Un último ejemplo nos llevará a Alemania, país que parece elegido por Dios para dar a la Iglesia muchos motivos de tristeza. Allí vemos en estos momentos un movimiento dentro de la misma iglesia alemana que pretende cambiar las enseñanzas morales de la religión católica para condescender con las enseñanzas del mundo. Esto es lo que han dado en llamar el camino sinodal. Uno no puede dejar de pensar en Lutero y en la Reforma protestante y compararla con la situación presente, sobre todo viendo que en aquella ocasión la disolución del matrimonio fue parte importante para provocar el cisma, y que en esta ocasión la perversión del matrimonio lleva al mismo país a mostrar signos de rebelión contra Roma. Nosotros todavía no podemos calcular la exactitud de la comparación, pero la carta a los fieles del obispo Franz Josef Overbeck del 1 de enero de 2020 no puede ser menos esperanzadora.

   Las primeras palabras de esta carta empiezan así: los tiempos cambian. Ya hemos comentado anteriormente este axioma y el uso que hacen de él, por eso, verlo en su forma más explícita al comienzo de una carta que pretende justificar la revisión del celibato, las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad o la ordenación de mujeres, provoca un sudor frío en cualquier fiel atento. Para este obispo, la solución a los casos de abusos sexuales dentro de la Iglesia pasa por el cambio en todas esas cuestiones, es decir, que para salvar a la Iglesia católica hay que transformarla en una iglesia protestante.

   En la misma carta se lamenta de que muchas generaciones hayan crecido con prohibiciones y condenas morales. ¿No es este el lenguaje del mundo moderno? Creer que cualquier prohibición es un crimen contra la libertad y que nada se puede condenar moralmente es algo que uno espera leer en un manifiesto revolucionario o anarquista, no en la carta de un obispo. Pero hay más: «Este cambio de tiempo exige a nuestra Iglesia una conversión completa de la primacía de la institución a la primacia de las personas individuales y sus necesidades». Sin duda llegará ese tiempo del que el obispo nos habla, y en eso estamos de acuerdo con él; lo que nos separa en esto es que él cree que esos tiempos han llegado, mientras que nosotros los esperamos con la llegada del Anticristo.

   No sabemos qué idea tiene este obispo de la Iglesia, pero deducimos de sus palabras que no es demasiado profunda. La necesidad del hombre es la salvación, y la misión de la Iglesia es procurársela en la medida en que Dios lo otorgue. Partiendo de la primacía de esta necesidad, la Iglesia sólo puede aliviar las demás necesidades del hombre en cuanto cooperen a esa salvación o estén de acuerdo con la moral cristiana. Lo que este obispo pretende, por el contrario, es que el mundo moderno invente sus necesidades y la Iglesia acuda solícita a cubrirlas todas, sin importar para ello qué doctrinas deba sacrificar y qué pasajes de las Escrituras suprimir.

   No es así como ha procedido la Iglesia a lo largo de la historia. Es ella quien establece el orden de las necesidades y actúa conforme a él, sin importar lo que los hombres más mundanos reclamen. Si el mundo moderno cree que es una necesidad que se reconozca la licitud moral de las relaciones homosexuales, peor para él; lo único que puede hacer la Iglesia para sacarlos del error es mantenerse firme y ser sincera sobre sus enseñanzas. Debe advertir a esas personas que la religión católica considera esas relaciones como desordenadas, e intentar acompañar a quienes sientan ese impulso a una vida en castidad. Pero la solución que este obispo y otros que nombraremos a continuación proponen, es que la Iglesia caiga junto a ellos, que ceda a sus exigencias, y que en vez de ayudarles según lo ha establecido Dios, les ayude según lo que el propio mundo que lo ha abandonado cree que necesita.

     Todas las palabras de la carta de este obispo se arremolinan en torno a esa idea de abandono y renuncia por parte de la Iglesia. «la credibilidad de la iglesia y del cristianismo en la nueva era depende también de lo que decimos y comunicamos en un mundo de inauditas libertades sobre el tema del estilo de vida humano. Cuestiones de moral sexual y de la vida en pareja juegan un papel especial en esto. La enseñanza de la Iglesia parece sencilla y despejada de dudas en todo esto. Pero hoy sabemos que la vida en las relaciones y la sexualidad no es fácil de vivir y juzgar. Hay diferentes orientaciones sexuales; las atribuciones de género no siempre son claras; las relaciones ya no se limitan a las categorías morales de tiempos pasados. Y sin embargo, el anhelo de la gente está muy ligado al Evangelio: La gente busca relaciones fiables y vinculantes, caracterizadas por un amor profundo y duradero. ¿Seremos capaces, como Iglesia, de reinterpretar nuestras convicciones y nuestra enseñanza de tal manera que la gente de hoy y mañana pueda redescubrir el tesoro del Evangelio para sus relaciones y para su vida sexual?»

