Cediendo al chantaje de los partidos separatistas catalanes y vascos, con el apoyo de los comunistas de Podemos, que forman parte del gobierno, y cuyo vicepresidente en realidad es el presidente real y efectivo, mientras que Pedro Sánchez ha pasado a presidir “la república de su casa”, el español va a estar prohibido en la enseñanza en las regiones con idioma propia.

En otras palabras, que un niño español puede acabar desconociendo totalmente el idioma común de España, y de otros 500 millones de personas, el segundo idioma del mundo, después del inglés, o el tercero, si contamos en chino…

Se trata de un auténtico golpe de estado lingüístico, en el que se subvierte totalmente el orden constitucional, y se deroga, por la vía de hecho, la Constitución vigente.

Veamos que dice la Carta Magna sobre el particular:

“Artículo 3.

  1. El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.
  2. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos”.

Es decir, la Constitución rebautiza al español como “castellano”·, sin duda para no “ofender” a las demás lenguas de nuestra Patria, de forma que cuando vas por el mundo (yo lo he vivido, en primera persona), y hablas en Argentina, por ejemplo, del castellano, todos se quedan mirando, como si les hablaras del chino mandarín, o del esperanto.

¡Tienes que aclararles que en España, por mor de la corrección política, al español le llamamos castellano, y se callan, prudente y educadamente, pero seguramente pensando que somos tontos perdidos!

Y no les falta razón.

A Dios gracias, la Real Academia de la Lengua Española se sigue llamando así, al igual que las Academias hermanadas en todos los países del mundo dónde se habla español, y el Diccionario de la Lengua Española sigue siendo el mismo, y a ningún memo se le ha ocurrido –aún- bautizarlo como diccionario de la lengua castellana…

Pero todo se andará, porque como dicen los Evangelios, el número de los tontos es infinito, y en España, todavía más.