La mentira reiterada de los hechos históricos es una de las herramientas básicas del marxismo y forma parte de cualquier acción revolucionaria y subversiva. Una mentira tras otra acaba convirtiéndose en verdad para el pueblo receptor de la propaganda, especialmente cuando este pueblo adolece de la cultura necesaria para distinguir donde está la verdad.

España desde hace 40 años, y con más incidencia en estos momentos, está sometida a una cruel tiranía mediática bien manejada por las fuerzas socialistas, comunistas y secesionistas. Lo vemos todos los días, y si cabe aún más, hasta en el mismísimo BOE donde vemos publicadas leyes como la sectaria Ley de Memoria Histórica o el proyecto de ley que reforma esta y que denominan Ley de Memoria Democrática. En esta última ya se da el paso final instituyendo una Comisión de la Verdad que determinará al más puro estilo comunista la verdad oficial que todo español deberá asumir.

Entre estas mentiras continuadas, y ya asimilada como única verdad, está la de la relación de Franco con la lengua catalana y sus políticas lingüísticas. Es tal el calibre de las mentiras transmitidas que resulta una tarea harto difícil el rebatirlas. Y más difícil aún, ya desaparecidas las generaciones que podrían aportar recuerdos vividos, en una juventud absolutamente adocenada y abducida. Jóvenes a los que además se les priva por otra parte de la enseñanza vehicular en castellano - a partir de ahora  incluso por ley - privándoles de la lengua que hablan más de seiscientos millones de personas en el mundo. Son ellos los únicos perjudicados sin duda.

Es incontrovertible el hecho de que Cataluña, para su fortuna, es bilingüe, algo que no empobrece su cultura sino que la enriquece. En el pasado histórico, las dos hermosas lenguas españolas convivieron sin obstáculo alguno y solo la ceguera estúpida y sectaria que están implantando unos políticos analfabetos está llevando a la hermosa región catalana al desastre.

Muchos se olvidan que en 1975, al morir Franco, más del 50% de la producción literaria en España se producía en Cataluña y en español. Premios literarios tan importantes como el Planeta o el Nadal se concedían, y se conceden aún, de momento, en Barcelona, pero no obstante no era menor la proliferación de premios literarios en catalán.

Hagamos un breve repaso histórico en este sentido:

En 1945 con el apoyo de Franco se celebró el centenario de mossen Verdaguer, escritor de la primera gramática histórica catalana; en 1947 se otorgó el premio Joan Martorell para novela en catalán ; en 1952 se inauguró la cátedra Mila i Fontanals para el estudio científico de la lengua catalana y se creó el premio Merce Rodoreda de cuentos y narraciones en catalán al que siguió en 1956 el premio Lletra d,or para distinguir el mejor libro del año en catalán ; en 1960 el premio Joaquim Ruyra de narrativa juvenil a los que siguieron el de Josep Pla y Prudenci Bertrana y desde luego el Premi d,Honor a les Lletres catalanes destinado a la consagración de escritores noveles.

Recordemos también que en 1966 Barcelona rindió homenaje a Maragall y que al año siguiente en 1967 la Diputación de Lérida dotó una cátedra en lengua catalana mientras que la de Barcelona acordó dar cursos de catalán en todos los centros culturales dependientes de la corporación y fundó la cátedra de lengua catalana en la Facultad de Teología de San Cugat.

Y no quiero dejar de referirme al conjunto de actos que en 1948 se celebraron en toda Cataluña para homenajear la memoria del insigne pensador Jaume Balmes . Actos que culminaron al año siguiente con un solemne acto en la catedral de Vic presidido por Franco.

Sería prolijo el citar aquí a cientos de escritores que se expresaron literariamente en catalán, y se escapa a la brevedad de estas líneas el hacerlo, pero no puedo por menos que sentir lástima cuando veo como se ha tergiversado la historia y se asume que la lengua catalana fue perseguida en aquellos tiempos.

Es una gran mentira cuanto se lee hoy al respecto, al igual que lo es el  olvido de que fue Franco quien impulsó la enorme industrialización de Cataluña y el progreso social de esa querida región española en detrimento de otras como Andalucía, Murcia o Extremadura.

Siempre he pensado que el español es un pueblo desagradecido y olvidadizo como lo son los gatos, pero en concreto el catalán en este sentido es mucho más que eso : es un gato casi tigre en tamaño sumido hoy no solo en una ingratitud superlativa sino abducido por las mentiras que una clase política corrupta le ha inculcado. Amo Cataluña pues por mis venas corre sangre catalana y menorquina y es por eso que mi españolidad está enriquecida, razón de más para desesperarme al ver como se destroza y autodestruye una parte tan querida de nuestra patria común.