Como dijo Nietzsche de sí mismo, algunos también hoy han perdido la fe en las palabras, en los valores consagrados y en los nombres grandes. ¡Ojo!, dijo nombres -no hombres- grandes. Porque, es cierto, los nombres grandes, es decir, los pequeños hombres, sustentados en un populacho ciego, que acepta la igualdad al nivel del suelo, no del cielo, y que se siente a gusto en la plaza pública bailando al son de la tenebrosa propaganda, manejan al rebaño.

Lo último de este rebaño es haber vaciado, en reata, los estantes de los supermercados, al toque de trompeta de la guerra de Ucrania -como antes ocurrió con la pandemia- sin cuestionarse nada, sin detenerse a pensar y a contrastar, tal vez porque el gentío desconoce qué es grande y qué es pequeño, qué es recto y qué es torcido, qué es honrado y qué es criminal. Y porque, envueltos en el ruido de la plaza pública se dejan persuadir con gestos mejor que con hechos, algo muy al alcance de los demagogos, hábiles para adornarse con visajes y aspavientos, pomposas palabras, histriónicas virtudes y falsas obras.

Dispuestos a reinventar el apocalipsis, los actuales amos, mediante su agitprop, no dejan de enviarnos catástrofes, envueltas en humo y en aullidos. Se han negado a divulgar los valores y, por el contrario, ordenan a sus turiferarios que hagan gravitar al mundo alrededor de los nuevos estruendos, que encadenan sucesivamente y sine die para que la fiesta -el miedo- no decaiga. Y así los grandes acontecimientos en vez de proporcionarnos las horas más fructíferas, nos dejan las más fúnebres. Mientras tanto, la multitud domesticada no es vista por la publicidad oficial como un ejemplo de mediocridad y esclavitud, sino de moderación y democracia.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la humanidad tuvo en su mano edificar un mundo mejor. La reciente y terrible experiencia así lo aconsejaba. Pero en lugar de una sociedad racional y justa, lo único que germinó de los cadáveres y de los escombros, fueron -además de la equívoca historia contada por los vencedores- las nuevas y numerosas guerras regionales, la «guerra fría» de 40 años, un capitalismo salvaje y un marxismo irredento y de camuflaje renovado.

El Occidente alegre y confiado, incapaz de extraer enseñanzas de sus vivencias, se dejó acunar en los brazos de una imposible «sociedad del bienestar», de cultura hedonista y consumista, conformadora de insolidaridades y agravios comparativos. Y la plaza pública fue invadida por rebeldías sin causa, aturdidos «movimientos florales» y desconcertantes y revueltos «mayos del 68». Es decir, nada fecundo ni apto para modelar una convivencia más auténtica.

No sólo eso, sino que la ausencia de valores y de leyes ecuánimes, ha ido dando paso a este nuevo orden mundial que, despreciando al humanismo cristiano y al libre albedrío, y llevando en su seno doctrinal la destrucción, se erige no obstante como redentor ecuménico. La dialéctica de los principios se ha convertido, pues, en la dialéctica de la regresión. No es a las «tablas de la ley» a quien la Historia ha dado la razón, sino a la más turbia crónica de la infamia y del crimen.

Mientras que los amos son cada vez más omnipotentes, es decir, más impunes, la muchedumbre, embrutecida y confusa, se empeña en una guerra entre vecinos, entre géneros, entre compatriotas, con la mirada puesta, mientras puede, en el afán de gozar de las migajas que esos amos dejan caer desde sus tronos de oro. Sin percatarse de que, careciendo de un código de valores, despreciando su religiosidad innata e ignorando realidades y verdades, la sociedad no podrá alcanzar nunca seguridad, concordia ni armonía.  

El caso es que, ensordecidos por el estruendo de las catástrofes que los amos fabrican, y lejos de analizarlas y de buscar soluciones a los problemas que deparan, preferimos vivir frívolamente, absorbidos por una vida vacía de sentido, salvo el del goce y el del falso mundo que nos muestran las televisiones. No nos guían la crítica imparcial, ni la rebeldía íntegra, ni el afán de saber, sino las consignas con que los instrumentos del poder nos inoculan subrepticiamente.

Los dirigentes del mundo y sus profesionales del poder, siempre dispuestos al engaño y a la manipulación de las masas, no dejan de inducir en la opinión pública sus interesadas interpretaciones de los hechos. Y la sociedad hipócrita se deja engañar o se autoengaña, aparentando preocuparse por una paz o una guerra -según toque- a redoble de telediario, o se esclaviza aceptando una impostada pandemia. Imposiciones humillantes, en definitiva, a las que denomina «modernidad» o «democracia» o «nuevo orden» o cualquier etiqueta e ideología anunciada por los voceros del poder.

Entre todo este balance de deshumanización y plebeyez occidental a España le ha correspondido lo peor del lote: una casta política traidora, sometida a los dictados del NOM y de la actual Anglosajonia, y vendida a sus agendas, es decir, a sus inclinaciones tanáticas, a sus negocios multinacionales y a su moral luciferina. Mas ante tal realidad, el pueblo permanece cosificado, atado a la vulgaridad más estéril, sacando a subasta pública diariamente su patrimonio espiritual, atentando él mismo contra la vida humana a través de sus abortos y sin saber ni querer saber que el tener nunca ha de anteponerse al ser.  

Para encontrar el camino habría que acudir a lo más hondo de las conciencias y despojarlas de la mugre moral acumulada. Algo difícil de conseguir, tal como están las cosas. Sólo queda, no obstante, luchar y resistir, sin abandonar la esperanza. Al parecer, es preciso que padezcan más y más los mejores de la sociedad, de la especie. Que esa lucha sea inútil no quiere decir que carezca de sentido. Nuestra literatura tiene un grandioso y universal ejemplo de ello, pues si el luchar por la verdad y por la libertad implicara un sinsentido, don Quijote no hubiera pasado de ser un fantoche.