No comparto esa opinión que tienen muchos compañeros de la disidencia a los que respeto —Laureano Benítez o Enrique de Diego, entre otros— y que algunos expresan abiertamente en público mientras que otros se reservan al ámbito de lo privado, de que dentro de muy pocos meses las calles de las grandes ciudades españolas y, supongo, también las mundiales, estarán sembradas de cadáveres. Escucho esos augurios sabiendo lo difícil que resulta hablar del futuro sin errar: la información de la que dispondremos para ello será, siempre, muy limitada y estará sometida a las variantes del tiempo en curso. También lo hago acongojado dada la lobreguez del panorama que plantean y que, espero que por nada del mundo cristalice ni lo más remotamente. Pero mis deseos no enturbian mi juicio y la razón por la que no creo que algo así se vaya a dar está lejos de ser personal. Cierto es que ya tenemos una ingente cantidad de datos oficiales sobre muertos a causa de la vacunación y todos sabemos que en esa lista se encontrarán solo aquellos que haya sido imposible obviar. Sin embargo, los peores pronósticos sobre los efectos secundarios mortales, gracias a Dios, no se están cumpliendo. Eso no significa que yo quiera ser vacunado: sigue siendo un producto experimental y, sobre todo, sigue siendo un paso innecesario salvo para quien quiera donar dinero público a las farmacéuticas o actúe dando de lado a su sentido del raciocinio. Ante todo lo que debemos de tener en cuenta es que el coronavirus era solo la primera parte de la operación y que la segunda ya está en marcha.

Winter is coming. Como ya he dicho, sobre el próximo invierno se ciernen los peores delirios milenaristas de la conspiranoia toda. En parte con razón, pues hasta los médicos mediáticos de los organismos oficiales nos están preparando para lo que se avecina, en parte sin ella y dejando volar la imaginación en la dirección de los peores pasajes apocalípticos. No nos equivoquemos: el plan de las élites no es matar a, pongamos por caso, mil millones de los más de siete mil millones de humanos sobre la tierra. ¿Se imaginan de qué forma se podría explicar eso a todos los supervivientes? ¿Se imaginan cómo se podría dar salida a la cantidad de cadáveres generados? ¿Acaso no llevaría eso a la propia muerte de los globalistas a manos de los enfurecidos familiares de las víctimas? Honestamente, esa opción me parece delirante. Parece muy probable que vengan nuevas “olas” de coronavirus, que los datos vuelvan a empeorar y que los hospitales sigan cobrando dinero público por ingresado en UCI, digo, que vuelvan a estar colapsados por la gran cantidad de enfermos. Sin embargo las cifras de muertos no serán tan altas como en otros momentos previos, y no gracias a la vacunación, sino a que la población ya está inmunizada después de llevar dos veranos conviviendo con un virus de muy baja mortalidad pero de muy alta transmisión.

Como he dicho, el coronavirus es la primera parte de la operación. Ha sido un éxito y ahora se han puesto en marcha nuevos proyectos como esos cambios geopolíticos que estamos viviendo estos días en Afganistán: EEUU y la OTAN, cerrando un ciclo que se inició en plena Guerra Fría con la URSS involucrada y que se reactivó con los atentados del 11S y la guerra subsecuente, se han retirado mientras que China y Rusia se frotan las manos. ¿Enfrentamientos bélicos? Más bien parece un regalo hecho a los talibanes —sí, esos cuya muerte llevaba décadas declarando cansinamente el globalismo todo al tiempo que oponía y proponía sus valores “progres” para los musulmanes—, que no nos han dejado imágenes de batallas ni parecían muy fatigados por la guerra mientras bailaban o al cruzar el umbral de suntuosos palacios orientales. Aunque la mayoría de las guerras ahora son “frías”, es decir, secretas al estilo segunda mitad del siglo XX —de información, geopolítica, hackeos, cibernética, desarrollo tecnológico, materias primas, control de puestos estratégicos, juego de alianzas, etcétera— más que al de la primera mitad —trincheras, bombardeos, población evacuada, grandes masas de refugiados, niños-soldado—, quizás no debamos descartar el retorno de los grandes jugadores al tapete: EEUU, China, Rusia, India, Turquía. Veremos. En cualquier caso, si alguien quiere certificar la desaparición de Occidente del mapa político no tiene más que mirar el muy secundario papel que ocupa Europa en el mundo y cómo los EEUU van replegándose al tiempo que rusos y chinos ocupan, gustosos, sus posiciones.

