El otro día me encontré con alguien de mucho prestigio que, en otro tiempo, ocupó cargos de gran responsabilidad en el panorama político nacional. Me van a permitir que obvie referencia alguna a su identidad ya que, como aprendí durante mi formación profesional, el informador es siempre materia reservada.

Tras felicitarnos el año y con el deseo de que SS.MM. los Reyes Magos de Oriente se porten bien con nosotros llegado el día 6, me refirió su profunda preocupación por el estado general de las cosas y, en especial, por la tergiversación torticera de la realidad histórica de nuestra Patria.

La conversación comenzó, por ser 2 de enero, con un comentario sobre la voluntad de socialistas y comunistas de hacer desaparecer la celebración del Día de la Toma de Granada por los Reyes Católicos, un hito histórico de enorme relevancia sobre todo si tenemos en cuenta que, más allá de constituir la última etapa en la expulsión del moro del último reducto que poseía en nuestra tierra, invadida manu militari siete siglos antes, constituyó la base sobre la que se asentó la España moderna, el Estado moderno, al unificar, respetando los fueros territoriales, la política exterior, la Hacienda real y el Ejército, a lo que hay que añadir el ulterior descubrimiento de América que determinó la dimensión de nuestra proyección en la historia del mundo, nuestra unidad de destino en lo universal como Nación.

Sin embargo, la gran preocupación de mi interlocutor iba más allá del hecho puntual de la celebración del 2 de enero al referirme que, de acuerdo con informaciones que había recibido, la pretensión del movimiento hispanofóbico que nos gobierna, plasmada en futuros programas educativos y en textos adecuados a tal fin, pasa porque las nuevas generaciones de españoles comiencen a estudiar la historia patria desde la promulgación de la Constitución de 1812, quedando el resto de nuestro legado histórico en una suerte de limbo oscuro desconocido para la mayoría.

Es decir, que la Historia de España que van a estudiar nuestros hijos y nietos será la del siglo y medio más triste, amargo y penoso de todo nuestro devenir histórico, sustrayéndoles, de forma intencionada, las glorias de las que nos tenemos que sentir especialmente orgullosos.

Dicho de otra manera, el estudio de nuestra gloriosa historia se reducirá a los enfrentamientos entre liberales y absolutistas con que comenzó el siglo XIX tras la victoriosa guerra de la Independencia; a las guerras civiles que pasaron a la historia como guerras carlistas y que enfrentaron a españoles contra españoles. También se estudiarán los múltiples pronunciamientos habidos a lo largo de todo ese siglo, algunos de los cuales provocaron destronamientos.

Por supuesto, no pasaran por alto la intentona republicana de 1873, todo un fiasco de efímera existencia, que provocó las llamadas guerras cantonales, en las que Ecija declaró las hostilidades a Sevilla y los cartageneros bombardearon Almeria. También, se regocijarán enseñándoles cómo, consecuencia de la guerra de 1898, perdimos los últimos bastiones del otrora inmenso imperio y, con ello, todo el peso que teníamos en el contexto de las potencias mundiales.

No se olvidarán de regodearse, pues lo harán, aludiendo, de forma sesgada, a la gran tragedia que supuso la interminable guerra de Marruecos de la que culparán a los militares; sin olvidar referir los sangrientos enfrentamientos entre sindicatos -que presentarán como los grandes adalides de la defensa de los intereses de los obreros- y patronales -convertidos en una suerte de pistoleros al servicio del capitalismo- y así hasta llegar a la salvadora y redentora puta II República que presentarán como arquetipo y paradigma de libertades, progreso y bienestar social, obviando que constituyó el gran fracaso nacional que nos abocó a una nueva guerra civil que, por cierto, perdieron estos que ahora gobiernan.

Ahí concluirá nuestra historia que no se reanudará, si es que se reanuda, hasta 1978 ya que los años que median entre 1939 y la promulgación de la Constitución vigente serán como mentar a la bicha, explicándolos como oscuras décadas de represión y de ignominia.

