Su palabra vale lo que el pellejo de un fuet y pesa lo que la flatulencia de un lactante. Su palabra está envuelta en la halitosis de la traición, tiene el acento de la mentira y el énfasis del histrión sobreactuado que piensa que con el desgarro del gesto y la modulación de la voz basta para convencer al patio de butacas y al gallinero. Su palabra es la negación de lo que dice hoy en función de lo que hará mañana; lo contrario a lo afirmado ayer es lo que siempre hace mañana proclamando como imprescindible hogaño lo que antaño era inconveniente. Los espejos de la hemeroteca, de la fonoteca y de la videoteca ni le turban ni le preocupan porque carece de pudor, no tiene dignidad, no sabe lo que es el honor y no tiene conciencia. Es un parásito del Poder al que los naipes de la política arrojados sobre la mortaja de España han colocado en la presidencia del Gobierno.

“No habrá referéndum de autodeterminación”, ha dicho gravitándole en los labios el beso de Judas. Lo ha afirmado en la amnesia impostada, en el olvido de atrezo, de la reiterada negación de los indultos a los hispanicidas del separatismo catalán y la concesión del perdón urbi et orbi a los traidores de calsots y estelada, de barretina y pan tumaca.

Ha sido tan obscena la mentira, tan pornográfica su proclamación y tan ridícula su exhibición parlamentaria que hasta los destinatarios de su ¡media vuelta, ar! y de su fluido donde-dije-digo-digo-Diego, se han cachondeado sin piedad (no la merece) de él arrojándole a la cara, tan pétrea como el nombre que le bautiza, el rosario de sus falsedades y el desafío que hace que le tiemblen las tripas y las piernas: “También dijo usted que no iba a haber indultos. Denos tiempo”. Ellos tienen tiempo, el tiempo que nace de los agotados relojes de España. A Pedro Sánchez, sin referéndum, se le agota el tiempo de la Moncloa. Habrá referéndum, y lo habrá tantas veces como sean necesarias hasta que las urnas vomiten a la independencia de Cataluña. Al tiempo.