Afortunadamente, cada vez son más los españoles que están depertando a la durísima realidad de este Gobierno que se ha propuesto acabar con todo. Con las instituciones públicas, con la monarquía, con los derechos y libertades, con la calidad educativa, con las pensiones, con el trabajo. Un gobierno de aprendices que no aprender liderados por un ego superlativo cuya única aspiración consiste en pasearse por Europa, luciendo palmito y presumiendo de un cargo al que nunca tendría que haber llegado.
 
Porque si echamos la vista atrás y recordamos los gobiernos de Felipe González y Rodríguez Zapatero, convendrán conmigo que aquellos fueron mandatos simplemente desastrosos. Solamente improductivos. El primero por la corrupción de los últimos años, y el segundo por la inconsistencia de su titular, fueron lo que uno simplemente puede esperar, con toda lógica, del PSOE. Éste de Pedro Sánchez, sin embargo, va un poco más allá en la catástrofe nacional. Éste es un gobierno que solamente puede generar una noticia positiva, y es que se termine cuanto antes.
 
La ley de vivienda que quiere perpetrar Pedro Sánchez, en este caso guiado y casi obligado por su socio de Gobierno, tiene un tufo comunista que ya es casi imposible encontrar en ningún otro país. Un tufo a ese marxismo rancio y populista que tiene al otro lado del Atlántico sus principales referentes hoy. La ley del "exprópiese", la ley que penaliza tener un piso en propiedad vacío con hasta el 150% del IBI, o que pone un tope en el precio del alquiler incluso a aquellos propietarios de pisos que viven de la renta que les deja el inmueble. Una ley que, dicho en román paladino, es una ejecución pública de la propiedad privada.
 
Nosotros creemos en el Estado. Al contrario que los ultraliberales, no pensamos que el Estado deba ser destruido, muy al revés, creemos que el Estado tiene importantísimas atribuciones, todas tendentes a restablecer la justicia y el orden que, muchas veces, es el propio mercado el que desbarata con su aparente caos. Pero el Estado no puede ser un policía corrupto que acude borracho a tu casa, pistola en mano, y se queda con tu piso, con el coche y con tu cuenta corriente. El Estado existe para garantizar los derechos y libertades fundamentales a través de sus instituciones, no para convertir a los ciudadanos de una nación en esclavos de sus gobernantes, que es lo que empezamos a ser ya.
 
La propiedad privada es intocable en una sociedad libre. Y un gobierno que, con la excusa de querer garantizar el acceso a la vivienda a las clases más humildes, pone límites a los derechos particulares de los propietarios de pisos y locales, es un gobierno que actúa de manera ilegítima, por injusta. No solamente es una medida que se ha revelado inútil en aquellas pocas ciudades donde se ha puesto en práctica, sino que supone un ataque inaceptable a una de las libertades principales de toda persona, que es la de participar libremente en las reglas del mercado, buscando un progreso económico que es no solamente legítimo, sino muy recomendable.
 
El comunismo ha sido un fracaso en todo el mundo por una razón principal: porque ninguna otra ideología ha sido capaz de generar tanta miseria, tanta pobreza, ni tanta violencia. Venezuela, que era un paraíso hispanoamericano hasta hace 40 años, es hoy un infierno de hambre y necesidad gracias a dos tiranos alumbrados por la hoz y el martillo, y llenos de ira, de rabia y de soberbia. No digamos Cuba, la perla que el castrismo ha envuelto en mugre imponiendo por la fuerza la ideología más sanguinaria del siglo XX; nada menos que 100 millones de muertos inocentes.
 
Aquí no tenemos a Castro ni a Chávez, ni a Maduro. Los comunistas ibéricos son Alberto Garzón y Yolanda Díaz. Pero que su talla política sea la de un pigmeo no significa que no estemos en peligro, ya que lo realmente peligrosa es la ideología, incluso más que sus ejecutores. Han empezado con la propiedad privada de los pisos. Aún les quedan muchos derechos y libertades por secuestrar. A Pedro Sánchez ya solamente le podemos parar los españoles antes de que nos lo impida convirtiendo las elecciones en un pucherazo infame.