Partiendo de lo que he mantenido en mi última columna -sobre la necesidad de asegurar el espacio aéreo ucraniano por parte de la OTAN- algunos lectores me han acusado de querer provocar la Tercera Guerra Mundial. Nada más y nada menos que eso: que la Tercera Guerra Mundial. Lo que ocurre es que, con la debida perspectiva y en algún momento a medio plazo, a lo mejor nos damos cuenta de una verdad triste y terrible: la de que la Tercera Guerra Mundial ha comenzado ya y la de que, por desgracia, ha iniciado su sangriento calendario sobre los campos y pueblos de Ucrania.

Me acusan, al mismo tiempo, de no darme cuenta de la abrumadora fuerza nuclear de la Federación Rusa: esa misma fuerza nuclear cuya existencia nos repite -día sí y día no y con reiterada insistencia- Wladimir Putin y el entramado militar y mediático de su régimen dictatorial. Yo estoy literalmente harto de las amenazas de Wladimir Putin, al igual que lo está toda la buenísima gente que puebla Europa de un extremo a otro. Lo que yo vengo diciendo desde 2.014 -también con insistencia- es que o se detiene a Putin en Ucrania o, en caso contrario, deberemos acostumbrarnos a una Europa regida por el garrote que -en cada momento- vaya blandiendo Moscú según su propia conveniencia.

Cada ciertos períodos de tiempo, Europa se enfrenta a decisiones trascendentales: opciones y alternativas que van a marcar, de manera irremediable, nuestro futuro a medio y largo plazo. Hacer frente decididamente a la Federación Rusa -con todas las posibilidades económicas y militares a nuestro alcance- es una de estas decisiones: y un pulso nuclear a mí me aterra menos que una amenaza persistente en nuestro flanco oriental. Una espada siempre desenvainada -por un poder ilimitado y autocrático- sobre nuestra economía y sobre nuestros principios.

No tengo ni la menor idea -desde un aspecto científico y profesional- de cómo plantear ese pulso político a Wladimir Putin. Occidente tiene toda una corte -por cierto muy bien remunerada- de analistas, militares, científicos y expertos de toda clase que hoy, más que nunca, deben ganarse el sueldo. Lo que sí que tengo muy claro es que están masacrando al pueblo ucraniano y que -si el mundo occidental no hace nada más al respecto- van a seguir haciéndolo. Lo que sí que tengo también muy claro es que -tal vez- nos encontramos ante una oportunidad única no sólo de restaurar la integridad territorial de Ucrania, sino de hacer caer, al mismo tiempo, el régimen militarista y expansionista que gobierna la Federación Rusa.

Las Dictaduras no resisten bien las derrotas militares. Putin puede caer siempre y cuando se conjunten -de forma inteligente y firme- los esfuerzos del pueblo ucraniano con las políticas de oposición al poder militar ruso que puedan articular los Estados Unidos y la Unión Europea. Porque a nadie le cabe la menor duda que Ucrania deba ser aprovisionada de armas y municiones, pero también que hay que hacer más: básicamente terminar con esta matanza y, además, asegurarnos de que esto no pueda volver a pasar. Aprovechar esta oportunidad histórica y este indudable paso en falso que ha dado el Régimen Ruso en su apuesta ucraniana.

Sin embargo, el peligro reside también en el fracaso ruso. Se está planeando una gran ofensiva sobre el Este de Ucrania –crónica de una ofensiva anunciada– en la que el Ejército Ruso va a intentar cerrar la guerra de una forma digna para la Federación: hacer digerible todo lo que ha pasado durante estos estos días al gran público ruso y poder vender una gran victoria sobre los nazis ucranianos desde una posición de fuerza en las próximas negociaciones de alto el fuego. De todo ello se desprende que Putin no puede perder esta guerra, porque necesita una victoria para perpetuarse en el poder y para seguir manteniendo un status de potencia frente a Occidente. La misma dinámica interna de su Dictadura excluye, de principio, cualquier otra solución posible.

Por esta razón, y en el caso de que los ucranianos pudieran detener la ofensiva y alcanzar sucesivas victorias sobre los invasores, Putin puede verse empujado a la utilización de su última baza. Si los rusos no consiguen romper el frente ucraniano y mantienen este elevadísimo nivel de bajas en material y en hombres, Putin puede ordenar la utilización de armas nucleares tácticas: proyectiles nucleares que arrasen al Ejército Ucraniano junto a una parte importante de su territorio y de su población civil. Nadie en Occidente duda de esta posibilidad en la escalada del conflicto y, por consiguiente, vale más actuar ahora que tener que hacerlo luego de manera precipitada y chapucera. El Ejército Ruso contempla la posibilidad del uso táctico de armas nucleares y, si ellos no dudan, no entiendo la razón por la que tengamos que dudar nosotros en la presión que nuestra disuasión nuclear pueda ofrecer. Cerrar el espacio aéreo ucraniano es uno de estos actos trascendentales cuya posibilidad debemos encarar. Por el bien de todos: incluso de los propios rusos.