La Marabunta de inmigrantes ilegales desembarca entre la frivolidad de los idiotas de una España impotente que renuncia a su fuerza por incompetencia. La Marabunta   desembarca al cobijo de la ineptitud social de un pueblo que no quiere aceptar las inmediatas consecuencias de la invasión porque no es consciente de su infinito grado de estupidez.

Mientras los mejores españoles tienen ya un pie en el estribo y el otro en el andén para marcharse al extranjero, y enriquecer con su oficio y sus carreras a los países anfitriones que albergarán su pericia y su talento, aquí recibimos a decenas de miles de inmigrantes ilegales que nada traen, que nada aportan, y sin más obligación que la de exigir derechos y servicios por los que no han cotizado. Sus petates vienen vacíos. Su destino, escrito en las bordas de las pateras y de los cayucos que los arrojan como lastre a nuestras costas, es el vagabundeo parasitario después de haber enternecido a los españoles en los telediarios con el cuaderno de bitácora de su singladura.

La Marabunta no es espontánea ni es casual. Obedece a una estrategia, a una táctica y a una logística matemáticamente diseñadas, aderezadas de piadoso almíbar lastimero en las reposterías sociales en las que la injusticia se glasea de solidaridad.

La Marabunta no es espontánea ni es casual. La única trampa mortal para España es la que tejen los cobardes con sus miedos mientras Marruecos acaricia el lomo tentador y sedante de la venganza, del saqueo y del botín: Ceuta, Melilla y Canarias haciendo rugir a la Marabunta más allá de sus vallas de atrezo y de sus costas sin Armada.