De éxito clamoroso podemos calificar el evento poético celebrado el domingo pasado en el madrileño Palacio de los Deportes dentro del programa de actos conmemorativos del Día del Orgullo Gay 2020; y todo ello a pesar de las severas medidas profilácticas impuestas a los asistentes para evitar la propagación de la pandemia causada por este enemigo de la humanidad conocido en ambientes patibularios como el COVID-19. Medidas profilácticas consistentes –lo explicamos para evitar malos entendidos- en el necesario distanciamiento entre los espectadores (cuatro asientos vacíos de separación entre cada uno), la obligatoriedad de llevar mascarilla y el enjabonamiento forzoso de manos con gel desinfectante a la entrada. Sin embargo, hemos de decir que a pesar del temor que se ha generalizado entre la población a las concentraciones masivas, se agotaron todas las localidades en poco tiempo debido a la gran expectación que producía la primera convocatoria de unos juegos florales o concurso poético destinado a premiar específicamente a miembros del colectivo LGTBI (y digo “miembros” en el sentido de personas pertenecientes a un grupo o asociación; no estoy utilizando la figura retórica de la sinécdoque, que consiste en designar al todo por la parte o a la parte por el todo).

Sí: debemos felicitar a los organizadores de este certamen que galardona la originalidad y la destreza técnica como fuentes de la creación poética al exigir a sus participantes (un representante de cada colectivo) la creación de un poema en pentástrofos octosilábicos encadenados con rima ondulante que pueda definir, a modo de emblema, su particular ámbito funcional, idiosincrasia o parafilia. Nunca antes se había hecho nada así; y ha tenido que ser esta calamidad pública (la pandemia, no el colectivo LGTBI) la que ha servido de detonante para la creación de un evento tan enriquecedor para el panorama cultural español, que promete perpetuarse y convertirse en un referente en el mundo de los certámenes poéticos.

¿Y el premio al poema ganador?... Un pasaje de ida y vuelta en avión a San Francisco para veinte personas con estancia incluida en un hotel-sauna durante una semana. ¿Suculento, eh?... No dejen de apuntarse al concurso para el próximo año los que tengan tales afinidades, que no tendrán que competir conmigo.

El festival comenzó con una cariñosa salutación a cargo de Monseñor Kunkus jr., arzobispo primado de la Iglesia de Satán, en Nueva York, quien leyó un manifiesto en español en el que, tras aconsejar vivamente a todos los asistentes y participantes que saborearan al máximo todos los placeres prohibidos de la vida, terminaba deseándoles la pronta condenación de sus almas al infierno, lo que provocó fervorosos aplausos del público allí congregado. Al final de su breve discurso, y después de aclararse el gaznate con media botella de güisqui, recorrió todas las gradas acompañado por un pequeño ejército de acólitos ataviados con vistosas capas de color negro, aspergiendo entre el público, mediante hisopos, un líquido viscoso que desprendía un fuerte olor a ácido sulfhídrico, al tiempo que murmuraba alabanzas al diablo. Por mi parte yo me retiré a tiempo del asiento y aproveché, con mis credenciales de corresponsal de prensa, para pasearme entre bastidores, tomar notas y hacer alguna entrevista que pudiera ser de interés para los lectores, antes de que diera comienzo propiamente el concurso.

Nudistas, prostitutas, gays, lesbianas, travestis, masoquistas, sádicos, chaperos…todo un universo de la transgresión y del pecado estaba por allí danzando, como si se hubiera escapado de Sodoma y Gomorra minutos antes de su destrucción por la furia divina, y se acicalaba con sus mejores galas para el minidesfile que debía preceder al momento cumbre de la presentación de su particular rapsoda. Ataviados todos con sus trajes típicos, a excepción de los nudistas, se terminaban de componer y adornar para dar la mejor impresión posible tanto al público como al jurado, compuesto por un representante de cada colectivo. Daba gusto ver la diversidad de los atuendos y ornamentos utilizados por los comparsas de esta particular fiesta: minifaldas de cuero, calzoncillos ajustados, tangas de lentejuelas, tacones de agujas para equilibristas, antifaces, botas militares, cadenas, látigos y simples culos al aire, componiendo todos estos elementos un espectáculo de lo más colorido y vistoso. Me acerqué a un grupo de hombres a los que no lograba adscribir a colectivo alguno y tras inquirir sobre esta cuestión a quien parecía ostentar su voz cantante resultó éste ser el propio rapsoda, quien respondió a mi pregunta, para mi sorpresa, con una quintilla bien redonda:

Aunque nos llaman chaperos

no damos nunca ni chapa;

más bien somos peleteros,

pues trabajamos en cueros

aunque no le guste al Papa.

La cosa prometía. Había mucha literatura y mucho ingenio flotando en el ambiente: aquellos cuerpos y aquellas mentes desprendían cultura y buen gusto como rezuma el agua de un botijo. Si así improvisaban sus respuestas, ¿qué sorpresa no nos llevaríamos al escuchar sus particulares creaciones en rima ondulante?

