Confieso que al entrar en este salón, antes de empezar este acto, cuando se estaba preparando, ha sido como si hubiera rejuvenecido 42 años y volviera a ser un estudiante de Bachillerato que velaba sus primeras armas en política, en especial al reencontrarme con esa bandera roja y azul que marcó mi juventud.

Después de tantos años es significativo que algunos sigamos hoy aquí, fruto de aquella semilla, y también que nos acompañen jóvenes que ni tan siquiera habían nacido entonces. Somos los últimos  resistentes, los que seguimos manteniendo el recuerdo y el homenaje a aquellos que cayeron en los frentes de combate, pero también a los asesinados  en la retaguardia frentepopulista, como sucedió en esta localidad hace 84 años, cuando mataron a 136 personas.

Cuentan que en estos días, en las fechas ulteriores al 18 de julio de 1936, tras un discurso radiado pronunciado por Indalecio  Prieto anunciando el fracaso del levantamiento y la imposibilidad de que los rebeldes pudieran ganar (“¿a dónde van  esos locos?”). Franco, que aún no era el jefe de los alzados, comento: “Sí, ellos lo tienen todo menos la razón”. 

El general era un hombre de palabra sencilla en sus intervenciones públicas, lacónico, poco dado a la desmesura retórica, pero con profundidad conceptual.  Aquella razón tenía, al menos, dos componentes esenciales: su profunda Fe con la esperanza confiada en la Providencia, y algo inherente a lo que había sido su carrera militar, la voluntad de  vencer.

Esa Fe a la que aludimos, en palabra y en imagen en el libro que con esta ocasión presentamos, Franco. Una biografía en imágenes, que en contra de lo que se afirma le acompañaba desde muy joven, cuando con menos de 20 años  entraba en la Adoración Nocturna; que hizo visible de manera pública en los tiempos anticlericales de la II República, cuando acudía como general en Madrid o en Mallorca a la Santa Misa; cuando con motivo de la celebración del aniversario de su promoción en Toledo hubo, frente al laicismo, “ceremonia” religiosa, lo que le valió la censura y la vigilancia de la Masonería  –a la que han aludido quienes me han precedido y cuya sombra es más que evidente en la ceremonia laica que hemos visto en el patio del Palacio de Oriente– tal y como consta en una carta reproducida en las memorias de Martínez Barrio; o cuando estando en Oviedo, al producirse la expulsión decretada por el gobierno de la Compañía de Jesús  acudió a manifestar su apoyo.

Voluntad de vencer, que le acompañó toda su vida y que, indudablemente, es una de las explicaciones de su comportamiento ante situaciones dificilísimas para quebrar la línea del destino.

Hoy, en 2020, cuando sobre nosotros se cierne la amenaza de una nueva “ley de memoria histórica”, cuando sin disimulo se plantea la posibilidad de que un acto como este sea perseguido y quienes intervenimos sancionados y hasta encarcelados, ellos lo siguen teniendo todo, menos la razón. Y frente a ello nosotros continuamos teniendo  Fe en la Providencia y una clara voluntad de vencer. Desde aquí recordamos que, como entonces, si algunos se  creen con derecho a “asaltar los cielos”, también quedamos los que seguimos dispuestos a defender ese cielo.

Hoy el combate, la lucha, no es con armas, es con la palabra pero también hay trincheras cuyos sacos terreros son papeles. Estamos en un combate ideológico. Dentro de ese combate nos enfrentamos a la denominada “ideología de la memoria”, que forma parte del discurso de la izquierda, recuperando y reinterpretando viejos conceptos, que se incardina, como arma de destrucción, dentro lo que conforma el asalto a las naciones por parte del globalismo. Hoy podemos comprender mejor esta afirmación cuando salimos de nuestras fronteras y vemos que el mismo furor iconoclasta se ha desatado en otros países. Se trata en realidad de ir derribando, pulverizando, borrando, atacando los elementos constitutivos de la identidad nacional. De acabar, con la idea de Patria, alejada del nacionalismo liberal (raza, lengua, territorio…), que, amparada en el “proyecto común orteguiano”, como con acierto definiera de forma mucho más exacta José Antonio, se materializa en una “unidad de destino en la universal”. Expresión que completara Blas Piñar al referirse a la Patria como unidad de destino, de convivencia e historia.

¿Y es que acaso hoy no se está buscando de forma consciente desde el poder la ruptura de la Patria como unidad de convivencia agitando la desigualdad y reviviendo un guerracivilismo que hace décadas que los españoles habían superado? ¿Es que hoy no se aspira a destruir, a borrar la Historia e imponer una versión oficial con leyes como las de memoria?

