Resulta absolutamente estéril asombrarse de la capacidad para la mala fe que poseen las izquierdas resentidas. Su único destino justo es la cárcel o el manicomio. Y como ellas lo saben, porque se conocen, para evitarlo su primera preocupación consiste en adueñarse de las Cortes de Justicia y de los poderes mediáticos, policiales y militares.

 

De este modo, además de ir sembrando minas y lóbis en los ámbitos educativos y sociales, pueden campear a sus anchas por los predios del Estado hasta apropiárselo. Como vienen haciendo durante años, cada vez con mayor arrogancia. Porque su jactancia va creciendo paralela a su impunidad.

 

¿Y por qué todo este juego actual de las supuestas amenazas recibidas? Porque hoy su única desventura es VOX, proyecto que no acaban de destruir pese a haberlo intentado de diversas formas, incluyendo sobre todo la violencia y la insidia, además de contar con la colaboración de la supuesta derecha española, que tan ciega e hipócrita como siempre, aún anda con que si galgos o podencos, enredada en el señuelo de la señora Ayuso, un cebo ficticio que, de tomarlo, permitirá que España continúe bajo la bota de los matones.

 

Pero éstos, por el contrario, sí que lo tienen claro; muy claro: «O hacemos de VOX un proyecto efímero o su impulso no encontrará techo, porque lo mejor del pueblo español ya ha despertado». Y saben que ese proyecto es contagioso, a pesar de las trampas y de las anteojeras. Y porque saben también que el desarrollo ilimitado de VOX marchará -mientras no cambie- en dirección opuesta a los abusos y prerrogativas de los ventajeros.

 

Un hombre de bien es aquel que sostiene una buena causa, que defiende la verdad y el orden. Ergo, un convicto de izquierdas, que defiende la destrucción porque va en su naturaleza, se halla en las antípodas del hombre de bien. Dirigiendo Correos está una persona puesta por el señor Sánchez, presidente del Gobierno; una persona de absoluta confianza suya -y por eso bajo sospecha- que, según dicen, ha dejado colar varias amenazas a los socialcomunistas gobernantes. Y ni ha dimitido ni ha dado explicaciones del esperpéntico suceso hasta la fecha.

 

Los matones ensayan lágrimas, pero lo que de verdad hacen es mentir. Mentir con toda la boca. Mentir y mentir y mentir, porque sin la mentira son incapaces de sobrevivir en el mundo de la solidaridad y del trabajo. Mentir para las izquierdas resentidas, lo mismo que perjurar, no es un vicio, sino una manera de expresarse, una forma de ser. Todos los izquierdistas conspirados consideran la práctica del engaño y de la insidia una virtud y a ella se acomodan plácidamente, de modo natural.

 

Lo terrible es que, a lo largo de cuatro décadas de fomentar y ejemplarizar su virtuosa doctrina, han conseguido que la doblez y la vileza se encuentren entre los valores más notables de la época. Pero si se les acusa de ello, curiosamente se defienden negándolo con tanto mayor ahínco cuanto más dominados están por sus defectos. O rebotándoselos al prójimo.

 

No hay mayor cobardía y flojedad de ánimo que el desdecirse de la propia palabra y de la propia idea; y de la propia dignidad si la tuvieran. Mentir, calumniar, mostrar deslealtad a quien debieran representar, alzar la bandera de la insidia contra el oponente son feos vicios; mucho peor aún, es dar testimonio del menosprecio que a sí mismos se tienen. Y siempre acaban retratándose junto al ventilador en marcha de sus excrecencias, con las que tratan de salpicar a los verídicos.

 

Si nuestra inteligencia y nuestra conciencia se guían por el camino de la palabra, aquel que la falsea resulta traidor a la sociedad. Si el don de la palabra nos distingue de las bestias, si constituye un superior instrumento para mostrar nuestras almas y comunicarnos entre sí, mostrando voluntad, pensamiento y sentimiento, aquellos que lo traicionan están disolviendo todos los vínculos que les unen a la humanidad y se convierten en algo peor que un animal, en un alma enferma y deforme.

 

Esos son los izquierdistas convictos: bultos deformes, demoníacos; diablos encargados de confundir y atemorizar a incautos, simples y cobardes. Y a través de la premeditada amenaza, de la estratégica confusión, hacer un todo equívoco útil para la causa. Pero con VOX la argucia les está saliendo mal, porque no se deja sorprender por tal maligna naturaleza, pues al contrario que esa derecha española que sigue jugando al galgos o podencos, sabe que la madera podrida no puede ser trabajada ni pueden blanquearse las paredes de barro.

 

Las izquierdas conspiradas son mala gente, madera podrida. Lo mismo que sus cómplices. Y seguirán tensionando y tensionando, atacando y atacando a VOX, único obstáculo para sus abusos. Y seguirán mintiendo, mintiendo, mintiendo… y violentando, ante la perplejidad de los perplejos, ante la ceguera de los ciegos de condición, ante el limbo de los ambiguos.

 

Pero, por fortuna, VOX existe. Otra cosa es que, en esta hora crucial, sepamos aprovechar la oportunidad que ofrece su talante y su programa.