No hay asunto de actualidad, ya sea de política nacional o internacional, ya de Sociedad o de Cultura o de Sucesos, que no sea presentado ante la opinión pública bajo el prisma progre que todo lo inunda. Esa mezcla incomparable de profunda estupidez y de cándida puerilidad que no son más que el escaparate de algo mucho peor: un deseo decidido de derrumbar todo lo que ha representado la Civilización occidental a lo largo de los últimos siglos. Cueste lo que cueste.
 
A un progre, la verdad le ocasiona sarpullidos en la piel. Vómitos, a veces diarrea, la cabeza les gira 180º, sufren taquicardias y se les muda la color. Por eso ante cualquier acontecimiento de la realidad, su primera reacción, casi instintiva, es la negación del hecho en sí y su reelaboración ideológica, de manera que cuando el gran público la recibe, está tan contaminada de basura que apenas conserva algo que tenga que ver con el hecho en sí. Normalmente, para cuando el ciudadano corriente quiere enterarse de lo que ha pasado, el "hecho" ya rebosa propaganda y tópicos democratistas por todas partes.
 
El crimen de las pequeñas Anna y Olivia ha provocado un gran impacto en la sociedad, como ya ha ocurrido en otras ocasiones con hechos parecidos. Un padre capaz de matar a sus propias hijas por problemas de pareja. Terrible, cualquier adjetivo que queramos poner se nos quedará muy corto. Pero apenas unas horas después de saberse los principales detalles del macabro hallazgo, ya los políticos, los tertulianos, los "gobernantes", ministras y ministrillos, paniaguados y pesebreros, ya estaban todos teorizando como manda la Santa Ideología de Género, única religión que se puede profesar en España sin que te insulten. Ya estaban todos, todas y todes diciendo que los hombres, que el machismo, que los maltratadores, que las víctimas son siempre las mujeres...De auténtica vergüenza ajena.
 
Hace sólo unos días que una mujer asesinó a su hija en un municipio barcelonés, pero ahí sí la prensa, al unísono, hablaba de un caso de "violencia doméstica". Si el asesino es un hombre, el crimen es machista; si la que mata es la mujer, es violencia familiar. Todo así. Con esa cruel desvergüenza, con esa falta de escrúpulos morales que caracteriza a los mentirosos compulsivos, a quienes no les da vergüenza inventar, fantasear y falsear. Siempre con la única intención de apuntarse un tanto, de apuntar un palito más en su cuenta, para luego poder llevar sus mentiras al Congreso y legislar las atrocidades que nos llevan imponiendo desde hace años.
 
Pero la realidad es tozuda y la verdad nunca la podrán esconder, por muchos medios de los que dispongan. Estos crímenes, además de inevitables porque desgraciadamente siempre va a haber malvados e indeseables, son básicamente el fruto de una sociedad que ha dado la espalda a la moral cristiana, que ha dinamitado la institución familiar y que chapotea en el lodazal relativista liderada por una generación de políticos mediocres e ineptos. En ese lodazal, las rupturas conyugales, el cambio compulsivo de pareja y las relaciones de usar y tirar tienen siempre las mismas víctimas: los hijos. De ellos nadie se acuerda, salvo para gimotear como plañideras cuando viene una desgracia.
 
Los niños de hoy se crían con la play station y los teléfonos móviles. Los que tienen más suerte, con los abuelos en el parque. Ven a sus padres para cenar y dormir, en el mejor de los casos. Ellos, los padres, están ocupadísimos con su importante puesto de trabajo, sus relaciones sociales y su nuevo churri (o nueva churri). El niño, casi mejor, que esté con la niñera (el que pueda pagársela) o con los abuelos, que para eso están. ¿Quién habla hoy de esto?, ¿quién habla de este sufrimiento, de esta pésima crianza y de sus consecuencias? ¿Qué medio de comunicación analiza un suceso terrible, como el de Canarias, teniendo en cuenta el estado calamitoso en que se encuentra hoy la familia tradicional? Ninguno. La verdad ha dejado de importar.