Consumada la felonía de los indultos con la firma regia como un garabato de complicidad con la infamia, ya no caben matices entre el desprecio y el asco que provocan los traidores y los traicionados, pusilánimes y dóciles, manso rebaño al que llaman Pueblo Español, estabulado en una Constitución que no ha leído pero a la que venera como a un tótem azteca, danzando a su alrededor mientras España se desmorona ante sus ojos, que son los míos porque son los nuestros; posesivo gramatical que no me puedo arrancar como quien se despoja de una venda purulenta y hedionda que me pesa con una gravedad plomiza, lacerante de vergüenza. Por eso, como a la troyana Casandra, el cumplimiento de mis miedos, más que ungirme de razón, me envilece en el destino común que nos hemos dado: cenizas y olvido.

Esperaba, aún sin fe, que el Rey se hubiera puesto la máscara del César y que, con la mirada fría y severa de los grandes Caudillos, de los Señores de la Historia, se hubiese negado a firmar el vómito de la traición, el cambalache de los felones, el trueque de la Patria por la libertad de los aldeanos separatistas que en su triunfo hispanicida orinan el vino de su alegría sobre nuestra Bandera y el nombre de la Mater Hispania, sin que nada y sin que nadie les parta la sonrisa y les ahogue la carcajada para que orinen por los ojos las lágrimas del matricidio sin castigo con el que la democracia y la Constitución, la concordia de los cobardes y el consenso de los traidores les han premiado.

No lo ha hecho. Ha firmado el nihil obstat de los indultos. Estamos solos. Huérfanos de liderazgo moral, sin auténtico caudillaje político, estamos en manos de una oposición política, teatralmente embravecida, que se agota en la estéril cháchara parlamentaria y se pierde en los recursos de los leguleyos en demanda de una Justicia devenida mocho y bayeta del Gobierno y de sus cómplices separatistas.

Es la hora de la Patria sin líderes y sin caudillos, sin maestros y sin pastores. Es la hora de la Anábasis sin Jenofonte. ¡Levántate, España! Álzate en el pedregal de la derrota en el que caminas con las rodillas y con la barbilla clavada en el pecho. Pónte en pie sobre las piedras de tu Historia y los muros de tus escoriales, escala las torres de tus alcázares, sube a las bóvedas de tus catedrales y trepa a los campanarios de tus templos para que el bronce de su voz toque a rebato ante la ofensiva separatista catalana indultada por los cortesanos de la democracia plebeyizada por los felones, los cobardes y los pusilánimes... y por los tontos de la adoración nocturna a la Constitución. No hay corceles para galopar, ni picas para combatir, ni capitanes para formar y cerrar el Tercio, pero antes de que echen tus despojos en la tumba de los Balcanes, osario de todas las naciones que dejaron de serlo, ¡levántate, España! Quizás no tengas el nihil obstat constitucional, pero sí el Placet Hispaniae que te hizo única, que te hizo grande, que te hizo libre y que te hizo Imperio.