17 de marzo de 2005. La noche que quitaron la estatua ecuestre del General Franco de la Plaza de San Juan de la Cruz, España estaba ya en un bucle de iniquidad y populismo marxista del que hoy, quince años después, estamos viendo algunas consecuencias. Esa misma noche aciaga se acababa de celebrar una cena en homenaje al responsable del genocidio de Paracuellos del Jarama, donde fueron asesinados al menos seis mil españoles inocentes en los primeros meses de la Guerra Civil. A Santiago Carrillo, el Gobierno de Zapatero le regaló los postres. Una grúa, con unas cinchas de arrastrar mulos, se llevó, ante sus ojos vidriosos, la efigie de quien fuera Jefe de Estado durante cuatro décadas.
 
Lo que movió aquel crimen repugnante es lo mismo que mueve hoy el derribo de estatuas en España y en el resto del mundo: el odio y la barbarie. El odio sobre todo a la verdad histórica, y la barbarie como antítesis de la civilización occidental, que es hija a su vez del cristianismo. Los canallas que disfrutaron con aquella madrugada dantesca en el barrio de Chamberí, incluído el carcamal comunista, son del mismo pelaje que los bárbaros que se atreven a vandalizar las estatuas de Miguel de Cervantes, de Isabel la Católica o de Fray Junípero Serra. La misma mezcla fatal de ignorancia y ansia de venganza.
 
Y es que a la izquierda nunca le ha bastado con gobernar. No es cierto que el marxismo solamente quiera el poder. Es justo cuando ostentan o detentan el poder cuando suelen cometer los peores crímenes, los más abyectos, los que más daño hacen al conjunto de los ciudadanos. E ir contra la memoria de los mejores, intentar bajar del caballo de piedra a quien nunca pudieron derribar del caballo de carne y hueso, no sólo es una señal inequívoca de cobardía moral. Es también, y sobre todo, una forma miserable de contaminar las más altas instituciones con el odio ideológico.
 
Fray Junípero Serra dedicó toda su vida a la protección y evangelización de los indios de California. Se preocupó por su bienestar, por que cultivaran la tierra y se convirtieran en personas integradas en la nueva sociedad. Fue, en palabras del historiador García de Cortázar, "un hombre de su tiempo y un religioso que fundó misiones que representaron espacios de cultura y piedad en la California del siglo XVIII" y que más tarde se convirtieron en grandes ciudades. Ni rastro, por tanto, de racismo ni de ninguno de los infundios que han lanzado contra él los derribadores de sus estatuas. 
 
Isabel La Católica, la mejor reina que ha dado España a lo largo de toda su historia, fue la precursora de los derechos humanos, pues cuando llegaron a Castilla los indios del Caribe como prisioneros, ella decretó que debían liberarse de inmediato, y decretó en su testamento que los nativos americanos eran castellanos y, por tanto, ciudadanos libres. Lástima que no lo sepan los ignorantes que la insultan en España y los borricos de la administración norteamericana que han decidido eliminar el conjunto escultórico que lleva su nombre del Capitolio. Ignorancia, estupidez y una ideología equivocada, todo es uno.
 
¿Y qué me dicen ustedes de don Miguel de Cervantes Saavedra, culmen universal de las letras, herido en Lepanto, el 7 de octubre de 1571, en "la más alta ocasión que vieron los siglos"? Su estatua, ubicada en el parque Golden Gate de San Francisco, fue también vandalizada hace unos días por unos indigentes intelectuales que escribieron la palabra "bastardo" con pintura roja. Ignorando, pobres mostrencos, no sólo el bien que hizo Cervantes embarcándose por la Cristiandad y contra el Imperio Otomano, sino el bien impagable e incontable que ha supuesto para la Humanidad su obra inmortal. Pero ya dice el sabio refranero que no se hizo la miel para la boca del asno. O de los asnos.
 
Lo que caracteriza este tiempo de descuento antes de la Parusía, este tiempo de pandemias y vulgaridad, es que unas minorías llenas de rencor han conseguido embaucar a las mayorías para meterlas en una espiral imparable. Una espiral populista, demagógica e inicua que nos condena, de nuevo, como antes de la civilización, a la guerra de todos contra todos. Incitando el derribo de estatuas de hombres admirables, dictando leyes aberrantes y haciéndonos creer que somos los dueños de nuestras vidas. Mientras perdemos todo rastro de dignidad y de grandeza, sumiéndonos en el pozo de la mediocridad, ahogados en un presente que sólo será mejor que nuestro futuro. Estamos jaque mate.