Entre las numerosas obras de carácter distópico que han sido escritas a lo largo del tiempo, de muy desigual valor, destacan cuatro de manera especial: Nosotros de Evgueni Zamiátin, Un mundo feliz de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, 1984 de George Orwell. Las podemos considerar como las cuatro grandes distopías del siglo XX y las comento con cierto detalle en mi libro Crónicas de un Occidente enfermo.

Cada una de estas obras tiene algo que decirnos, pertinente para nosotros en este momento histórico que vivimos; pero aquí y para ilustrar la undécima y última “línea de necrosis” de nuestra época nos fijaremos en 1984 y particularmente en el concepto orwelliano de doblepensar. Como veremos ilustra a la perfección el carácter perverso de la corrección política y el progresismo en general.

Doblepensar significa mantener dos ideas contradictorias en la propia mente, con absoluta sinceridad y convicción. Tomando prestado un ejemplo de la novela de Orwell, la doctrina oficial requiere creer firmemente que las leyes físicas, como la ley de gravedad, son válidas sólo porque el Partido así lo quiere y pueden ser anuladas a voluntad. Por otra parte, los cálculos para que los aviones no se estrellen y los misiles lleguen a su destino se hacen como es debido, según las mismas leyes físicas que el otro rincón de la mente piensa que son relativas y dependen de la voluntad del Partido.

Pues bien, doblepensar requiere la capacidad de sostener ambas cosas al mismo tiempo; no se trata de hipocresía ni de afirmar una verdad oficial creyendo lo contrario, sino de construir dos realidades incompatibles en la mente creyendo en ambas y aplicando el “principio de oportunidad” por así decir en las relaciones con el mundo fuera de nuestra mente. Esta destrucción del principio de realidad da un sabor peculiar a la parte final de la novela de Orwell y podría dar una impresión de irrealidad; sin embargo es precisamente uno de los puntos en que Orwell acierta plenamente.

Para ver cómo la pesadilla de Orwell se está convirtiendo en realidad volvamos al tema de la igualdad de género (tercera “línea de necrosis”, que nos proporciona un buen ejemplo, tomado del libro de Alicia Rubio Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. La autora ha tenido una larga experiencia como profesora de Educación Física y nos habla de cómo, en la enseñanza de esta materia, se utilizan lógicamente baremos diferentes para varones y mujeres; esto se hace necesario para tener en cuenta las grandes diferencias fisiológicas, de rendimiento, fuerza, resistencia y flexibilidad. Como también sucede en el deporte de competición: se utilizan baremos diferentes, perogrullescamente, porque somos diferentes.

Sin embargo incluso Perogrullo es un pensador demasiado difícil para el políticamente correcto. Sucede que chicos y chicas no se comportan de la misma manera ni escogen las mismas actividades, a pesar de una machacona y estúpida campaña por la igualdad de género en los deportes, impertinente hasta el punto de pretender decirles a los niños, en el colegio, a lo que cada uno tiene que jugar. Los resultados de estas campañas grotescas son nulos o limitados, en cualquier caso inferiores a las expectativas de los fanáticos doctrinarios de la igualdad; entonces, para explicar entonces el fracaso de su igualdad de género, los educadores y quienes tienen relación con este mundillo se agarran a clavos ardiendo, se inventan explicaciones peregrinas y ridículas, insisten cansinamente en el disco rayado de los estereotipos. Cualquier cosa con tal de no reconocer que existen divergencias fisiológicas y psicológicas fundamentales entre los sexos, cualquier cosa menos reconocer que somos diferentes.

Ahora bien, la existencia de estas diferencias es un dato de hecho incluso para estos doctrinarios; no es sólo que lo sepan sino que forma parte de su práctica cotidiana desde el momento en que ellos mismos usan baremos distintos para hombres y mujeres, en las competiciones deportivas y en la educación física. ¿Cómo es posible al mismo tiempo usar estos baremos en la práctica y para todo lo demás ignorar estas diferencias? Por un acto de negación de la realidad y práctica del doblepensar.

Me he extendido un poco sobre este punto para hacer comprender que en las obsesiones del progresismo, no sólo en la igualdad de género sino en todo lo demás, hay algo más que el hecho de pretender obligarnos a aceptar una verdad oficial. El progresismo ni se conforma con esto y no le basta la simple hipocresía de quien dice una cosa y piensa otra.

Lo que el progresismo quiere es algo mucho más siniestro: el convencimiento a la hora de negar una realidad que tenemos ante los ojos; la manera de hacer esto es la práctica del doblepensar manteniendo compartimientos estancos en la mente. Esto es lo que se pretende de nosotros y, me temo, en muchas personas realmente lo han conseguido.

En efecto, volviendo a los profesionales de la educación física, tengo la horrible sospecha de que muchos de ellos crean sinceramente en la igualdad de género y al mismo tiempo en la necesidad de aplicar baremos distintos en las pruebas físicas. Si esta sospecha es cierta, no estamos hablando simplemente de la imposición de una verdad oficial, sino de una verdadera forma de alienación mental.

A esto lleva la negación del principio de realidad y la confusión de la moral con la verdad, éste es el significado verdadero de la corrección política: una forma particularmente perversa de alienación mental que, naturalmente, combate y reprime rabiosamente, cuando llega al poder, a todos aquellos que no comparten esta alienación.