medida suicida para determinados códigos de valores y la posibilidad de un gobierno planetario deja de ser una mera quimera para convertirse en un posible —para algunos no deseable— fáctico, edificado sobre los dos grandes pilares: la libertad de circulación de capitales y el control de las llamadas democracias occidentales mediante la inducción gestada a golpe de propaganda. El evidente control de una clase política enferma de mediocridad contagiosa y que no guarda distancia social alguna entre ellos mismos, es, sencilla, llana y lisamente, un presupuesto previo para el objetivo final. Con actores políticos formados, capacitados técnica, política y moralmente, que albergaran en sus adentros las convicciones propias de quien cree en la dignidad de todo ser humano, ese llamado objetivo final sería de mucha mas complicada factura y logro. Pero tenemos lo que tenemos, seguramente porque somos lo que somos.

 

Y lo que tenemos nos está destruyendo en tantos aspectos que incidir en ellos es llover sobre aceras urbanas mojadas por un riego artificial. Ahora me concentro en Madrid y en la enfermedad del Coronavirus. ¿Qué es lo que realmente está sucediendo? ¿Cuáles son las cifras reales de contagios, de transmisión del virus, de inmunidad social, de ingresos hospitalarios, de disponibilidad de camas en general y en UCI en particular, de efectivos sanitarios dispuestos a la lucha? Me da escalofríos tener que preguntarme algo tan elemental, unos datos que son sencillamente indispensables cuando una sociedad se encuentra invadida por ese virus artificial o no, pero letal en una medida nada despreciable. Incertidumbres, dudas, ignorancias…¿Cómo es posible que ignoremos algo tan esencial? Al menos cómo es posible que siquiera dudemos de la veracidad de los suministrados por uno y otro bando. Pues es posible, a la vista está, a consecuencia de que la batalla contra el virus da toda la sensación de que ha cedido su espacio a una nueva suerte, infecciosa donde las haya, de batalla política entre el Gobierno central y el de la Comunidad de Madrid.

Vaya por delante que me da exactamente igual quién sea el malo y quién el bueno de esta nueva serie de terror político, en la que, como en la vieja película de Sergio Leone, no se trata de un puñado de dólares sino de un puñado de ese ambiciado y a toda costa deseado poder. Da toda la sensación de que lo que está sucediendo en Madrid es una guerra política, al tiempo que una propagación infecciosa, letal para algunos, del maldito virus de genética desconocida. ¿Cómo es posible que algo así esté sucediendo ante nuestras narices? ¿Cómo es posible que lo aguantemos como súbditos propios de una tiranía absolutista ni siquiera conocida en los albores de las monarquias castellanas, y no digamos aragonesas? Está claro como el agua que a lo largo y ancho del siglo XX —como poco— y lo que va de XXI la clase política ha jugado a los dados con nuestra libertad, dignidad y hacienda. Ahora parece no contentarse con tan vitales territorios y decide entrar de lleno en el juego con la salud de la población. Es sencillamente aterrador. Y me da igual que la cantidad de juego sea mucha o poca. Yo percibo la situación tal y como la describo y al percibirla así la interiorizo y al interiorizarla me afecta emocionalmente y es sabida la relación entre lo emocional y lo orgánico, de modo que es posible que no me contagie de virus pero me están inoculando un coste emocional al contemplar lo que me veo obligado ver y desgraciadamente a analizar.

¿Por qué no somos sinceros de una vez? Las democracias parlamentarias basadas en los partidos políticos están fracasando en lo mas elemental: solucionar nuestro problemas reales. Dejemos ahora de hablar de la Monarquia, porque hemos llegado al punto de que un Rey —sí, un Rey— no puede hacer lo que le gusta cuando lo que le place es respetar las instituciones. Abandonemos la altura y vayamos a la base: todo es debido al infernal juego de esas entidades llamadas partidos políticos. ¿Instrumentos al servicio de la limpieza en la participación del pueblo soberano en la conformación del Estado? Como broma de mal gusto no está mal, pero la realidad no admite mediastintas: los partidos políticos están infectando al Estado, porque gestan y sitúan en el poder a una clase política mediocre, carente de formación, alucinada por el poder, angustiada por el dinero con el que vivirán cuando cesen en sus espléndidos cargos. Los partidos, así confeccionados, no son un limpio canal de participación popular en el Estado sino un sucio sumidero por el que circulan —a la vista está— formas de corrupción que transitan desde lo mas burdo —robo puro y duro— a la burla del Estado de Derecho, al desprecio lacerante de la Ley y del Ordenamiento Jurídico mediante el control —¿se duda?— de algunos jueces y fiscales afectos a esos mismos partidos, sabedores de que sus carreras, ascensos y emolumentos dependen, no sólo ni preferentemente de sus capacidades técnicas, sino de su disposición a cumplir los deseos, mas o menos espurios, del poder al que se adscriben. ¿Excepciones? Claro, y muy honrosas, pero la regla es la regla. Al menos la regla de quienes más poder ejercen. La sociedad está cambiando gracias a la tecnología. El futuro es incierto, pero seguramente inevitable y para ello hay que prepararse. Algunos ya lo estamos haciendo. Pero si cambia la sociedad debe mutar en consonancia el forma de ejercicio del poder. No es lógico ni siquiera sano, sino mas bien tóxico, seguir administrados por unos esquemas de poder que no sólo pertenecen al pasado sino a un pasado sórdido, plagado de corrupciones, de mentiras, de individuos preñados de mediocridad, de ambiciones sin límites, de códigos de valores confeccionados con merengues y envueltos en celofán. No me cansaré de repetirlo, y lo llevo diciendo desde 1993: si queremos ser súbditos no tenemos el derecho a quejarnos. Si seguimos administrando el Estado a base de partidos políticos de semejantes características y de su derivada clase política, si la sociedad civil permanece pasiva ante la conformación del Estado, sencillamente caminamos con paso firme al mas profundo abismo social.