En cualquier caso, el segundo movimiento tras la operación coronavirus parece claro: la primacía del cambio climático. La ínclita Agenda 2030 está entregada a dicho propósito con el apoyo de todas nuestras élites. Seamos claros: el coronavirus no tenía como fin exterminar a grandes capas de la población dada su baja mortalidad. Su fin era alcanzar la vacunación generalizada y, sobre todo, cambiar para siempre los hábitos sociales. Es decir, implementar una Ingeniería Social sin precedentes en la historia para controlar a la población, cambiar de forma definitiva el carácter histórico de los pueblos y para transmutar a los hombres en siervos. La operación se ha demostrado exitosa al punto de que tenemos a cándidas almas paseando el perro a las cuatro de la tarde, con cincuenta grados y en plena hora de calor, sin nadie más a kilómetros de distancia pero con la mascarilla bien fijada. El globalismo camina hacia un modelo de suspensión de la democracia para que el pueblo deje de ser su propio soberano —no lo era, puesto que se le lobotomizó tiempo atrás— para pasar a ser controlado directamente por una minoría aristocrática que ostente el poder político y el económico y los dirija desde un súper-Estado global. Un híbrido de capitalismo económico y comunismo político con un tirano ilustrado, o unos pocos, al estilo chino. ¿Cómo se llegará a ese punto sin que nadie rechiste salvo cuatro gatos perfectamente silenciables y criminalizables? Poniendo a toda la población a un servicio mayor: su propia salvación de un mal exterior: el coronavirus, ahora, y el cambio climático, en breves. Sin libertad pero a salvo: el orbe por completo aceptará gustoso ese trastrueque.

La propia OMS lleva tiempo alertando de que la vacunación no es el fin de nada y de que el verdadero objetivo no es otro que “reorganizar la sociedad”. La Nueva Normalidad (New Normal), ese Gran Reseteo (Big Reset) o construcción desde cero (Build Back Better), ha llegado para quedarse. Como digo, el Coronavirus ha sido solo el primer paso para acelerar la Agenda 2030 —era necesario expulsar a Trump y ponerse a trabajar en serio en la construcción de una dictadura global—, y ahora se aproximan otros. Nuevas medidas para nuevos y acuciantes problemas: el clima desbocado a causa del comportamiento imprudente de los humanos: una vez más ese “habéis sido muy malos” silenciará cualquier atisbo de protesta. Como nos han repetido hasta la saciedad: “no tendrás nada y serás feliz

En palabras de Tedros: “No podemos regresar a las cosas como eran antes. No lo haremos”. El emporio mafioso conformado por la Fundación Rockefeller, la Fundación Gates o La Sociedad Abierta de Soros en conjunción con empresas como Accenture, IDEO, Gavi, Microsoft o el grupo financiero BlackRock se encargarán de ello. Solo con ver los nombres, los propietarios y la ocupación de cada una de las empresas ya se puede intuir de qué trata el asunto. ¿Cómo le venderán todo esto a la población? El Papa Francisco nos lo ha adelantado: “El coronavirus es una respuesta al cambio climático”. Es decir, que para evitar nuevos virus y otro tipo de desastres críticos para la supervivencia humana es necesario luchar contra el cambio climático. Así lo venderán y gracias a nuevas campañas de aplausos y otra alfalfa mediática del estilo producida en cantidades industriales se lograrán los objetivos deseados. A menos de que hagamos algo para evitarlo y, siendo realistas, la únicas dos opciones viables para el disidente consciente de lo que realmente se avecina son: 1) Asumir la derrota material y plantear una resistencia espiritual interior y personal mientras aún sea posible; 2) Participar en una revuelta social que acabe con las cabezas de los principales globalistas a nivel mundial clavadas en una pica. El tiempo dirá.

P.D. ¿Europeos, estáis preparados para recibir una oleada de refugiados afganos? Pues eso