   No se me ocurre pasaje más desolador. Decir que la Iglesia debe condescender en todo con la forma de vida de su época, aun en las cuestiones morales más contrarias a su doctrina, para poder tener credibilidad, es algo que no entendemos. ¿Cómo podrá tener credibilidad renunciando a sus verdades? En cuanto asuma las verdades del mundo, la credibilidad será del mundo, no suya. De nada le servirá ser creíble en el error, pues ya no tendrá nada que anunciar. Si reinterpretamos nuestras convicciones, que están en las reglas de fe, en las Escrituras, en la Tradición, en el Catecismo y en los Padres de la Iglesia, ¿cómo la gente podrá redescubrir el Evangelio, si ya no tendrá sentido, pues lo habremos distorsionado? De este modo, la forma en que quiere hacer que la gente redescubra el Evangelio, es crear uno nuevo que se adapte a las nuevas categorías morales de la gente. Si lo que quería este obispo era felicitar el año nuevo a sus fieles y darles un motivo de alegría y esperanza, debemos comunicarle que el único llanto que puede haber provocado no es precisamente de felicidad.

     Todas las razones están en contra de cualquier cambio en la dirección que el obispo Franz Josef Overbeck propone, y sería razonable pensar que no podrá haber ningún cambio cuando todos los factores de la teología católica están en su contra. Sin embargo, este obispo lo ha previsto todo, y viendo como nosotros que su propuesta es descabellada y que no tiene ningún apoyo firme sobre el que argumentar, avisa en la misma carta que la condición previa para tratar estos temas en el camino sinodal es que ambas partes renuncien a querer tener razón, y llama a practicar para ello como cristianos una «cultura de la discusión». ¿No es en cierto sentido inteligente, para alguien que quiere defender algo irrazonable, proponer debatirlo sin que nadie quiera tener la razón? Porque estando la razón claramente de una parte, renunciar a la razón no puede hacer otra cosa que beneficiar a la otra parte.

   De la misma manera, como este obispo y los que piensan como él ya han renunciado a la razón, creen encontrarse en desventaja al debatir contra personas que no han renunciado a ella, y es por eso que piden igualar las fuerzas poniendo como condición previa que nadie quiera tener la razón. ¡Qué agudeza! Es como si un corredor, viendo que no tiene opciones contra sus competidores, les pidiera amablemente que se amputaran una pierna antes de la carrera.

   Si creyeran que la razón está de su parte para legitimar las relaciones homosexuales, ordenar mujeres y suprimir el celibato, apelarían sólo y exclusivamente a ella, reforzarían su autoridad, y la única condición sería ceñirse a ella para promover esos cambios. Pero como la razón está de nuestra parte, porque también lo está la fe, nos piden que no queramos acapararla.

   Dejemos al obispo Franz Josef Overbeck y su peculiar manera de felicitar el año nuevo, y hablemos de otras personas implicadas también en el camino sinodal: Franz-Josef Bode, obispo de Osnabrück y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Alemana, y Stefan Hesse, Arzobispo de Hamburgo. Estos dos obispos escribieron el prefacio de un libro titulado ¿Con la bendición de la Iglesia?, en el que se recogen artículos de varios autores a favor de la bendición de la Iglesia a las uniones homosexuales. Ambos prelados expresan en el prefacio su conformidad con las ideas expresadas en todo el libro, aunque con las reservas y la dosis de ambigüedad necesarias para no perder sus dignidades eclesiásticas. El título original es Mit dem Segen der Kirche?, y en la portada de su primera edición aparece una cruz con los colores de la bandera LGBT. Que un obispo y un arzobispo se presten a contribuir a la edición de un libro plagado de insensateces y cuya portada sola es una blasfemia, es algo que no podemos ver sin sentir vergüenza ajena. ¿Desde cuándo se permite a los obispos convertir la cruz de Jesucristo en un mástil para que el mundo coloque la bandera de sus perversiones?

     El arzobispo Stefan Hesse se expresa de forma muy parecida al obispo Franz Josef Overbeck cuando señala que «como Iglesia, sólo podemos influir en esta sociedad con credibilidad cuando tratamos con las realidades de la vida de las personas. Por supuesto, entre ellas están, en Hamburgo, también los hombres homosexuales y las mujeres lesbianas». Pero la Iglesia en ningún momento ha dejado de tratar con esa realidad, lo que ha hecho es tratarla siempre con el mismo criterio. Lo que este arzobispo entiende por tratar con la realidad de los homosexuales, es validar sus relaciones y cambiar el criterio moral de la Iglesia para adaptarlo a las circunstancias. Según él, la Iglesia debe renunciar a juzgar una realidad por el mismo hecho de que se da.

