La posibilidad de que la guerra en Ucrania despierte viejos conflictos, como el enfrentamiento armenio-azerí en Nagorno-Karabaj, o provoque otros nuevos, es muy real. El 22 de abril, Rustam Minnekayev, comandante en funciones del Distrito Militar Central ruso, señaló las nuevas líneas de la ofensiva rusa: apoderarse del Donbás y del sur de Ucrania para asegurar Crimea. El general también afirmó que “el control sobre el sur de Ucrania es otra forma de llegar a Transnistria, donde también hay evidencias de que la población de habla rusa está siendo oprimida”. Unas palabras que causaron una “profunda preocupación” en el gobierno de Moldavia y una llamada a consultas al embajador ruso.

Tres días después  se producían varias explosiones en la sede de la Seguridad del Estado de Transnistria, provocadas, según el Ministerio del Interior, por disparos de lanzagranadas. Al día siguiente, dos explosiones dañaban las antenas de un centro de radio en Maiac. El presidente de Transnistria, Vadim Krasnoselsky, afirmó que sus investigaciones sobre estos ataques llevaban a Ucrania y pidió a Kiev que investigara el “movimiento ilegal de combatientes ucranianos en el territorio de Transnistria”. Ucrania rechazó las insinuaciones de Krasnoselsky y habló de ataque de “falsa bandera”, mientras que la presidenta de Moldavia, Maia Sandu, dijo que esto era “un intento de aumentar las tensiones” y culpó a las “diferencias internas entre varios grupos en Transnistria que tienen interés en desestabilizar la situación”.

 Dia de la Victoria en Tiraspol, 2020

Moldavia, nacida tras el colapso de la Unión Soviética e independiente desde el 27 de agosto de 1991, perdió el control de la región de Transnistria al año siguiente tras un breve conflicto armado con los separatistas apoyados por Rusia. Transnistria cuenta con una población de alrededor de 470.000 personas, en la que la suma de rusos y ucranianos superan a los moldavos étnicos. Desde su independencia de facto, aunque ni siquiera ha sido reconocida por Rusia, Transnistria tiene un régimen presidencialista que sigue utilizando profusamente toda la simbología soviética. El territorio es completamente dependiente de Rusia, que mantiene desplegados más de 1.500 hombres como “fuerza de paz” para proteger a los ciudadanos rusos y evitar enfrentamientos entre moldavos y transnistrios.

El pasado 15 de marzo la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa designó a esta región secesionista de Moldavia como “territorio ocupado por Rusia” en contraposición a la denominación anterior, territorio “bajo el control efectivo de la Federación Rusa”. La resolución no deja lugar a dudas: “Con su actitud y acciones, los dirigentes de la Federación Rusa suponen una amenaza abierta para la seguridad en Europa, siguiendo un camino que incluye también el acto de agresión militar contra Moldavia y, respectivamente, la ocupación de su región de Transnistria”. El cambio de designación no se trata de un mero formalismo y ha provocado la suspensión de la Federación Rusa en el Consejo de Europa, al que pertenecía desde 1996. Antes de ser expulsada, Rusia ha preferido abandonar el CE.

La resolución, que fue presentada por una mayoría de diputados rumanos (Moldavia fue parte de Rumanía en el periodo de entreguerras y sus habitantes hablan rumano) es también una muestra de apoyo al gobierno pro-occidental moldavo. De hecho, la oposición, el bloque socialista y comunista, abiertamente pro-ruso, condenó “la precipitación, el sentimentalismo y la falta de perspicacia” de la resolución. En las celebraciones del Día de la Victoria, el 9 de mayo, socialistas y comunistas se manifestaron portando banderas soviéticas y símbolos prohibidos desde abril por el parlamento moldavo, como es el caso de la cinta de San Jorge.

