La hoja de la guillotina se afilaba para Danton. La piedra de amolar gravitaba en el bolsillo de la levita de Robespierre, el gélido padre del Terror. En nombre de antiguas complicidades de sangre y barbarie revolucionaria, Robespierre le ofreció a Danton un largo y lejano exilio que salvaría su vida. Eso, o la muerte. Danton rechazó la oferta porque “uno no puede llevarse la Patria en la suela de los zapatos”.

Un hombre puede apostatar, perder el amor de su vida, distanciarse de sus hijos y olvidar a sus hermanos, pero la Patria, aún maldiciéndola, le acompañará siempre en la misma medida que su lejanía le dolerá sin consuelo ni remedio como sólo lo hacen las emociones y los sentimientos que no podemos explicar con arreglo a pautas científicas ni a la lógica de la razón. Los griegos, que en su mitología, en su historia y en su conducta, individual y colectiva, codificaron lo que somos y cómo somos, desde el alma y el espíritu al hueso y el músculo, preferían la muerte al ostracismo y el exilio que convertían al hombre en un paria sin Patria, en un mercenario del viento, sin mapa, sin rumbo y sin raíces.

A la Patria se la ama sin pan con la misma intensidad que se la añora en la opulencia de un exilio próspero. Puedes cambiar de país, de nación y de pasaporte, pero nunca de Patria. Ella está siempre contigo como lo está el pasado, aunque lo ignores. Por eso, el Todo por la Patria que almena los cuarteles, y que  los parias convertidos en mercenarios de la izquierda quieren eliminar como se borra un garabato, es  más que un lema lacónico y absoluto, es la ancestral expresión de lo que los hombres son capaces de dar y están dispuestos a entregar, desde las Termópilas hasta hoy, por su Patria. No es una consigna política, es una oración, la única plegaria en la que los hombres no piden nada y lo ofrecen todo, hasta la propia vida, por la Patria, ese amor terrenal y metafísico que no podemos llevarnos en la suela de los zapatos, ni en el vientre de una urna, ni en el dorso de una papeleta electoral. Es la Patria, que habita y late en la piel del alma de todos los hombres. Incluso de los que reniegan de ella y la maldicen.