Que todos roban la gallina y que sólo cambia el nombre de quienes la roban es tan cierto como que gran parte de la sociedad actual acepta la política como un engaño inevitable, y la corrupción triunfante como el instrumento sociopolítico de los amos para conseguir un mundo nuevo, que exige la destrucción del viejo.

Mayoritariamente, los votantes acogen y protegen al PP y al PSOE, y al resto de la casta, sin mayor empacho, ciegos ante los hechos y sordos frente a los dichos, rivalizando o incluso polemizando con quienes pretenden que la ciudadanía abra bien los ojos y atienda a la realidad, no a la demagogia, y sin querer comprender que quien no castiga el mal está ordenando que se haga.

El caso es que estamos a la espera de unas nuevas elecciones y, según los comportamientos y tendencias cotidianas del gentío, los votantes de derechas e izquierdas siguen confiando en que los suyos consigan herrar a las cigarras o, lo que es lo mismo, que por fin se dediquen a cumplir actos de justicia los que no han hecho más que iniquidades. ¿Es esto inocencia o realmente todo consiste en que la ignorancia, el sectarismo y los intereses particulares de unos y otros son categóricos y, de la mano de sus queridos políticos, están empeñados en destruir el común?

Dejando la respuesta al criterio de cada cual, debo decir que las agendas de los nuevos señores de horca y cuchillo vienen marcando el desplome intelectual, ético, religioso, sanitario, judicial y cultural que disfrutamos, con el consentimiento indiferente o eufórico de quienes han accedido a renegar del pasado, permitiendo ultrajes de tumbas y sodomizaciones infantiles, entre otras múltiples abominaciones. Y que todo ello se viene refrendando por una amplia mayoría social.

Porque, en general, en nuestra sociedad actual las virtudes no son cultivadas. Los gobernantes las eluden o difaman, y el pueblo no las exige ni las busca. No existe amor al estudio, a la educación ni al pensamiento. La justicia y la equidad no se practican, peor aún, se pisotean. Los corruptos y los perversos se obstinan en su maldad. Estas son las causas de la amargura de algunos españoles y del declive de la patria. A aquel conciudadano que vota a los canallas, que no se esfuerza para avanzar en la virtud, no puede el espíritu libre ayudarle ni estimarle. Al que no se interese por penetrar el sentido de las palabras y de los acontecimientos, ¿cómo podrá él revelárselo? ¿Cómo se puede jurar por un hato de indiferentes, asnos o sectarios?

El gran dispositivo cultural de ciertos medios informativos, del mundo artístico y del intelectualismo áulico, basta para identificar a la casta política con las aspiraciones no sólo de las clases subsidiadas y clientelares, sino sobre todo de la amorfa muchedumbre. Es obvio que los programas de las televisiones vendidas al frentepopulismo y al Sistema siguen contando con la millonaria audiencia del pueblo despreciado y explotado, lo cual no puede sino impedir la regeneración social y agravar la hegemonía de la inmoralidad o de la imbecilidad políticas.

La verdadera cuestión no es por qué se vota a los delincuentes, sino por qué causa se deja dominar la sociedad por una amoral razón de Estado; por qué el cinismo de la casta política establece la jerarquía de valores en la sociedad civil; por qué razón la fuerza política de los votos, con una ley electoral fallida y unas votaciones bajo sospecha, se transforma entre nosotros en criterio de verdad y de moralidad. Lo que de veras asombra no es tanto el triunfo de una casta política corrupta y mentirosa, como el fracaso de la sociedad civil en su conciencia de la realidad cívica y política.

El caso es que nos han instalado en un equívoco bienestar, en una pura nada que no va a ninguna parte, tal vez porque tampoco deseamos ir a ninguna, sino sólo hacer el tiempo feliz y eterno, y sin que nos desprendan de las mascarillas ni de las televisiones, ni nos rayen el coche, elevada metafísica, y ya la única posible. Los amos, a través de su propaganda, nos inoculan pedagógicamente su religión prometeica, y lo que se espera de nosotros es autoinculpación y agradecimiento. Mientras nos vigilan, nos contaminan o nos conducen al matadero, los nuevos demiurgos nos instan a que clamemos: «¡Es por nuestro bien! ¡Es por nuestro bien!».

La duda de los espíritus libres es si definitivamente somos un pueblo sin agallas, constreñido ante la publicidad y las imposiciones ilegales, que se limita a dejar los supermercados vacíos de papel higiénico y luego se entretiene haciendo con ello chirigotas en los móviles. La duda es si, desgraciadamente, Zapatero tenía razón y en una sociedad de relativistas la nación es un concepto relativo. Y que la gente traga con todo en cuanto se le disimulen y adornen un poco las cosas, como ha ocurrido con la pandemia covidiana y está ocurriendo con la guerra de Ucrania, o lo que caiga.

La cuestión es que nos hallamos inmersos en la banalidad y en el reniego de lo que hemos sido; que no queremos ser lo que somos, y que hemos aceptado ser lo que nos ordenan los nuevos amos globalistas: seres no-muertos. Durante más de cuatro décadas hemos venido liquidando nuestra historia, conocedores -la inocencia del pueblo es pura filfa- de nuestra traición y, finalmente, hemos decidido inclinar la cabeza y comportarnos como rebaño, a la espera del humillante machete que reluce en las manos de la sectaria plutocracia y de sus esbirros.

La cuestión -tan lamentable- consiste en confirmar que no hay nada más difícil que convencer a un hombre de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo. Y en las próximas elecciones andaluzas del día 19 volveremos a corroborar este viejo aserto.