Ha publicado hace unos días un artículo sobre “El orgullo de ser español y católico” con alusión  al “frio” de los templos de las otras religiones, pues allí no está Dios presente en cuerpo, alma y divinidad,  como en nuestras iglesias,  donde sí se irradia ese calor la divinidad. Ese orgullo nuestro tiene una base: ¡sus maravillosas dogmas!,  resumidos en el Símbolo de los Apóstoles vulgarmente llamado “el Credo”. Los cristianos todos,  “antes del Vaticano II”, -- cuando la Iglesia  “no era democrática sino jerárquica”,  ni se habían diluido sus esencias-- se lo sabían de memoria. Me imagino que hoy,  si paras a un católico por la calle y le pides que  te rece el “Credo” lo vas a poner en un aprieto,.. Eso no obsta a que el Símbolo de los apóstoles siga siendo el fundamento de nuestra Fe...

Pues bien, ahora, hoy, cuando los españoles conscientes temen por la desaparición de España como nación (como “nación católica”, el Vaticano se encargó hace años de su liquidación), considero oportuno comentar algún dogma de nuestra Fe. En este artículo deseo glosar uno entrañable. Todos lo son,  pero éste lo es muy especialmente: Creo… ¡en “la Comunión de los santos”!.

No he oído comentarle nunca en misas parroquiales, ni en España ni en el extranjero. Se diría que a los reverendos no les dice gran cosa, formando como forma parte esencial de la “estructura” de la Iglesia por sus consecuencias fundamentales. Y, sin embargo,  es muy fácil de explicar y lo voy a demostrar.

Si tienes conocimientos elementales de nuestra Santa Fe,  sabrás que la Iglesia fundada por Jesús, --Dios hecho hombre--,  consta en realidad de tres partes: la Iglesia Triunfante, la Iglesia Purgante y la Iglesia militante.

Mientras disfrutamos de los años de vida que Dios nos da, --si estamos bautizados—pertenecemos a la “militante”, al morir si lo hacemos en gracia de Dios y no somos “varones perfectos y santísimo” aunque el Cielo es nuestros destinos, casi seguro que pasaremos a la “purgante” para purificarnos de las consecuencias de nuestros pecados. La absolución recibida,  en las confesiones,  los borran pero las “colas” de los mismos debemos eliminarlas con oración, ayuno, limosnas, obras de misericordia –o sea penitencia-- cosa que olvidamos fácilmente. Pero el Evangelio, nuestro divino Maestro  nos dice: En el Cielo   debemos entrar con el “vestido limpio” y “ad hoc”… por lo tanto nos espera, necesariamente, el Purgatorio purificador –que es un infierno mitigado por la esperanza segura  de la inmediata eternidad feliz. Por ahí pasarás tú, --si no eliges con tu vida el Infierno eterno--  y pasaremos todos aquellos a quienes la Santísima Virgen y su divino Hijo, nos ayuden a utilizar la vida en merecer el Cielo.

Como ves,  es un tema entrañable y no solo para mí, sin duda lo es también para ti, a menos que sea un perfecto e irresponsable necio, a quien no le interesa conocer la razón de su existencia.

Los hermoso de este dogma son las consecuencias, fruto  de nuestra maravillosa Fe, la de nuestra Santa Madre la Iglesia, (la verdadera, no la “democrática postconciliar” preocupada por el “clima” y los “marginados del LGTBI”, o por el apostolado de la “caridad televisiva y mediática’…”;)

Interrumpo el artículo para aconsejarles la lectura de la carta de una cubana al papa Franciscohttps://www.diariolasamericas.com › papa. Es muy instructiva

 

Prosigamos:

La Iglesia triunfante tiene una misión. Quienes ya están en el Cielo se encargan de ayudarnos a quienes somos, aun,  militantes. Interceden incesantemente  por nosotros ante la Santísima Trinidad, para conseguirnos gracia más abundante,..   pero no pueden hacer nada por quienes sufren en el Purgatorio.

 

La Iglesia militante,  tú, yo, nuestros amigos católicos, además de estar obligados a combatir por la Fe, tenemos la capacidad y el poder  ayudar a nuestros hermanos sufrientes en el Purgatorio,  acortando su estancia allí, e, incluso,  sacándolas ya. lo Simplemente, rezando por ellas, encargando misas por su eterno descanso, y ofreciendo por su alivio, todo cuanto nos concede méritos ante Dios – buenas obras, limosnas, ayunos, y nuestro trabajo diario, etc. ¡Tremendo gran poder y fácil de utilizar!

Resulta penoso y descorazonador, ver el olvido de nuestros obispos y sacerdotes de  este “dogma de fe” y parte de nuestro “Credo”: Creo… “en la Comunión de los Santos”.

Espero haber sabido explicar  ese Dogma, Deberíamos pensar siempre en aliviar los sufrimientos de las almas del Purgatorio, donde, probablemente, se halle algún amigo o familiar. Piénsalo bien. Nuestro Señor  y Juez, y su Madre -- y nuestra-- nos lo recompensarán. No lo olvidarán y sí, lo tendrán en cuenta cuando nos hallemos allí. ¡Sé inteligente y “aprovechado”!

Pero aún hay algo muy importante.

SS. Pío XII, un santo --pero no “¡súbito!”,  por no ser “postconciliar” – y que tardará en “subir a los altares”, nos inculcó el rezar por la “Iglesia perseguida”  y por la “IGLESIA DEL SILENCIO”. Personalmente lo hago  desde hace más de setenta años.

¿Cómo pueden los obispos y sacerdotes no insistir ante sus fieles en recordar a esos hermanos que llevan años --algunos más de veinte,-- en las cárceles,  en los gulag, en los campos de exterminio marxista, aislados, y “OLVIDADOS” de sus hermanos? Por supuesto, Dios basta y no los olvida pero, hablando a lo humano, ¿se imaginan la realidad de no poder oír misa, ni comulgar, ni confesar, ni escuchar hablar de Dios, rodeados de sufrimiento, golpes, torturas, y ¡SÓLOS!...? … Son  otros  “ortegalara”, aunque no estén en un cubículo  de  catorce metros cúbicos --tres metros  de largo por dos y medio de ancho,  con un altura de 1,80 metros—pero sí,  en soledad extrema.

Sé consecuente con el entrañable dogma de la “Comunión de los santos” y recuerda diariamente de rezar por las almas del Purgatorio, y por quienes sufren en la “IGLESIA DEL SILENCIO”.

S. S. Pío XII no pudo bautizar mejor a esa Iglesia militante,  ¡tan olvidada!; ¡ponte en su lugar!