Según The Economist nuestro país ha pasado a ser una democracia defectuosa. El déficit democrático es un hecho constatable  y no solo por la percepción en España de un ataque inédito contra las libertades desde que este desgobierno de criminales porfía por reventar lo construido por el consenso durante cuatro décadas, también la Unión Europea ha tomado consciencia del quebranto, de la anormalidad sociopolítica y, en definitiva, del perjuicio generalizado que el sanchismo ha provocado con oscurantistas y hasta delictivos propósitos que no pasan inadvertidos fuera de nuestras fronteras. Frente a la miserable intención totalitarista de Pedro Sánchez existe la evidencia de una mediocridad que precede al cum fraude y que no desconocen los líderes mundiales que lo aborrecen. Nuestras diezmadas garantías democráticas se sostienen gracias a la ridícula imagen personal que el ególatra transmite junto al conjunto de villanía y falacia constituido por un equipo ministerial deleznable e igualmente despreciado por cuanto supone de nefasto ejemplo para el resto europeo; de ser un mínimo inteligente capaz de disimular la indecencia y la amoralidad, probablemente de ser más taimado y menos inútil el hijo de los padres del Playbol, habría podido engañar a Europa con más sutileza aunque provisto de no menos ruindad que la demostrada. 

Seguramente sea más visible la putrefacción de este régimen adulterado de un Estado de derecho desde la perspectiva europea que dentro de nuestras fronteras, pues la prevaricación de Batet que prostituyó la Presidencia de la Cámara durante la votación del maquillaje de la reforma laboral, fue solo una más de las tretas fulleras del tahúr del barrio de Tetuán, el mismo tonto del Falcon que en pocos años ha destruido el equilibrio democrático con toda clase de trampas, engaños y mentiras permanentes. En Europa está calado, en el mundo la fama de tramposo lo evidencia. La salud democrática estriba en su desaparición pública, a no ser que rinda cuentas ante una reconstituida y digna justicia que lo juzgue por sus muchos delitos: los sospechados, los que se saben y los encubiertos, presumiblemente los peores. No es extraño pues que España sea en las garras del sanchismo una democracia deficitaria por no saberse defender de los enemigos a los que vota.