Vox tiene una estrategia política bien definida, una técnica menos depurada –en política es difícil tener táctica siendo honesto– pero adolece de una doctrina poco solida. Que nadie se confunda, ni me estoy refiriendo a que su mensaje sea tibio ni a que sus dirigentes sean titubeantes al expresarlo, sino a que se aprecia en lo mediático una falta de certeza sólida sobre lo que se puede y no se puede decir. La consecuencia directa de la ausencia de un pensamiento definido y sistemático es la falta de formación política de sus dirigentes, que al no tener un recurso argumentativo al que atenerse insinúan pero no dicen, y eso de cara al público se traduce en pérdida de votos, que por especulación se van a los liberales o se queda en casa. Es una lástima que estando en la filas de partido de Abascal la flor y nata de la sociedad política, no sean capaces de sacar a relucir tanta calidad intelectual.

 

Un ejemplo de esto último es la cuestión sobre el matrimonio, que a día de hoy, desde un punto de vista pragmático, se ha convertido en uno de los talones de Aquiles del partido, y donde sus dirigentes se muestran erráticos frente a los ataques del paleo-progresismo. Está muy claro que los amigos de Vox se dan cuentan de las implicaciones epistemológicas y antropológicas del lenguaje, y el que no tiene tiene plena conciencia del hecho por lo menos lo intuye. En este contexto afirman que no debería utilizarse la misma palabra para referir la unión entre dos hombre o entre dos mujeres o entre un hombre y una mujer, que es lo mismo que decir que no debe utilizarse la misma palabra para referir un baso y una botella; más que nada porque nuestro lenguaje utiliza la lógica griega y se sirve de sus categorías. Según Aristóteles el primer principio de la lógica y en consecuencia de la realidad es el de no contradicción: dos cosas no pueden ser lo mismo en el mismo tiempo y lugar. Si Vox sostiene una racionalidad clásica de ciencia por universal, es natural que sostenga que dos más dos son cuatro, y que una botella es una botella y no un vaso, lo que a todos los tomistas conscientes o inconscientes nos parece lógico. El problema es que los marxistas postmodernos que defienden la irracionalidad como principio, nos piden que renunciemos a las formas que tiene la mente humana de percibir la realidad, y eso a demás de una gilipollez es imposible: por eso ser marxista postmoderno es vivir en una constante contradicción.

 

Solucionado el problema de la racionalidad en el lenguaje, terreno distinto es el del el origen de las palabras, que tiene implicaciones éticas, dialécticas y menos científicas. Y aquí si podemos debatir sin aplicamos determinados fonemas según la tradición a una u otra realidad, lo que implica necesariamente volver al problema fundamental de la semiótica medieval: el de los universales. Pero no queremos hacer sufrir al lector más de la necesario, ni vamos explicar nada más allá de que desde nuestra visión occidental el concepto es tan tradicional como la palabra que lo refiere, y teniendo en cuenta este hecho se hace preciso encontrar nuevas palabras para designar nuevas realidades –y si no que se lo pregunten a los ingenieros del Eusquera batúa–.

 

La unión entre personas del mismo sexo genético es una nueva realidad, e implica un nuevo término referencial, sin embargo los postmodernos, quieren imponer la realidad de origen, del hecho nuevo, y esto implica ampliar la realidad semántica del viejo concepto, ya que en realidad, lo que le sucede a los progres es que son fanáticos en su clasismo social –lucha de clases– y no pueden asumir el hecho de que dos hombres o dos mujeres se quieran y decidan unirse en cuerpo, alma y patrimonio, para la comunidad de existencia es tan licito como que lo haga un hombre y una mujer, y que siendo realidades esencialmente distintas son igualmente respetables. El problema es el desprecio subyacente a lo diferente que implica cualquier visión igualitaria de la realidad: si dejo entrar la unión entre dos personas del mismo sexo en el concepto de matrimonio lo que estoy haciendo es despreciar una forma distinta de amor a la tradicional, porque esto implica admitir que el matrimonio es la única comunidad sexual posible, y que es la referencia que todos deben seguir. Su clasismo implícito es tan arrogante que incluso hacen clasificaciones según preferencia sexual, donde engloban a las personas según patrones de comportamiento predefinidos, quitándoles sus estatuto de personas y cosificándolos a base de graves discriminaciones políticas.

 

Frente a esta problemática Vox puede hacer dos cosas: o bien abandonar paulatinamente la batalla cultural y seguir el camino de ciudadanos al abismo, o hacerse fuerte en lucha de las ideas. Por su puesto los de Abascal están muy prevenidos de que ese público es del PP y PSOE, con lo cual no les queda más que una vez pasada la tensión electoral madrileña, trabajar con firmeza en su doctrina política, construyendo las lineas básicas de su producto mediático: que puedo decir, que no puedo, y de lo que puedo como lo digo; lineas a seguir por todos sus representantes. El error de los partidos políticos es que sus arquitectos muchas veces confunden la política con la actividad filosófica, y no es lo mismo la ciencia que la retórica. Un partido político no es un lugar para debatir, es una empresa electoral que tiene por fin colocar a sus dirigentes en una estructura de poder concreta que es la ejecutiva, que no concentra todo el poder ni el más amplio –por que el político se hipoteca, como lo hacían los reyes son los señores del lugar–. Resulta tan paradójico como real que uno vota al candidato que más confianza le da, y los políticos saben que lo importante en su oficio no es lo que se diga, sino como se diga.