Las imágenes del asalto al Capitolio de EEUU ayer han llevado a todos los medios, tanto de la izquierda como de la derecha vergonzante, a advertir de un supuesto “golpe de estado” y del peligro para la democracia. Durante los próximos días, el aparato cultural progresista va a explicarnos insistentemente que ese es el resultado de la deriva autoritaria de la derecha y nos lo aderezarán con las rituales comparaciones con el fascismo de entreguerras. Con lo que no lo comparará nadie es con otras turbas republicanas, esta vez españolas, que, con métodos similares, pero mucho mayor éxito que sus actuales émulos estadounidenses, controlaron la política de la II República entre 1931 y 1936.

Puede que en EEUU sea la primera vez que las turbas asaltan la desde las instituciones para intentar frenar un proceso electoral. En España, sin embargo, no se trata de ninguna novedad. Los mismos políticos que hoy nos imponen la II República como el régimen democrático por excelencia de la historia de España se olvidan de que su nacimiento fue muy parecido a lo que vimos ayer en Washington. Es sabido que la República llegó el 14 de abril de 1931 al proclamarse los republicanos vencedores de las elecciones municipales celebradas dos días antes. ¿Pero cómo se produjo esa proclamación?

Conforme empezaron a correr las primeras noticias del recuento, con pésimos resultados para la monarquía en las capitales de provincia, las calles se llenaron de masas republicanas que empezaron a proclamar su victoria. Los candidatos monárquicos eran mayoritarios en el voto rural, pero los líderes republicanos, acusando al caciquismo de intentar robar las elecciones, se autoproclamaron ganadores sin esperar a que terminase el recuento. En el Ateneo de Madrid y otros centros republicanos incluso se hizo correr el bulo de que el rey había abandonado ya el país, lo que hizo que masas de republicanos se echasen a la calle para celebrar el triunfo. Los disturbios empezaron a extenderse por todas las ciudades ante la pasividad de las fuerzas del orden, que no se atrevieron a reprimir las manifestaciones para evitar derramamiento de sangre. En la medianoche del 12 al 13, el consejo de ministros reunido de urgencia preguntó al jefe de la Guardia Civil, general Sanjurjo, si sería posible controlar los desórdenes y éste contestó negativamente. El propio comité republicano tuvo que lanzar un comunicado en el que pedía a las masas que evitasen la violencia y respetasen las autoridades, aunque asumía el triunfo electoral. Como dice Pío Moa: “las multitudes impusieron a continuación el ritmo de los sucesos, ante el temor de unos y otros de que el jolgorio degenerase en violencia”.

La mañana del 14 de abril, en las ciudades, los concejales republicanos electos irrumpieron en los ayuntamientos y empezaron a proclamar a la fuerza la República. En Barcelona, Companys y los concejales de ERC expulsaron al alcalde del ayuntamiento, mientras masas anarquistas ocupaban a la fuerza el Palacio de la Gobernación y Maciá proclamaba una “república catalana” en el Palacio de la Diputación. En Madrid “arrastrados por la riada humana” según palabras de Miguel Maura, los miembros del comité republicano, autoproclamado como “gobierno provisional”, fueron a la Puerta del Sol para ocuparon el Ministerio de la Gobernación (hoy sede de la Comunidad de Madrid). “La masa vociferante pedía que se abrieran las puertas”, sigue Maura, y ante la presión popular, los guardias civiles que custodiaban el ministerio abrieron paso a los republicanos, que se hicieron con el control del edificio. El conde de Romanones, en representación del gobierno, se entrevistó con Alcalá-Zamora, presidente del “gobierno provisional” y pidió colaboración para organizar unas elecciones parlamentarias o formar un gobierno de coalición y evitar violencia, pero los republicanos, apoyados por las masas que habían tomado ya las principales sedes de gobierno al asalto, exigieron la inmediata salida del Rey. Alfonso XIII abandonó España ese mismo día, a la espera, en sus palabras de “conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva”. Sin embargo, el recuento de las elecciones de 1931, interrumpido por el asalto de las turbas republicanas, nunca llegó a terminarse. Todavía hoy los historiadores discuten sobre el auténtico resultado de esas elecciones, aunque todos reconocen que los candidatos monárquicos habían obtenido la mayoría gracias al voto rural.

Por supuesto, una república que había nacido entre el clamor de la turba pronto se volvió rehén de ella. Menos de un mes después, entre el 10 y el 13 de mayo de 1931, las mismas masas quemaron alrededor de un centenar de conventos e iglesias en varias ciudades, provocando además varias muertes en los disturbios. Como reconoció el republicano Lerroux dijo: “Las turbas echaron sobre la República naciente el primer borrón y la primera vergüenza”. La II República había llegado al poder aupada por unas masas que, sin esperar al resultado de las elecciones y por miedo a que se les robase mediante el fraude una victoria que daban por hecha, asaltaron y ocuparon las sedes parlamentarias. La única diferencia entre esas turbas republicanas y las turbas republicanas que irrumpieron en el Capitolio de Washington en defensa de Trump fue que las primeras consiguieron su objetivo. Sería interesante ver si todos los entusiastas de la Memoria Histórica que hoy condenan a Trump por intentar vulnerar la democracia reconocerían, por la misma lógica, la ilegitimidad original de una II República que nació del asalto ilegal a las instituciones.