Es decir, hablando lisa y llanamente, España, como tal, su historia, tan solo existirá desde aquella Constitución que, partiendo de postulados masones, redactó un grupo de señores refugiados tras las murallas de Cádiz mientras el resto de los españolitos, los de a pie, regaban con su valiosa sangre los campos de España para expulsar al gabacho y se prolongará a lo largo de poco más de ciento veinte años, los más amargos y tristes de nuestra Historia.

Por tanto, el reino Visigodo; la larga y penosa Reconquista para expulsar al moro invasor; las primeras Cortes democráticas; la conquista y colonización de América; nuestras gestas de todo orden como primera potencia del mundo; nuestros navegantes capaces de aventuras inigualables; nuestros descubridores; los gloriosos Tercios; lo conseguido en Lepanto; los geógrafos, naturalistas, científicos e investigadores de los siglos XVI, XVII y XVIII; nuestras victorias contra ingleses, franceses y holandeses; la Real Expedición Filantrópica; nuestro glorioso 2 de mayo… Todo eso, será obviado de forma intencionada.

En resumen, nuestro aporte a la Historia universal quedará sumido en la oscuridad y en el silencio y a las nuevas generaciones de españoles se les negará su conocimiento para que así no sientan jamás el orgullo de formar parte de una proyecto histórico que va mucho más allá del triste y lamentable siglo XIX y del desastroso primer tercio del XX que concluyó, precisamente, cuando nos deshicimos de la maldita II República y, especialmente, del frente popular cuya reedición, corregida y aumentada, es la que han firmado nuevamente socialistas, comunistas, podemitas, filoetarras, golpistas y separatistas, incluido el tipo ese de Teruel.

Este nuevo frente popular que, a cada paso, se crece más con la complicidad de un pueblo acobardado y silente, aterrorizado por el viruschino, y de una oposición acomodada e igualmente cómplice, pretende borrar nuestra Historia para reescribirla a su gusto y a su medida, eliminando todo aquello que pueda obstaculizar el logro de sus objetivos: la eliminación de España y la limitación de nuestras libertades. Una buena prueba de ello es la pretensión de ese ignorante rufián, nunca mejor dicho, de que se ilegalice a todos aquellos que no piensen como ellos y que no contribuyan a sus planes bastados. Es el colmo que un tipejo como ese, un golpista que debería estar procesado, se atreva a levantar la voz. La historia se repite y con eso hay que tener mucho cuidado.

Ignorantia necat (la ignorancia mata), eso es lo que pretenden hacer con los españoles, convertirlos en una suerte de rebaño o de masa informe e ignorante, matando, mediante el desconocimiento, la esencia del espíritu nacional, ese sentimiento de orgullo que corresponde a quienes, como nosotros, fuimos la vanguardia del mundo y, con ello, España se verá abocada a su muerte como Nación.

Lo dijimos más veces, se trata de matar el alma de España aprovechando estos tiempos de terror inoculado, donde lo único que nos preocupa es salvar el culo, ocultos tras el bozal como mejor símbolo de sumisión al poder establecido y dando por buena, sin rechistar, cualquier medida que adopten los que mandan, independientemente de que eliminen nuestros derechos y libertades, con la vana promesa de que ese bicho malo creado por los chinos no nos va a llevar a la tumba.

Esta operación de gran calado a la que quieren someternos estos que nos gobiernan con el concurso indispensable de los socialistas -los únicos responsables de todo lo que está sucediendo-, va más allá de las disputas partidistas por llegar al poder; incluso más allá de las ideologías, todas ellas muy respetables al menos sobre el papel. Esta maniobra pretende el mayor atentado que se puede cometer contra una Nación: la eliminación de su Historia y, con ello, su disolución. Por tanto, cualquiera que todavía guarde en su cartera el carné del PSOE; cualquiera que lo vote, sea por la razón que sea, incluso por la miserable paguita; cualquiera que lo encubra, cualquiera que sea su colaborador necesario, es cómplice de todo lo que está sucediendo y merece todo el repudio y desprecio. El mío ya lo tiene.