Un baremo bastante útil a la hora de comprobar la caída en picado del sentido común en la sociedad actual lo podemos obtener cuando hacemos memoria de cómo era la vida, y las cosas humanas, hace unas décadas. Nuestros abuelos se hubiesen preocupado seriamente por nuestra salud mental si les hubiésemos dicho que las ventosidades de las vacas están abriendo un agujero terrible en la capa de ozono, que para no morir contaminados en las ciudades hay que impedir que los coches circulen, o que tomarse un buen chuletón abulense, con sus acompañamientos, contribuye a convertir la Amazonía en un desierto. Este medioambientalismo progre es tan falso y ridículo como quienes lo proponen, aunque quienes lo proponen se estén haciendo millonarios de paso.
 
Todos sabemos que como en España no se come en ninguna parte del mundo, lo mismo una buena verdura navarra, como un arroz valenciano, un cocido montañes, maragato o madrileño, o un cordero castellano. Decir que España exporta carne de animales enfermos, y por tanto, de mala calidad, es un dislate que convierte a quien lo dice en un majadero de tomo y lomo, que además de estar pésimamente informado, tiene interés probablemente en perjudicar los intereses ganaderos de España. Si esto lo hubiese dicho un vecino nuestro, el que nos vende el pan, incluso algún radiofonista con millones de oyentes, simplemente hubiésemos pensando: "Vaya manera de perder los papeles y de hacer el ridículo". Lo tremendo, lo que hace unos años era imposible e impensable, es que algo así lo haya dicho un miembro del Gobierno.
 
Me gusta recordar a mis lectores que hubo un tiempo, tampoco tan lejano aunque lo suficiente como para que los más jóvenes lo ignoren, en que a los ministerios del Gobierno llegaban personas verdaderamente distinguidas. Hombres que dejaban puestos de gran responsabilidad en grandes empresas, en la Universidad o incluso en el extranjero para trabajar por España. Esas personas, que hoy no tienen calles ni plazas con sus honorables nombres, hacían exactamente lo contrario de los políticos de hoy. Sacaban la cara por lo español, se peleaban con quien hiciera falta por defender lo nuestro, eran los mejores embajadores que podíamos tener por todo el mundo. Porque una nación como España merece tener a los mejores en el timón, no a cuatro pelagatos que no se han visto en otra igual en su vida.
 
Alberto Garzón es uno de esos pelagatos, dicho con respeto a la persona pero no evidentemente a su C.V., que es inexistente. Es particularmente idiota que exista un Ministerio de Consumo, porque el consumo no da, ni mucho menos, para tener un ministerio; puede ser una secretaría técnica al servicio del Ministerio de Economía, por ejemplo. Pero el gran problema que tiene hoy España es que los ministerios se crean ex profeso para dar trabajo a amiguetes y a compañeros de botellines, como era Garzón de Pablo Iglesias. Cuando el defenestrado líder de Podemos tocó el cielo con los dedos siendo vicepresidente, exigió que su amigo el comunista también fuese ministro. Y como no sabía hacer la O con un canuto, crearon un ministerio para él. Un ministerio que, naturalmente, pagamos ustedes y yo con nuestros impuestos.
 
Bien, aceptemos elefante como animal de compañía y como mamífero carnívoro de pelo suave. Supongamos que fuese necesario elevar el consumo a la categoría de ministerio. Si algo tiene que hacer el ministro del ramo es poner en valor, aplaudir, ensalzar, celebrar la maravilla de alimentos que hay en España, auténtico vergel de Europa y paraíso gastronómico del mundo. Es eso, solo eso y casi exclusivamente eso lo que debe hacer un ministro de consumo. Pues no. Este señor que se hace fotos con la hoz y el martillo, que piensa que Cuba es el nirvana del marxismo y que celebra los aniversarios del Ché Guevara como si fuese el cumpleaños de su padre, da una entrevista a un periódico británico y suelta la falacia, el disparate, la idiotez imposible de creer de que España exporta carne de mala calidad. Y, como es lógico, el sector ganadero ya ha exigido su inmediata destitución.
 
Luego sí, por supuesto, ya sabemos cómo son los tabloides ingleses. Su lamentable comentario estaba dentro de un análisis más amplio donde Garzón hablaba de ciertas prácticas en ciertas macro-granjas de producción intensiva. Nada que oponer a la idea de que se acabe con esas prácticas, si fuesen ilegales o negativas para la salud humana. Pero naturalmente esto termina siendo secundario en relación a lo principal, que es el daño que la entrevista ha provocado al sector cárnico español, y lo que es peor, la imagen penosa que da de España nada menos que un miembro del Gobierno, convertido en nuestro peor enemigo en vez de justificar su sueldo astronómico defendiendo España y lo español. Una cosa verdaderamente de locos.
 
Nosotros nunca hemos dicho a nadie lo que tiene que votar cuando llegan las elecciones. Es más, empezamos a sospechar firmemente que las soluciones a los problemas que arrastramos desde hace décadas no van a llegar desde las urnas. Lo que sí tenemos claro es que España no merece un Gobierno como éste, que por cierto acaba de cumplir dos años, con un mentiroso profesional como Pedro Sánchez como presidente. Una nación milenaria, que ha sido modelo y envidia durante siglos, no puede estar en manos de esta banda de frikis sin oficio ni beneficio, gestionando cientos de miles de millones de euros sin haber llevado antes ni las cuentas de su comunidad de vecinos. Esto es un despropósito, y los despropósitos hay que finiquitarlos cuanto antes.