Con lo visto en la manifestación acontecida en Madrid el domingo pasado, día 16 de agosto, a mí ya se me acaban los calificativos ante lo esperpéntico que puede ser el clima social cuando los indecentes e impresentables hacen de su ser algo destacable. Y, por muy crítico que sea yo ante la actuación del Gobierno, hay cosas tan evidentes como que, cuando cuestiones científicas y de salud imperan, hay que valorar y respetar las medidas de actuación para paliar los futuros contagios del dichoso virus.

El presi de la misma, el señor Miguel Bosé, que nunca ha tenido dos dedos de frente y que, por cierto, su escape de grasiento se acelera, dijo de ir a la misma, en la plaza céntrica de Madrid (la plaza Colón), y que luego no se presentó. ¡Ayyy! ¡Respeto por su madre, por favor! A ella se la ha llevado el susodicho.

 ¿Y las personas que se están muriendo? ¿Qué? ¿Por qué todos los especialistas abogan por la mascarilla como algo obligatorio? ¿Se lo han inventado también? Ni que todos los epidemiólogos fueran comprados por el poder político en cada uno de los países donde el bicho está haciendo estragos.

Joder, es que no sé qué me queda por ver. Vale que la mascarilla estorba; pero uno cuando no sabe ha de callarse. Yo no sé nada del mundo de la microbiología, ni de epidemias ni nada por el estilo. Pero he de ver que he de hacer caso a las personas que sí saben y que viven de su profesión; y en este caso, hemos de fiarnos de los médicos y enfermeros que nos rodean.

Qué casualidad que las personas que más se asustaban de las consecuencias del virus eran los sanitarios. Y no porque fueran fruto de la cuchara política; sino porque, al igual que yo sé de cálculo de estructuras, ellos saben de virus o bacterias.