El ministro de Justicia tiene una gran capacidad para generar problemas en un momento en que se precisa tranquilidad política.

En reiteradas ocasiones se ha negado Grande-Marlaska a equiparar económicamente a la Guardia Civil y a la Policía Nacional con las Policías autonómicas. Ahora ha querido apagar el fuego después de haber vertido gasolina a chorros, pero su demostrada cobardía y el verse acorralado le han llevado a intentar tapar la boca con dinero para calmar la rebelión en el Cuerpo. El cese del coronel De los Cobos ha traído aparejada una cascada de ceses inquietantes en la benemérita, además de un irresponsable desprecio hacia ella y hacia la Justicia.

Es una trapaza más como lo ha sido el intento de minar la independencia judicial, sonreír al acuerdo con el grupo bilduetarra, desgastar la obra insigne e ínclita del Duque de Ahumada y volcar su odio en Pérez de los Cobos por ser una persona íntegra y mantenerse fiel a la juez Carmen Rodríguez Medel. El ministro ha quedado incapacitado como representante público. A su incompetencia ha añadido un brote de crispación política que no es bienvenido en este momento; sirva como ejemplo el tirón de orejas parlamentario de la marquesa de Casa Fuerte al “burro de Troya”, incluso la acusación del citado “burro” a Espinosa de los Monteros al tildarle de golpista.

No tengo dudas de que es incalificable, irrespetuosa y traicionera la intromisión en la instrucción judicial de una magistrada. La depuración de Pérez de los Cobos por no darle la información, que puede poner contra las cuerdas a varios miembros del Ejecutivo, demuestra la preocupación de Moncloa y la consciencia de que muchas actuaciones pudieran ser delito o estar en los aledaños delictivos. La actitud déspota del ministro no deja de ser otra “marlaskada” más, como lo fueron los bulos del inexistente asesinato de Valladolid por violencia machista.

Lo que le faltaba a Grande-Marlaska era incurrir en la miserable crispación y en una política de venganzas al más puro estilo de Maduro, Morales o la familia Castro. Desde mi punto de vista, su dimisión no debería posponerse más. Ni siquiera ha sabido quitarse el sombrero ante gente como De los Cobos, Ceña y cuantos han antepuesto el servicio a los demás por encima del propio. Hay quién dice que el ministro llegó como un “buitre” y se va a tener que marchar como el gallo de Morón.

El Ejecutivo sabía del peligro que suponían las manifestaciones del 8M y otras simétricas, como lo demostrará la juez, Rodríguez Medel. Todos callaron para llegar hasta la manifestación propagadora del feminismo (incluso la alentaron) y ocultaron informes y advertencias de la OMS desde el 30 de enero de 2020, sin que faltaran abusivos ceses encubiertos. Ya conocemos a los “pringaos” en el asunto. El afán de Marlaska por tapar eso, ocultar pruebas y entorpecer la investigación judicial debe ser su Gólgota y, si no se produce su dimisión, nunca más deberá dimitir un político por muy grave que sea su actuación o injerencia.

Ayer, mientras daba a conocer el concepto de “marlaskada” en otro artículo, con una amplia sinonimia, me preguntaba sobre qué hubiera pensado Grande-Marlaska si sus policías judiciales --en vez de aportarle pruebas sobre una investigación encargada por él-- hubieran aportado pruebas a ETA sobre la vivienda de verano que su familia tenía en ‘El Cardizal’ y en el mismo bloque que uno de los pisos alquilados por ETA en Ezcaray. Estoy convencido que a esos policías los hubiera echado el código penal como se echa la albarda al burro. Y no me refiero al “burro de Troya”.

Ante la gravedad de los hechos, le ha faltado tiempo a la prensa amarilla para ponerse a trabajar en un intento de salvar la cabeza al Ejecutivo y el culo a Grande-Marlaska. Los 15M repartidos son el pago a los servicios prestados y para que sirvan de parapeto mentiroso. Eso también es actuar sucio para debilitar la democracia en beneficio de delincuentes de cuello Duero.

El ministro tiene una gran capacidad para generar problemas en un momento en que se precisa tranquilidad política. Demuestra incompetencia personal e irresponsabilidad política. Por querer salvar el pellejo del Ejecutivo, o de una parte de él, ha embarrado sus puñetas y arrastrado su toga por el albañal político de las zahúrdas. Y eso se paga caro, antes o después. Al tiempo.