Cuando miramos hacia atrás es fácil releer lo acontecido y descubrir los orígenes del proceso. Algunos de nosotros recordamos como hace casi cuarenta años se inició no solo la retirada de estatuas y placas, sino también la remodelación del callejero. Entonces nos tomábamos a risa el que algún concejal izquierdista promoviera la desaparición del nombre de los Reyes Católicos, Cristóbal Colón o los Reyes Católicos recordando  que habían muerto mucho antes de que naciera Francisco Franco. Hay que aprender del adversario. Ellos, realidad, querían y quieren, y lo están demostrando, retirar, borrar, destruir y tergiversar los rastros de los hombres que con su recuerdo constituyen hitos en la formación de la identidad nacional para acabar con la unidad de historia. Por eso atacan la historia, las gestas y los monumentos.

Muchos, ingenuos de ayer y de hoy, conniventes necesarios, pensaron que era solo para superar la “guerra civil”, superada por otra parte hacía ya muchos años a través de lo que podemos denominar la reconciliación social, que era lógico que se retiraran las estatuas y las calles dedicadas a Francisco Franco, y colaboraron en ello. Unos lo hicieron activamente colaborando a ello, secundando a la izquierda –ahí estaban la UCD primero y el Partido Popular después–, otros de forma pasiva pensaron que solo Franco sería objeto de esta proscripción que ahora les va llegando. Incluso corrieron a blanquear un régimen político que nos condujo a la guerra y vimos como José María Aznar, cambiando sus orígenes –en borrar el pasado el Partido Popular también es experto– se manifestó admirador de Azaña.

Borrar, manipular, destruir, tergiversar la memoria colectiva. ¿Cómo iba a funcionar el mito del Frente Popular si en muchísimos pueblos de España, como sucede aquí, en los muros de las Iglesias o en un monumento a los caídos aparecía el nombre de los  asesinados por los frentepopulistas, por la izquierda, por socialistas, comunistas y anarquistas? ¿Cómo iban a blanquear e idealizar a los responsables de esos asesinatos, pareciendo que hasta no se cometieron, si los jóvenes podían preguntarse quiénes eran aquellos que aparecían en las lápidas como caídos por Dios y Por España y, sobre todo, quiénes los habían asesinado? ¿Cómo iban a cambiar la realidad de la guerra civil y las relaciones causales que explican  lo sucedido? Por eso hoy quieren que sea imposible que se realicen actos como los de hoy en que se recuerdan a aquellos españoles, aunque en ello perezca la consagrada libertad de expresión.

La destrucción de las piedras, de los monumentos y de las  placas, que se está dando también en otros países, insisto no es solo contra Francisco Franco, es contra la nación. Cumple así la ideología de la memoria con sus  tres objetivos: destruir progresivamente las señas de nuestra identidad, de nuestra unidad de historia, blanquear a la izquierda y convertir al adversario político en enemigo sin derecho.

¿Cómo podemos combatir? Lo hacemos manteniendo y realizando actos como este que reúnen a los resistentes y que se han celebrado, pese a las circunstancias, en diversos puntos de España. Dando la batalla ideológica, defendiendo nuestra historia, aportando argumentos a través de libros, artículos, conferencias… denunciado esa verdad oficial. Pero en medio del silencio que nos rodea debemos ser nosotros los apóstoles, los propagandistas de estas obras para que lleguen al mayor número de españoles, comentándolas, recomendándolas e incluso regalándolas.

Por eso en estos actos combinamos el recuerdo, el homenaje, la oración con la presentación de libros como este de Franco. Una biografía en imágenes. Una biografía personal, no una historia del régimen, que incluso ha sido valorado por adversarios. Solo una referencia, alguien tan alejado ideológicamente, antifranquista de vocación, como Enric Sopena, nos ha dado “las gracias” por esta “magna” obra que forma una historia con 1.600 fotografías, procedentes del archivo de Franco, muchas no concebidas para la propaganda, a veces con encuadres mejorables (Franco, como sabéis era aficionado al cine y en no pocas ocasiones, cuando veía las noticias sobre actos suyos en el cine o en la televisión se quejaba de encuadres defectuosos que no reflejaban la grandiosidad de lo acontecido; no parece que su limitado servicio de propaganda trabajase mucho). Lo que muestran estas páginas, y es lo que entiendo alaba Sopena, es que de algún modo el “franquismo” como elemento sociológico no ha desaparecido, solo se en transformado, está en esas imágenes en las que se aprecia el calor social, institucional e internacional brindado a Franco. Las fotos a gran tamaño de este libro permiten al lector entrar en el difícil ejercicio de “leer” las fotografías, reparar en lo que dicen las pancartas (curiosamente son en muchas ocasiones reivindicativas, ya nos gustaría ver esas reivindicaciones en los actos actuales del Jefe del Estado o el Presidente del Gobierno), reflexionar sobre la escasa protección, escolta, con que Franco  se mueve en actos multitudinarios con los españoles. De ahí que otra periodista, desde una visión crítica –siempre se menciona un inexistente componente hagiográfico–, repara en que no puede dejar de mirar, una y otra vez, las imágenes. ¿Por qué? Porque contradicen la caricatura que, con mayor o menor carga intelectual, se está difundiendo y, por tanto, pone en almoneda la ideología de la memoria.