   Como siempre, estos adláteres del mundo no ven que lo que piden en cuestiones concretas es extensible a toda la religión en general. La Iglesia ha tratado durante dos mil años con la realidad del pecado, y mal le hubiera ido siguiendo el consejo de estos prelados renunciando a luchar contra él por ser real. ¿Cómo? ¿Ya no hay bien o mal, porque ambos son reales? ¿Debe la Iglesia suspender cualquier juicio moral contra las relaciones homosexuales porque ellas son una realidad? Nadie duda que sean una realidad, la cuestión es que la Iglesia considera que esa realidad es pecaminosa.

   Es contra esta forma de tratar la cuestión con la que no están de acuerdo estos prelados, y es por ello que no dejarán de acusar a la Iglesia de no querer ver la realidad mientras no se deje cegar por ella. A esto es a lo que se refiere cuando habla de influir en la sociedad. No es que la Iglesia no influya, es que no le gusta su manera de hacerlo. Para él, la Iglesia sólo puede influir en la sociedad si se vuelve una misma cosa con ella, si se hace tan mundana como el mundo, si deja de ser la Iglesia.

     Algo parecido le ocurre a su compañero, el obispo Franz-Josef Bode. En declaraciones al diario Neue Ornabrücker Zeitung expresaba su deseo de debatir sobre la bendición de las parejas homosexuales porque «el silencio y los tabúes no conducen a nada y crean confusión». Así como su compañero Stefan Hesse cree que la Iglesia no trata con esa realidad porque no sucumbre a ella, así Franz-Josef Bode cree que la Iglesia católica guarda silencio porque dice no a la bendición de esas relaciones. Él llamará silencio a todo cuanto se exprese contra sus opiniones, y así su actitud recuerda a la de un hombre que acusa de guardar silencio a su interlocutor mientras se tapa los oídos.

   Es por esta misma actitud por la que piensa que no se da el debate. Claro que se da, lo que ocurre es que no le gusta el resultado. Propone cambiar la moral cristiana y que la Iglesia dé su bendición a las uniones de personas del mismo sexo, y cuando le respondemos con mil pasajes de los Padres de la Iglesia, con el Catecismo, con la Tradición y con las Escrituras, que no es posible, nos dice que no queremos debatir, que lo tratamos como un tema tabú, que guardamos silencio. Deje de taparse los oídos y podrá oírnos perfectamente.

     Se podría —dice en el mismo diario— pensar en una bendición que no debe confundirse con un enlace matrimonial. ¿Pero quién no ve que esta bendición que propone no es más que un peldaño para alcanzar la aprobación del matrimonio? Una vez que se aprobara la bendición, no tardarían en llegar otros nuevos obispos que, con el mismo espiritu mundano, pidieran llevar un paso más allá la aprobación. Quien conozca al hombre moderno, sabrá que jamás se conforma con un cambio siempre que él no haya cooperado para establecerlo; debe sentir que el estado actual de las cosas cede ante su presencia y que ha dejado su huella en el mundo. Así, una vez que se aceptara que la Iglesia bendice las uniones homosexuales, ¿qué obstáculo habría para impedir el matrimonio?

   La bendición, como su propio nombre indica, es decir bien de algo en nombre de la Iglesia, y por lo tanto aprobarlo como tal y consagrarlo al culto divino. Es por ello que se pueden bendecir animales y objetos, que no pueden contrariar su naturaleza. Pero la unión de dos personas del mismo sexo es antinatural, y la Iglesia no puede darle su bendición, pues estaría aprobando lo que Dios desaprueba. Una vez que se diera la bendición a las uniones homosexuales, serían ellos mismos o generaciones más jóvenes de obispos tan ideologizados como ellos quienes insistirían para aprobar el matrimonio, y si alguien se opusiera, responderían sin duda: «¿No los bendecimos? ¿Por qué no podemos casarlos? Si aprobamos su estado con un rito, debemos también santificarlo». Esto es lo que harían y, para ser sincero, lo que creo que tienen planeado.

     El obispo Franz-Josef Bode todavía continúa en el mismo diario: «Debemos preguntarnos cómo podemos encontrarnos con aquellos que tienen esas relaciones y que también se implican en parte en la Iglesia. ¿Cómo los acompañamos pastoral y litúrgicamente? ¿Cómo les hacemos justicia?» Es la misma insistencia una y otra vez, es el argumento ad nauseam llevado al últtimo extremo. La Iglesia ya se ha hecho esa pregunta, y también la ha contestado; es él el que no lo tomará como respuesta hasta que no coincida con su respuesta personal. Debemos repertirles tantas veces como hagan la misma pregunta que el acompañamiento pastoral que la Iglesia hace de las personas homosexuales es el de la castidad, y que si no renuncian a esas relaciones, la Iglesia seguirá tratándolas para procurarles la salvación y alejarlas del pecado, pero no podrá santificar ese pecado sólo porque éste sea insistente y el mundo lo apruebe.