El espectáculo iba a comenzar y yo volví rápidamente a ocupar mi asiento. Un presentador -o presentadora, ya que no pude identificar su género- tomó la palabra y, tras despedir desde lejos al arzobispo y a sus infernales monaguillos, pronunció unas amables palabras de bienvenida, alabando al presidente Sánchez y su segundo Iglesias, y denigrando con los mayores improperios al partido VOX y a Donald Trump, como estaba previsto. Y así, entre entusiastas ovaciones del respetable (por llamar a este público de alguna manera), dio comienzo el concurso, desfilando sucesivamente por el escenario –con la debida distancia de seguridad- las asociaciones participantes, mientras se escuchaban de fondo canciones que alegraban el espectáculo como la tan exitosa “Autopista al infierno” que la gente coreaba con verdadero furor.

Pero lo que más nos interesa relatar es el momento final de estos minidesfiles, cuando subieron al estrado, uno tras otro, entre una lluvia de confeti, los distintos rapsodas elegidos por los colectivos participantes, dispuestos a competir en buena lid para obtener esa apetecida corona de laurel que desde los tiempos de la antigua Grecia adorna las sienes de los grandes poetas por decisión de Apolo.

Y el primero en subir al escenario fue el representante del colectivo de nudistas, quien después de presentarse y recibir la ovación de rigor recitó el siguiente poema, que fue muy celebrado:

En público y en privado

a desnudarme procedo

pues me molesta ir vestido,

si hace calor sobre todo;

y a cualquier sitio al que acudo

si me dejan voy desnudo.

Lo malo es que de este modo

cuando hace frío me olvido

de coger ropa y me quedo

con frecuencia acatarrado.

Le siguió el del colectivo gay, vestido con una preciosa minifalda de cuero negro, que dejaba ver unos glúteos desnudos y bien musculados en gimnasio con sauna. Y esto es lo que recitó, suscitando grandes aplausos.

No tiene nada de malo

-y a mis derechos apelo-

desfilar como desfilo

con el propósito solo

de que me veas el culo;

lo que doy no disimulo.

Si es bello como el de Apolo

rompe tu silencio y dilo

que daré gusto a tu anhelo

haciéndote un buen regalo.

A continuación la representante de una asociación de meretrices leyó el siguiente poema, que mereció –como no podía ser menos- una calurosa ovación:

A zorra nadie me gana;

no me contemples con pena

ni tampoco con inquina

porque soy una persona

más alegre que ninguna.

Si existe tristeza alguna

que a ti te descorazona

pide cita en mi oficina

y verás cómo esta nena

te la hace más liviana.

Le siguió el talentoso rapsoda con quien había intercambiado unas palabras entre bastidores, del colectivo de chaperos, que recitó, recibiendo la esperada admiración del público, esta poesía:

Antes estaba en el paro

sin cobrar subsidio obrero

pensando en pegarme un tiro

en algún sitio indoloro

por ver negro mi futuro.

Mas hallé un puesto seguro

prescindiendo del decoro,

que es cosa que yo no miro,

y hoy trabajo de chapero

vendiendo mi cuerpo caro.

A continuación le tocó el turno al representante de una asociación de proxenetas, el cual participó con un poema chulísimo:

Voy armado con un palo

y con él doy para el pelo

porque pegar es mi estilo.

Y es que yo me descontrolo

cuando trabajo de chulo;

mas no creas que fabulo

y que el palo que enarbolo

es de pega y te vacilo,

que yo protejo con celo

la casa donde me instalo.

Le siguió el poeta elegido por el colectivo masoquista, que estuvo también muy acertado con su particular creación, recibiendo a la salida, de sus fervorosos seguidores, una nutrida colección de bofetadas y un puntapié en la espinilla que agradeció con profunda emoción. Esto fue lo que recitó:

Con mi cuerpo de gimnasta

yo desfilo en esta fiesta

porque soy un masoquista

y busco un hombre que aposta

me golpee con su fusta

pues el tormento me gusta

y si un sádico a mi costa

con su furia me conquista

y una paliza me asesta

con verle gozar me basta.

Le respondió el representante del colectivo sádico: un musculoso varón encapuchado que atizaba en el aire una especie de látigo como si pretendiera matar una mosca imaginaria; un hombre verdaderamente siniestro que parecía escapado de una película de cine gore y con el que yo personalmente no me subiría en un ascensor. Esta fue su contestación:

Yo disfruto haciendo daño

y en ello me desempeño:

no esperen de mí cariño,

que nada tengo de ñoño.

Con la fuerza de mi puño

azoto, tumbo y rasguño

como galerna de otoño,

y al que le cojo le endiño

mil palos con gran empeño

pues soy sádico y me ensaño.

Cerró el concurso la actuación de la representante del colectivo de lesbianas con una poesía que fue también muy celebrada por la concurrencia:

A ver si alguien me aclara

por qué me llaman “bollera”

pues si se mira y remira

bollera es la que elabora

bollos para su cochura

que luego vende y factura.

Y eso a mí no me enamora,

que el dulce a mí no me tira:

yo solamente quisiera

que otra mujer me tirara.

Hay que decir que todas las poesías fueron igualmente estimadas por el público asistente, que ovacionó a todos los artistas con gran emoción, por lo que la elección de un ganador tenía que ser un asunto difícil. Comprendemos por tanto el comportamiento dubitativo del jurado que, en medio de una humareda de porros que quitaba el sentido, parecía no ponerse de acuerdo al respecto, por lo que, tras una pelea a botellazos que duró media hora, terminaron sus disputas declarando desierto el concurso.

No obstante, el público quedó tan satisfecho con este espectáculo que sospechamos que sus organizadores volverán a convocarlo el próximo año. Y para entonces ya hablaremos, si no estoy en la cárcel.