Moldavia cuenta con un pequeño ejército de 6.000 hombres y un número muy superior de reservistas con escaso adiestramiento, frente a unas fuerzas separatistas similares pero apoyadas por Moscú. Por tanto, si Ucrania cae, Moldavia se encontraría en una situación en la que difícilmente podría defenderse. Moldavia no pertenece a la OTAN y ha mantenido una política de neutralidad consagrada en su constitución. Tras una reunión bilateral en marzo con una delegación estadounidense en Chisinau, capital de Moldavia, el Secretario de Estado, Antony Blinken señaló los que si Moldavia fuese atacada Estados Unidos es partidaria de una respuesta internacional, aislando a Rusia y perjudicando su economía. “Cuando y donde quiera que aparezca esa agresión, haremos lo mismo”. Una respuesta que, visto lo ocurrido en Ucrania, no sirve para detener a un invasor. Lo mismo sucede con la UE, Moldavia ha pedido su ingreso pero el camino se presenta largo y tortuoso. El 4 de mayo la UE ofreció apoyo económico para Moldavia,  desbordada por la llegada de refugiados ucranianos, y equipamiento no letal para su ejército. De nuevo, no parece suficiente.

Sin embargo, Moldavia tiene otra posible vía, la unión con un país que sí pertenece a la OTAN y a la UE, Rumanía. Moldavia fue arrebatada a los otomanos por Rusia en 1812 y designada como Besarabia, pero su parte occidental se unió en 1878 a  Rumanía. Tras la Revolución Rusa y la Guerra Civil, la Asamblea de Chisinau votó formar parte de Rumanía. En virtud del pacto Ribbentrop-Molotov, la URSS se apoderó de nuevo del territorio que después de la Segunda Guerra Mundial se convertiría en la República Socialista Soviética de Moldavia. El movimiento unionista moldavo, que ha crecido en los últimos años y está vinculado a las corrientes más pro-occidentales, promovió en 2018 la “unión simbólica” de distintos municipios con Rumanía. El entonces presidente, el pro-ruso Igor Dodon, señaló: “La unión significa la guerra civil”. Según una encuesta de iData, hasta el 44 % de los moldavos apoyaría la unificación, mientras que en Rumanía los partidarios alcanzan el 74%. Una cuarta parte de los moldavos cuenta con doble nacionalidad moldava y rumana.

Manifestación en Chisinau por la unión con Rumanía (Foto Dumitru Doru/EPA)

Uno de los defensores de esta unión es el senador Claudiu Târziu, presidente del Consejo Nacional del partido Alianza para la Unión de los Rumanos (AUR). En su opinión, el responsable de toda esta inestabilidad es Rusia: “Desde hace treinta años, el derecho internacional se viola descaradamente en esta estrecha franja separatista, que pretende falsamente ser ‘independiente’ y ‘autónoma'. En 1992, las tropas separatistas, con el apoyo directo de Moscú, intentaron una secesión de iure. Ni el armisticio concluido en julio de 1992 -Rumanía no fue aceptada en el formato negociado- ni la evolución posterior fueron satisfactorios. No sólo Chisinau ha perdido completamente el control, sino que las autoridades separatistas de Tiraspol lo consideran hostil. El miedo a la guerra es tan grande hoy como hace tres décadas. Todos estos incidentes y desafíos de los últimos días parecen indicar que Moscú está intentando abrir un segundo frente. Lo que ocurre en Tiraspol se reflejará en Chisinau. Rumanía no tiene derecho a permanecer indiferente. El destino de Chisinau es el destino del pueblo rumano”.

Desde los incidentes de abril la región vive en una calma tensa sin nuevos incidentes, aunque el pasado jueves el gobierno de Transnistria denunciaba dos intentos de ataques con cócteles Molotov contra un depósito de petróleo y un centro reclutamiento en la capital, Tiraspol. La ofensiva rusa sobre el Donbás avanza despacio ante la enconada resistencia de las fuerzas ucranianas que además han pasado al contraataque en torno a Járkov. Por tanto, aún parece lejano ese control del sur de Ucrania que llevaría a las tropas rusas a la frontera de Transnistria. Llegado ese caso, Moldavia podría encontrarse ante la difícil tesitura de apostar por una “unificación” con Rumanía, que con seguridad provocaría una reacción extrema, o estar expuesta a una “desnazificación” por parte de Rusia y sus aliados separatistas.