A veces, la fuerza de las imágenes, hace que no entremos en un texto, que ilustra a las fotografías, cargado de documentos, muchos de ellos inéditos, otros solo citados, porque los historiadores solemos, al no entrar en los trazos personales, relegarlos. Solo algunas pinceladas porque no voy a hacer, como se dice ahora, “spoiler”. Dentro de ese apoyo, institucional y popular, a Franco que muestra el libro, nos encontramos con la Iglesia. Un capítulo que por lo sucedido, el libro salió pocos días antes de producirse lo que calificamos como profanación, por la actitud de la Iglesia, adquiere un valor distinto. Son muchos los que se retratan. Entre las fotografías encontramos una de una audiencia concedida al famoso padre Ángel, que creo falta a la verdad en sus memorias. No fue a ver a Franco una sino dos veces. En una de las ocasiones pronunció un breve discurso. Por vez primera aparece en estas páginas porque Franco lo conservaba en su archivo. Dejo el juicio sobre sus palabras a los lectores.

Imágenes y textos que ponen en tela de juicio mitos como el de Franco y la España aislada, odiada, rechazada internacionalmente. Textos que nos dicen cuál era la opinión que sobre Franco tenían, por ejemplo, los presidentes americanos. Queda la minuta de la conversación sobre la situación política y geoestratégica internacional entre Franco y Eisenhower que hemos reproducido de forma íntegra. Otra vez les invito a juzgar.

No hemos ocultado o prescindido de ninguno de los temas polémicos, incluido el referido a la falso “enriquecimiento personal”, pero lo hacemos con documentos.

Hacer frente a la manipulación, a la tergiversación, a la destrucción de la memoria. Entrar en este combate ideológico y cultual es esencial. Cierto es que ellos lo tienen todo menos la razón. Que por ello pueden jugar a “descubrir América” todos los días.

Hace poco uno de los historiadores, de esos que inmediatamente es promocionado porque afirma lo que interesa a la verdad oficial, ha escrito un libro para contar la gran mentira de los soldados de Franco. Ha descubierto que había soldados “obligado” con “poco entusiasmo” porque fueron movilizados por su quinta. Ha descubierto, para sonrojo de historiadores que al ejército se iba porque te tocaba y que eso también pasa durante una guerra. Lo que no ha descubierto es que los frentepopulistas tuvieron que movilizar la denominada quinta del biberón, los que hubieran ido a hacer la mili en 1941 pese a contar con más población en su zona, mientras que Franco no tuvo que recurrir a ello. Oculta que cientos de miles de jóvenes se fueron voluntarios a las filas nacionales, casi un cuarto de millón en las milicias; que Franco ordenó el traspaso de parte de los efectivos de milicias en el invierno de 1936 para recomponer unidades antes de iniciar la movilización de quintas; que la Legión tenía pocas banderas en 1936, que gran parte de sus escasos efectivos fueron baja camino de Madrid y que se constituyeron muchísimas banderas de legionarios con voluntarios en ese periodo hasta duplicarlas o triplicarlas. Ignoran que el movimiento juvenil con decenas de miles de afiliados durante la República fueron las JAP y que aquellos jóvenes cambiaron masivamente la camisa verde por la azul al comenzar la guerra y corrieron al frente. Ellos, esos voluntarios, los jóvenes de la derecha, los falangistas, los monárquicos y los tradicionalistas, junto con la movilización femenina, constituyeron la masa de maniobra que dio la victoria a quienes sobre el papel lo tenían todo perdido en julio de 1936 porque también tenían la voluntad de vencer.

Hoy se borra su recuerdo y su razón, pero nosotros seguimos rindiendo recuerdo a esos miles de jóvenes que supieron resistir hasta la muerte en Brunete y a los que dejaron la vida asesinados por el Frente Popular. Nos asiste para ello el derecho y la razón.

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