Sócrates, Platón, Aristóteles, Isócrates y otros muchos arquitectos del Pensamiento Occidental  me alejaron de la Democracia como concepto y fórmula que parte de la falsa premisa que afirma, como un dogma de fe, que el pueblo es sabio y, por lo tanto, sus decisiones plebiscitarias son siempre acertadas. Alcuino de York, asesor de Carlo Magno, acuñó el eslogan que para sí hubieran querido los publicistas de Coca-Cola, “Vox populi, vox Dei” (“la voz del pueblo es la voz de Dios”). Tan brillante y efectivo como falso. Yo he visto a Dios en las manos de los cirujanos, en las lágrimas del dolor y en las rodillas de la esperanza, y he escuchado Su Voz en los pentagramas de Beethoven y Mozart, de Händel y Bach, pero jamás en el fondo de las urnas. Y no estoy sordo, porque hasta mis oídos sí que llega la destemplada y desafinada sinfonía de la charanga democrática que deviene ruido y furia en el vientre de las urnas. Y he visto cómo la sabia voluntad popular depositada en las urnas es violada y traicionada y tergiversada y secuestrada por los destinatarios y beneficiarios de los votos. Siempre. Y he visto cómo los violados y los traicionados vuelven, una y otra vez, en actitud oferente, a los traidores y a los violadores en la romería de las elecciones. Siempre, permanentemente. Lo he visto. Lo veo. No estoy ciego.

No creo en la Democracia, pero vivo en una que, como todas en España, mudó en Oclocracia cuando andaba a gatas. Cumplo con mis deberes, pago mis impuestos, me paro en los stop y les cedo el paso y el asiento a las damas. Hay derechos que no ejerzo. Nunca acudo a lo que llaman Justicia porque siempre he sido su víctima, jamás su beneficiario, aún cargado de razón. Tampoco acudo a las urnas. Por eso los ciegos y los sordos de la romería electoral me niegan, también, el derecho a quejarme que, según su infantil simpleza y su adolescente entusiasmo democrático, sólo se adquiere votando. Falso. Si supieran lo que es la responsabilidad colectiva callarían, pues entenderían que les engañan y les defraudan, que les traicionan y les violan con el aval de sus votos. Yo no voto, pero con mis impuestos pago el sueldo de traidores y cantamañanas que no he elegido. ¡Qué se le va a hacer!

El 4 de mayo romperé el confinamiento de la abstención, abandonaré  mi isla de Elba, en la que habito en permanente Estado de Alarma, y me sumaré a la romería electoral sin fe y sin esperanza. No votaré a favor de nadie, sino en contra de que Madrid se convierta en un suburbio de Caracas y el Manzanares en un afluente del Orinoco. He elegido mi voto como el cazador elige su arma, sin pasión y con frialdad. Mis líderes y paradigmas políticos fueron todos asesinados, unos en vida y otros después de muertos. Estoy solo y sé que los que reclaman mi voto me desprecian por lo que pienso y por lo que soy. Se lo daré a uno de ellos, a Isabel Díaz Ayuso, sin fe, sin esperanza y sin pasión, por una mera convergencia en la alarma anticomunista. Después me volveré a Elba, donde no hay ciegos ni sordos ni, mucho menos, mudos. Así nos luce el pelo a sus habitantes. Ni los que nos necesitan nos quieren. Por eso vivimos en Elba.