El pasado sábado, se celebró en Santiago de Compostela, capital espiritual indiscutible de España y uno de los más importantes centros de peregrinación del orbe cristiano, una manifestación de protesta contra las medidas liberticidas que pretende implementar el reyezuelo gallego que, a lo que se ve, quiere ganar la carrera en eso de privación de libertades.

Rauda y veloz, corrió la prensa apesebrada a tildar de “negacionistas” a todos los allí reunidos, clamando por exigir responsabilidades a los que les hubiesen permitido llegar a Galicia con la finalidad de llevar adelante su protesta.

En aquella concentración, se reunieron una serie de colectivos que abogan por la verdad, profesionales de distintos sectores que no comprenden muchas de las drásticas medidas que se están adoptando.

No niegan los efectos nocivos del pernicioso “chinovirus”, que tanta desgracia ha traído a España, simplemente exigen saber la verdad sobre todo lo acontecido durante casi un año de restricciones, a cada cual más arbitraria y absurda.

Todavía, tras casi un año desde aquella fecha en que se estableció el primer estado de alarma, seguimos sin saber, a ciencia cierta, el origen real de esta enfermedad. Seguimos sin saber, con seguridad, si la propagación de este virus se verificó de forma intencionada o casual, aunque a la vista de lo que está sucediendo en el mundo, más nos inclinamos por lo primero.

Todavía, nadie ha explicado, ni tampoco se han pedido explicaciones sobre ello, el motivo del cese fulminante del responsable de Riesgos laborales de la Policía Nacional, cuando en enero advirtió del riesgo que podían entrañar los pasajeros que llegasen a España desde China que, por cierto, acababa de celebrar su masivo año nuevo.

Tampoco nadie dio explicación alguna, ni se exigieron responsabilidades, a los promotores de aquella sectaria manifestación del “8 M”, en la que vimos tantas caras conocidas de la izquierda y de la extrema izquierda. No olvidemos aquel eslogan de “mata más el machismo que el virus”; como tampoco, nadie ha levantado la voz contra aquellos irresponsables de las “televisiones amigas y bien pagadas” que, de forma inconsciente, se mofaban públicamente del virus. ¿Es que nadie lo recuerda ya?

Sin embargo, ahora, cuando un grupo de españoles vienen a exigir se de cumplimiento a los preceptos constitucionales referentes a la libertad de expresión, de manifestación y de movimiento, entonces ha llegado el momento de salir a la palestra y cargar las tintas contra esta gente que, sin negar nada, exigen que se nos explique lo sucedido y se nos devuelva la libertad que nos han confiscado.

Tal vez, habría que plantearse seriamente si no son más “negacionistas” aquellos que niegan nuestra libertad, tratando de imponer -dicen que por nuestro bien y por nuestra salud- una serie de medidas que atentan claramente contra nuestros derechos más elementales, que aquellos otros que defienden estos principios.

Amenazas de sanciones; hospitalización forzosa; acceso indiscriminado a nuestros domicilios; vacunación obligatoria -encima la que quieran ellos-; cierres perimetrales; prohibición de reuniones; limitación de horarios de salida a las calles; prohibición de fumar en la calle, aunque estés solo, o de tomar un vino en una terraza, etc., etc. Cualquier cosa puede prohibirse y siempre amparándose en la justificación de que es bueno para nosotros y con ello, con tan banal excusa, nos mantienen sumisos y callados, aterrorizados dentro de nuestra burbuja que, a cada paso, nos vuelve más asociales, más individualistas, más cobardes y más insolidarios.

Sin embargo, no observamos que esta “prensa amiga”, bien mantenida desde el poder, clame contra estas salvajes manifestaciones de terroristas callejeros que, auspiciadas por los podemitas, únicos responsables de estos sucesos, están incendiando nuestras ciudades. A lo sumo, alguna tonta, pues en esto hay más tontas que tontos, pone el grito en el cielo no por los sucesos en sí mismos, no por los daños que están causando, no por los graves riesgos que entraña la guerrilla callejera, no porque estos movimientos sediciosos estén amparados desde un segmento del gobierno… ¡Qué va! Lejos de eso, la única preocupación que muestran es “que muchos no llevan mascarilla”. El colmo de la estupidez de una sociedad acobardada y sumisa al poder fascista que nos está gobernando.

Poco importa que el paro aumente; que la economía se vaya al garete; que la deuda pública se dispare; que los presupuestos sean descabellados; que el gasto público alcance límites insospechados; que las calles estén incendiadas; que la cuantía de los daños llegue a cifras abrumadoras; que muchos pequeños empresarios y autónomos estén en la ruina; que de nuevo haya colas del hambre. Lo que importa, lo que realmente preocupa es que se use la mascarilla y se respete la distancia social, el resto es irrelevante.

Ahora, en medio de esta escalada de terror callejero, la “marquesa concubina” incita a las masas a que el próximo “8 M”, salgan a las calles a defender el feminismo sectario, ese del que son adalides las feminazis radicales, contando con el apoyo indispensable, de toda la patulea de la extrema izquierda -animalistas, falsos ecologistas, filoterroristas, perroflautas, menas, separatistas, lgtbihkjl… etc.-, además de contar con el concurso necesario de muchos tontos y tontas útiles, una buena parte alumnos de colegios de bachillerato y de facultades universitarias, sabiamente dirigidos, que encuentran en estas convocatorias una forma como otra cualquiera de romper con el tedio y divertirse.

Sin embargo, estoy seguro de que sobre todo esto, la prensa apesebrada, tanto de derechas como de izquierdas, no tendrá nada que decir, a lo sumo eso, que salgan con mascarillas y respeten la distancia social y, mientras tanto, España se hunde sin remedio. Hay que ser imbécil.