Demos gracias a Dios porque en su Providencia no deja solos a quienes gozan de esa sapientísima capacidad que es el don del Espíritu Santo, que es la inteligencia que conduce a la sabiduría, dotes para saborear las realidades sobrenaturales tras conocerlas, y continuar así la irrenunciable labor evangelizadora en la defensa de los derechos de Dios y del enaltecimiento de su Reino, en lucha intemporal contra la ignorancia o la perfidia que ataque la irreductible Verdad revelada.

La incapacidad actual del Padre Dallo para seguir con la dirección del “Siempre P´Alante”, se ve ahora revivida y continuada como obra bajada del Cielo, por manos del incombustible Don José Luis Díez, mano derecha del Padre Dallo, y del entusiasta y gran católico Don Pablo Gasco, en cuyas manos  está la dirección de la revista, UNIDAD CATÓLICA DE ESPAÑA, que seguirá su rumbo sin dar un paso atrás,  con el mismo propósito continuador del Siempre P´Alante en la gran obra de difusión de pureza doctrinal católica y lucha contra los enemigos internos y externos del Reinado Social de Cristo, tan desasistido y casi entenebrecido en las nieblas actuales del liberalismo ateo y el materialismo hedonista contra natura.

Necesitamos los católicos de una fortaleza moral y una lucidez mental, siempre asistida por la divina gracia, para flamear en lúcido testimonio la Verdad inmutable y eterna del Dios vivo y revelador, para que el mundo no pierda el norte y la verdadera dirección que nos conduce al fin último de la bienaventuranza eterna, a través de la inmersión en la comunidad eclesial, que como congregación de los fieles seguidores de Cristo, cuya cabeza visible es el Papa (esa es la definición de la Iglesia Católica), peregrinamos por este mundo  en esa senda de pruebas y luchas internas y externas, en las que consideramos lo que en realidad somos y amamos.

Un mundo alejado de esa visión sobrenatural y fin último y amoroso del plan divino, es un mundo perdido en rumbos desorientados y desesperados, en la ceguera del por qué y el para qué de la existencia.

Sin fe sobrenatural, el mundo está abocado a su autodestrucción, imperando la ley del más fuerte. Para esto, ya están los irracionales en su único marco, que es la ley de la selva.

Sin fe y sin esperanza, el mundo se convertirá en un cementerio. Pero fijémonos que no puede haber esperanza sin el cimiento de una fe garantizada. Y la esperanza cristiana no se limita a la busca egocéntrica individual de su felicidad, sino que también espera la felicidad de sus hermanos en cristo, en la trayectoria final de comunidad de fe, esperanza y en la lógica consecuencia de la caridad fraterna. Tres virtudes teologales que se comunican y exigen mutuamente.

¿Hay realidad más bella y amorosa que esta obra de Dios en el mundo? “Todo es posible al que cree” –dice San Pablo-, y es que lo verdadero es eternamente nuevo.

¡Perseveremos en el aliento de lo trascendentemente divino!