No temen a las urnas, las tienen domesticadas con la trampa y la añagaza, con el forraje propagandístico de sus telediarios y con la ponzoña de su Sistema Educativo. No las temen, las urnas son sus perros falderos, sus putas oferentes y la palangana en la que lavan las manos de sus delitos redimiendo el crimen y el saqueo en la voluntad popular expresada en las urnas. No las temen, no. Las necesitan como el Jordán de su legitimidad. De su legitimidad para robar y expoliar al pueblo, del que solo reclaman impuestos y votos a cambio de hacerle creer que vive en la Arcadia Feliz de la Democracia y que, más allá de ese muladar de corrupción y mentiras con halitosis y sarro, sólo habitan la extremaderecha y Putin, claro. ¡Uy, qué miedo!

Las urnas son para ellos lo que la puta al chulo, y tú y yo somos los que les pagamos la coyunda y la cama. Las urnas son su sortilegio, por eso las invocan para conjurar la revuelta social, que es lo único a lo que de verdad temen: la furia del pueblo. Los pueblos dignos, los pueblos decentes, no anhelan que sus políticos les quieran, hacen que sus políticos les teman, que sientan por ellos ese respeto reverencial que nace del miedo. Ese miedo que les impide imaginar, sólo imaginar, que al pueblo se le puede robar, se le puede engañar y se le puede traicionar. Ese pueblo digno en su furia y decente en su ira se llamó un día Fuenteovejuna, y para los hijos de Judas y los discípulos de Pilatos que nos gobiernan, era es y será la extremaderecha.

¿La extremaderecha?. Bien, pues que sea ella la que toque los clarines, ice las banderas y llame a la justa revuelta de Fuenteovejuna que renace en cada español que carece de trabajo y de pan, en los hogares sin fuego, en los niños sin porvenir, en el paro sin esperanza y en la esperanza sin futuro. Fuenteovejuna es nuestro derecho y nuestro deber. Fuenteovejuna es nuestra tradición y nuestra revolución. Fuenteovejuna es el único camino y nuestro destino. Fuenteovejuna es nuestra urna y nuestra espada, el hontanar de nuestra libertad y el belén del respeto que los hijos de Judas que nos gobiernan nos han perdido. Volvamos a hacer que nos teman. Alcémonos todos a una con tal fuerza, con tal furia, con tal coraje, que no se atrevan ni a preguntar ¿quién mató al comendador?