Viendo cómo está actuando el gobierno español desde que proclamó el estado de alarma, me he preguntado bastantes veces si la causa de su desmedido centralismo se debe a que todos y cada uno de los presidentes regionales no son fiables. Para mí, independientemente de la ideología de cada uno y del partido político al que pertenezcan, todos son fiables, ya que han sido elegidos de acuerdo a lo que preceptúa el ordenamiento legal vigente. En cambio, tengo la impresión de que ninguno lo es para el actual presidente del gobierno, ya que todos coinciden en afirmar públicamente que no les hace ningún caso y que cada semana aprueba un nuevo decreto sin tener en cuenta sus opiniones. Entre los muchos ejemplos que podría poner para demostrar que el presidente del gobierno no se fía de ellos, el más sencillo de entender es éste: los sábados sale a la televisión a decirnos lo que ya ha decidido para la semana siguiente y el domingo por la mañana tiene una reunión online con los 17 presidentes regionales para informarles de lo que previamente ha decidido hacer. Lo lógico sería hacerlo al revés: reunirse primero con los presidentes regionales, escucharles, debatir y finalmente promulgar los acuerdos a que hayan llegado.

Lo que no llego a comprender es por qué ninguno de esos 17 presidentes ha plantado cara al jefe del ejecutivo, amenazándole con que el modo de llevar a cabo el desconfinamiento se hará en su región siguiendo las indicaciones del comité de expertos que existe en cada comunidad autónoma, respetando al mismo tiempo los lineamientos generales aprobados por el gobierno central. Podría entender que los presidentes regionales socialistas digan amén a todo lo que les imponga el secretario general de su partido (es decir, el señor Sánchez), pero no que los pertenecientes a otros partidos políticos también agachen la cabeza y que después pasen horas en sus televisiones quejándose de que no los tienen en cuenta. Y todavía me parece menos entendible que el presidente de la región catalana, que considera que su región es un país independiente de España, acate los designios supremos del jefe del gobierno sin estar de acuerdo.

Habrán observado ustedes que no he aconsejado a los presidentes regionales en el párrafo anterior que no acaten el protocolo para el desconfinamiento que aparece en el boletín oficial del estado. Solo he dicho que amenacen al jefe del gobierno con no acatar dicho protocolo. Personalmente, pienso que si un grupo significativo de presidentes regionales amenazara con aprobar su propio protocolo, respetando los lineamientos generales impuestos por el gobierno central, el señor Pedro Sánchez y su mentor, el señor Pablo Iglesias, no nos tendrían a todos los ciudadanos estabulados en nuestras casas y marcándonos a qué horas debemos salir a pasear, o hacer deporte, y cómo debemos realizar esas elementales actividades, empleando el mismo método pedagógico que utilizaba Blas para demostrar a Epi cuándo es de día y cuándo es de noche. Es decir, empleando un método didáctico concebido para las personas más idiotas y estúpidas del planeta.

Siempre estuve en contra del título octavo de nuestra Constitución y de la posterior legislación que dividió a España en 17 reinos de taifas y, sobre todo, que se otorgaran a cada región las competencias de sanidad y de educación, o que se aceptara que los presidentes de esos reinos de taifas pudieran disponer de un ejército propio, denominado eufemísticamente policías autónomas. Creo que no es el momento de ofrecer argumentos por los que considero que esa distribución de competencias implica la ruina económica de este país y un acicate evidente para la ruptura de la unidad de España. Entre otras razones, porque hoy disponemos de evidencias empíricas más que suficientes, que demuestran el terrible daño que ha causado al bienestar de los españoles la multiplicación ad infinitum de cargos y administraciones que se solapan entre sí.

Yo entiendo que es en los momentos de graves crisis, como la que nos ha causado el coronavirus, cuando esas administraciones regionales, provinciales, comarcales y locales pueden ser muy útiles para implementar las medidas menos perjudiciales para la ciudadanía, respetando siempre los lineamientos generales aprobados por el parlamento. Sin embargo, los líderes de los dos partidos que integran el gobierno central han despreciado de manera absoluta a las administraciones periféricas, robándoles todas sus competencias, amparándose para ello en la imposición de un estado encubierto de excepción, que denominan “estado de alarma”. El resultado, como era de esperar, ha sido catastrófico para las vidas de los españoles y para la economía, no tanto por la incapacidad de los miembros del gobierno y de sus asesores, sino porque es materialmente imposible crear una estructura administrativa a nivel central, capaz de suplantar a la ya existente en las regiones, provincias, comarcas y ayuntamientos, en tan breve período de tiempo.

Al contrario de lo que piensan muchas de las personas que intervienen en las tertulias televisivas y radiofónicas, o que escriben en los periódicos, yo no creo que el desastre que nos han causado a los españoles la pareja formada por Sánchez e Iglesias, sea debido a que son unos cenutrios incompetentes. Es cierto que en sus equipos abundan colaboradores sin estudios, sin experiencia en la administración pública, o con titulaciones que les tocaron en alguna tómbola ferial. A pesar de que reconozco que ello es así, no creo que sean más incompetentes y cenutrios que los de cualquier otro gobierno de signo político diferente. Desde mi punto de vista, lo que explica el terrible fracaso de la gestión de esta pandemia por parte del gobierno actual es el sectarismo ideológico de los líderes de Podemos y la egolatría del señor Sánchez.

Del presidente de gobierno solo conozco que plagió su tesis doctoral, que no miente más porque no le queda más tiempo, que de manera torticera se encaramó en la cúspide del partido socialista y que, según cuentan los que lo conocen a fondo, su única ideología es la conservación de la presidencia del gobierno como sea y a costa de quien sea. Por tanto, la actuación de semejante personaje se corresponde a la perfección con ese perfil psicológico. El objetivo del señor Iglesias es radicalmente diferente, ya que su actuación tiene poco que ver con su configuración psíquica y mucho con su sectarismo ideológico. Cualquier persona que haya leído algo de los teóricos del comunismo sabe perfectamente que las actuaciones del señor Iglesias y de sus secuaces son idénticas a las que propusieron aquellos teóricos y las mismas que la cúpula inicial de Podemos puso en práctica en varios países latinoamericanos, encabezados por Venezuela, para lograr eso que ellos denominaron “el socialismo del siglo XXI”. El problema no es si se está de acuerdo o en desacuerdo con la ideología comunista, sino no olvidar la ruina ética, económica y social que se produjo en todos los países donde se impuso esa ideología. En esta situación tan grave en que nos encontramos en España, no creo que sea el momento de perder el tiempo teorizando a favor o en contra del comunismo. La misión ética de todas las personas que tenemos el privilegio de intervenir en los medios de comunicación no consiste en lanzar insultos personales a nuestros gobernantes, sino hacer ver a la gente con datos claros y precisos el desastre que nos han causado y la enorme ruina que se nos viene encima si continúan en el gobierno. Estoy convencido de que si se ofrecen al pueblo esos datos, de manera honesta y objetiva, muy pronto se llenarán nuestras calles de ríos de gente manifestándose en contra de una praxis política cuyo único objetivo es robarnos las libertades fundamentales, enfrentarnos a unos españoles contra los otros y hundir el bienestar social y económico que entre todos hemos conquistado a lo largo de nuestra tortuosa historia.

Santiago Molina García es catedrático jubilado de Pedagogía, Universidad de Zaragoza