Ya saben ustedes que para comunistas, socialistas, títeres demoliberales y guarros en general, ultraderecha somos todos los que no nos sometemos a su dictadura de lo estúpidamente correcto, a su ingeniería social y a su bovina idiotez.

Tan ultraderechista es VOX -liberal a machamartillo, constitucionalista-, como este su servidor, Nacionalsindicalista a ultranza, como cualquiera de esos partidos o grupos de amiguetes que se definen con diversas siglas y opciones dentro de una estética -no siempre ética- vagamente nacional.

Y ahora, también los transportistas. O al menos, eso indica la Ministra de Transportes, doña Raquel Sánchez, cuyo nombre tenía el placer de no conocer hasta que ayer me la presentó la prensa, y que ha declarado: “No estamos hablando ni de una huelga, ni de un paro patronal. Son grupos apoyados por la ultraderecha que utilizan la violencia y no la palabra para plantear sus reivindicaciones”.

Es sobradamente conocido el rigor intelectual de las ministras, los ministros y les ministres de este Gobierno. Realmente, no supone ningún problema reconocer que algo -ese rigor intelectual que les comentaba- no existe. Por tanto, no es de extrañar que para doña Raquel -o don Raquel- los transportistas en huelga sean no se sabe bien qué clase de ectoplasma, que ni es trabajador ni patrono, pero, eso si, utiliza la violencia.

Para los rigores intelectuales de besugos como esta ministra y sus congéneres, desde el despacho y el sueldo oficial, la escolta oficial, los conductores oficiales, no se entiende que haya trabajadores que dejan de trabajar por la sencilla razón de que si trabajan pierden dinero y que, de paso, exijan unas condiciones laborales mínimamente decorosas. Estos besugos jamás han tenido ese problema.

Nunca he sido partidario de los piquetes informativos. Me parece intolerable que unos gamberros pagados o mantenidos por los grupos de presión sindicales le sacudan estopa a los que no quieren hacer huelga. Peor aún me parece que tiren piedras, que arrojen clavos en las carreteras o impidan la circulación de los demás. Pero, si viviéramos en un Estado de Derecho, igualmente reprobables serían los desafueros de estos transportistas de hoy que los de aquellos huelguistas que prácticamente quemaron Cádiz hace unos meses, con el apoyo y el aplauso del alcalde de esa ciudad.

En aquella ocasión la policía se mantuvo en un discreto segundo plano, mientras ardían neumáticos y coches enteros, se arrojaban petardos, piedras, cócteles Molotov y todo el arsenal habitual en estos casos. Ahora, la señora Sánchez le ha pedido a su compañero el señoro Marlaska que envíe guardias a meter en cintura a los transportistas, y el señoro Marlaska ha puesto en pie de guerra -según las fuentes- entre 15.000 y 23.000 agentes. No sólo para escoltar a los camioneros que quieran seguir trabajando, lo cual sería correcto para defender su derecho, sino para -textual de la ministra, según la prensa- "reprimir" las "conductas violentas". Es decir: el Gobierno de Frente Popular socialcomunista admite que es un Gobierno represor.

Y también -aunque no se han dado cuenta, evidentemente, porque ya conocemos cual es su capacidad intelectual- están reconociendo que lo que ellos llaman ultraderecha tiene en sus manos a España. La ultraderecha es capaz de paralizar el suministro de productos básicos a los mercados; es capaz de paralizar fábricas de conservas, industrias lácteas, cárnicas, agrícolas; es capaz de hacer parar a los sectores más básicos de la economía nacional -agricultura, ganadería, pesca, transportes- ante la imposibilidad de trasladar sus productos a los mercados y de recibir los suministros que necesitan para continuar su trabajo.

La ultraderecha, en suma, tiene la llave del trabajo y de la despensa de los españoles. En sus manos tiene la economía nacional. Y eso que sólo son grupos apoyados por la ultraderecha.

El día que toda la ultraderecha diga aquí estoy yo, la mayoría absoluta está garantizada. Quizá los votantes, un día de estos, acaben dándose cuenta de que lo que socialistas, comunistas, liberales, centristas, nichichanilimoná varios, llaman ultraderecha, es lo único que tiene ideas, que vive en la realidad, que quiere actuar sobre lo que hay, y no sobre lo que imagina según sus tópicos de mitin de Instituto. Que lo que ellos llaman ultraderecha es lo que quiere solucionar problemas en vez de elucubrar según estereotipos de asambleas de vagos que no quieren entrar a clase.

¡Pero coño, si hasta el Gobierno lo dice, aunque sea sin darse cuenta!