Hay una estupenda película estadounidense, de los años 40, titulada "The talk of the town", aquí en España "El asunto del día", protagonizada por Jean Arthur, Ronald Colman y Cary Grant y dirigida por el gran George Stevens que a mi me gusta mucho y que recomiendo, sin reservas, a los lectores de este gran medio. 
 
Por resumir es la historia de un juez que se retira a descansar a una casa de campo para escribir un libro, espacio temporal en el que, entre otras cosas, es visitado por un político para sondearle ya que su nombre suena para ocupar una plaza en el Tribunal Supremo (escribo todo esto de memoria por lo que les solicito la mayor indulgencia si hay algún dato impreciso). 
 
Diálogo:
 
Político: ¿Y usted a quien vota? 
Juez: Yo voto a quien me parece mejor 
Político: ¡Ah!, un votante independiente, la columna vertebral del país. 
 
Es manifiesta la intencionalidad del político al tratar de conocer la filiación política del Juez. Y la sencilla, pero a la vez poderosa, respuesta del Juez cuya función nunca puede estar sometida a la sumisión ideológica. 
 
El posterior comentario del político sobre que los votantes independientes forman la columna vertebral del país también merece un análisis más profundo en su adaptación a la realidad española. 
 
Porque, en España, esa virtuosa independencia judicial, en las altas esferas, se ve corrompida, los días pares, los impares y los del medio, para allanarse a las instrucciones y ordenes que determina el poder Ejecutivo, contando, para más inri, con la vomitiva subordinación/sumisión de la Fiscalia General del Estado. Porque este órgano, al igual que la judicatura gozan según la Constitución de independencia respecto del resto de poderes y aunque han sido políticamente instrunentalizados, más o menos desde siempre, han alcanzado, en la actualidad, lo que yo califico como sacrilegio.
 
Y respecto a los votantes sólo comprobar los resultados electorales de los últimos 40 años es, en sí mismo, la demostración más rotunda de que votar no significa democracia. Porque ese contubernio del mal partitocratico PSOE-PP, con la espuria complicidad de los secesionistas, ha fagocitado el poder del pueblo para lucrarse del erario público, principalmente como agencias de colocación y corrupción. 
 
El déficit democrático del votante español se pone de manifiesto en que la mayoría no votan lo que creen mejor, padecen una arterioesclerosis política por la que siempre votan lo mismo, a pesar de las traiciones, y las derivas fanáticas, de los destinatarios de sus pastueñas sumisiones democráticas.