Acabo de leer el imprescindible libro de Francisco Núñez del Arco Proaño “Quito fue España. Historia del realismo criollo.” Que describe con gran rigor y abundancia de fuentes y documentos lo que fue el proceso de secesión, que no de independencia, de Ecuador; paradigma aplicable al resto de lo que fue el Imperio Hispanoamericano, de la mano de los intereses anglos, para desestabilizar los reinos españoles y el enorme poderío español. Y para hacerse con el control económico de esos lugares depredándolos, sustituyendo así a España como civilización, de la mano de una masonería ansiosa por debilitar y descomponer el catolicismo, fuente de desarrollo humano y de cultura. No voy a entrar en el detalle, pero me interesa especialmente subrayar la similitud de aquellos procesos de fragmentación y control vividos por aquellas “Españas” con personalidad propia y lo que vivimos en la actualidad de la mano de los esbirros de Soros y otros poderes ocultos que están reproduciendo miméticamente lo que sucedió en ultramar. Vamos a transcribir, para evidenciarlo, los siguientes textos:

Wilfrido Loor, ecuatoriano lo expresaba de la siguiente manera:

NOS ENVENENARON: ¿No será que nuestros adversarios, para destruirnos, nos envenenaron con falsos conceptos de libertad, democracia, independencia, palabras flexibles que se prestan a todas las interpretaciones, que cada cual las entendió como pudo y nos lanzó a la lucha fraticida, sobre ríos de sangre y montañas de incomprensiones, hasta colocarnos en una dolorosa esclavitud, el estómago vacío de pan y la cabeza vacía de los grandes ideales políticos, ciegos ante nuestra propia grandeza, denigrando lo que es nuestro y admirando lo ajeno, en un insensato afán de imitar a otros pueblos.

Es tiempo de que comience ya la resistencia. De que volvamos a encontrar los que hemos perdido: nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro propio yo...

Si no comienza la resistencia, la destrucción seguirá adelante, continuaremos atomizándonos más y más, y un día en un lenguaje que no es el de Cervantes y el de la Santa Doctora de Ávila se dirá: por aquí paso un pueblo enfermo de libertad, democracia y anarquía”

Apliquémoslo a lo que vivimos hoy en España, calquemos estas ideas y conclusiones, y obtengamos la respuesta. Yo no añado nada a esta reflexión. Ni sumo ni resto una sola coma ni punto.

Francisco Nuñez del Arco, ecuatoriano muy crítico con la decadencia que siguió en Quito tras la secesión, que analiza la decadencia y proceso de liquidación del mundo hispano y de su civilización y legado histórico, analizando con sumo lujo de detalles, describía el fenómeno de la descomposición con palabras como estas:

La Monarquía Hispánica, se consolidó en su época como la estructura política más importante que haya existido hasta ahora en los últimos cinco siglos a nivel mundial, sostén de multiplicidad de pueblos y matriz de diferentes etnias, fue demolida desde adentro en un plan excelentemente orquestado por la plutocracia apátrida residente en ambos lados del océano Atlántico y los eternos enemigos extranjeros que ha tenido España.

Bajo el espejismo de lo que se denominó libertad, los países del continente americano alcanzaron una independencia viciada ya en origen, con ánimo de trazar su prometedor futuro por separado. La realidad de los sucesos y sus consecuencias, sobradamente conocida por todos, fue otra. Acto seguido a la independencia, la América española o la España americana, lejos de alcanzar la luz prometida entró de inmediato en un período prolongado de tinieblas e inestabilidad política, donde la declinación económica de la mano de la fragmentación social constituye el paradigma mismo de la balcanización, que en rigor histórico es latino-americanización, puesto que la atomización de la América llamada Latina por el imperialismo cultural francés, antecede a la de los Balcanes.

Quebrantadas las instituciones y todo orden, las entidades políticas surgidas ex novo eran la presa fácil de dictadorzuelos, caudillejos, caciques locales de la peor calaña... ejemplos todos ellos de corrupción y soborno. Mientras tanto, las naciones atlánticas como Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, alcanzaron en el mismo período las más altas cotas de estabilidad política circunstancia que se tradujo en la etapa de su mayor desarrollo. El naciente capitalismo financiero, anegó los retazos de la nación española que habían ahogado con sus exportaciones, dominando con su crédito, y envileciendo con su moral mercantilista.

Nos separamos no para ahondar en nuestros aciertos, sino para profundizar nuestros errores. En la España peninsular, se evidenció aquello durante el siglo XIX de igual forma. El Estado nación llamado España que surgió después de la separación también fue víctima de las mismas desgracias que asolaron sus hermanos americanos: caos político, involución socioeconómica, imperialismo, así como intervención militar extranjera. Tanto la Península como los Estados del Nuevo Mundo, sufrieron guerras civiles y pronunciamientos militares, incapaces de resolver las sucesivas crisis políticas, sociales y económicas, los nuevos estados en ambos lados del Atlántico experimentaron con todo lo que estuvo a su alcance para tratar de hallar el remedio milagroso.

Desde la monarquía al republicanismo, pasando por el centralismo y el federalismo, con el gobierno representativo y las dictaduras cívico-militares de por medio. Sin embargo, era tarde ya, desafortunadamente no existía solución eficaz para aquellos Estados que negaban su misma esencia, cuya estructura fundamental había sido destruida por la «guerra de la independencia» y cuyo sistema revolucionario había acabado con la mayor base económica más grande que conociera su tiempo.

A medida que el mundo hispano decaía en todos los órdenes de la vida a lo largo del siglo XIX, los anglosajones (Gran Bretaña y los Estados Unidos) caminaban a la par en la exacta senda opuesta. La mal llamada independencia no consistió meramente en la separación de Quito de la Península y del resto de América, sino que cortó de cuajo el enorme y complejo sistema social, político y económico de la Monarquía Hispánica, que a pesar de sus numerosos defectos y múltiples errores funcionaba convenientemente para sus integrantes. Una unidad, un sistema y una estructura política de alcance mundial que, como la Monarquía Hispánica había demostrado durante siglos, ser real, siendo capaz de integrar nacionalidades antagónicas, tensiones sociales e intereses económicos dispares, a menudo conflictivos.

Donde los estamentos superiores de América formaban parte integral de la élite imperial de la Monarquía, donde las necesidades de los más humildes eran reconocidas, protegidas y aun facilitando su promoción e integración. Enlaces familiares, logros políticos y económicos, pero sobre todo una unidad de destino, fines comunes y compartidos, así como relaciones de todo tipo, desde lo cultural a lo científico, sustentaban el tejido de la Monarquía Hispánica.”

Esta es la clave de lo que nos está ocurriendo. Traslademos aquel problema a la situación actual y veremos que cambiando los escenarios, es exactamente lo que nos está sucediendo hoy.

Mientras no seamos capaces de entender que solamente mediante nuestras propias fuerzas, sacrificio y unidad seremos capaces de sobrevivir en un mundo lleno de piratas, cleptómanos y depredadores, no tendremos ningún futuro, e igual que desaparecieron otras civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad, nosotros desapareceremos, dejando en la cuneta todos los logros de nuestros antepasados y pasando a ser parias y esclavos de poderes que se apropiarán de nuestras vidas y existencias.