   Esa es, respondiendo a la pregunta del obispo, la única manera de hacerles justicia. Mientras el mundo abandona a esas personas a su suerte, creyendo ayudarlas al legitimar todos sus deseos, lo que hace es separarlas de Dios; la Iglesia, por el contrario, porque de verdad pretende salvarlas, debe parecer en esta vida que es más severa porque intenta reprimir esos deseos. ¿Cuál de estas actitudes es la adecuada y la que les hace justicia? Para alguien que crea en Dios y en su Iglesia, sin duda la segunda. Esas personas, si son creyentes, deben ser capaces de superar las apariencias y valorar quién les está ayudando en realidad, si el mundo al permitirle todo en esta vida para condenarlas eternamente, o la Iglesia al salvarlas por toda la eternidad pidiendo que renuncien a algo pasajero.

     El gran pretexto de estos prelados para introducir los cambios que se propone el camino sinodal son los casos de abusos a menores por parte de algunos sacerdotes. Su gran idea para que dejen de suceder es permitir a los sacerdotes casarse, o permitir a los casados ordenarse sacerdotes, que es lo mismo en otro orden. Sin embargo, sabemos que un porcentaje muy elevado de los abusos cometidos contra niños en todo el mundo lo llevan a cabo personas casadas o en algún tipo de "relación sentimental". De este modo, el único cambio que introducirían al suprimir el celibato y permitir la ordenación de hombres casados, sería que los falsos sacerdotes que cometieran ese infame crimen contra los más inocentes traicionando a la Iglesia, tuvieran también licencia para traicionar a sus mujeres.

   Estos obispos han meditado muy poco sobre la lujuria si creen que al repartir el número de víctimas de este pecado van a conseguir dividir su fuerza, porque, muy al contrario, sucede en la mayoría de las ocasiones que la lujuria aumenta su fuerza cuanto más se divide, y que es más grande contra cada objeto de sus deseos cuanto más esos objetos se multiplican. De modo que la lujuria que es insaciable cuando sólo tiene un cuerpo contra el que abalanzarse, es doblemente insaciable cuando tiene dos, cien veces mas insaciable cuando tiene cien, y así sucesivamente y hasta el infinito. Lo único que pretenden estos obispos alemanes es usar de cebo a la mujer para que la lujuria depravada de algunos sacerdotes se desvíe de los más inocentes hacia ellas, pero en vez de conseguir que no haya ninguna víctima de la lujuria, sólo conseguirán por ese medio que haya dos. Este sería el verdadero resultado, y es algo fácil de prever para cualquiera que no tenga una visión tan simplista de la lujuria como la tienen estos obispos.

     No les ha parecido suficiente el sufrimiento que algunos sacerdotes depravados han causado a sus víctimas y a la Iglesia, que quieren darles la victoria final desfigurando a la Iglesia a causa de esos crímenes. ¿Por qué quieren extender el daño más allá todavía? Ya han traicionado a la Iglesia desobedeciendo sus preceptos, la han expuesto al escarnio público por actos de los que sólo ellos eran responsables, y ahora quieren darles también el maldito honor de ser los causantes del fin del celibato. Como algunos no supieron guardar la castidad, estos obispos condenan a la Iglesia a que nadie más la guarde; su manera de acabar con la traición es dejar de considerarla como tal, acabar con el celibato para que nadie más lo incumpla, eliminar el escándalo haciéndolo común y previsible.

     Este es el estado de la mayoría de las mentes que proponen el camino sinodal. Los mismos que creen que hay que acabar con el celibato para acabar con la lujuria, creen que hay que ordenar mujeres para ceder al feminismo, y que se deben bendecir las uniones homosexuales para que la Iglesia tenga credibilidad. Entre los que mantienen esta última idea se encuentra también el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, y por lo tanto una de las voces con más poder e influencia. Nosotros no pretendemos, sin embargo, juzgar el camino sinodal, entendiendo que es uno de esos acontecimientos que sólo se pueden valorar en su justa medida con la perspectiva del tiempo. Por eso, nos hemos limitado a comentar sus propuestas y su espíritu, tan en consonancia con el asunto que tratamos. Hasta dónde llegarán en sus ansias de contemporizar con las ideas del mundo, es algo que no podemos saber, y que debe ser más objeto de nuestras oraciones que de nuestras especulaciones.