Desde el Golpe de Estado del 14 de abril de 1931 España entró por el camino del terror. Esto fue la II República: Terror. La metodología del terror es siempre la misma, imponer sobre el conjunto de la población el miedo: a perder el trabajo, a perder la salud, el bienestar material, a la incertidumbre económica; miedo a la inseguridad jurídica. Miedo a ser señalado. El miedo se mastica en una atmósfera opresiva donde se aplica la vigilancia y el acoso, el aislamiento, el confinamiento. La situación siempre lleva a lo mismo: a la persecución, al arresto arbitrario, al secuestro y al asesinato. Y todo en nombre de la democracia, de la libertad, de la salud individual y colectiva. Por eso los conmilitones encargados de asesinar siempre se han llamado “comité de salud pública”.

En Cataluña el terror se acentuó con el Golpe de Estado de Companys en 1934, que duró diez horas de destrucción y asesinatos costando la vida a más de 100 personas. Y afectadas fueron también Asturias y otras regiones de España. Y el terror no se detuvo. Y nadie quiso hacer nada para parar aquella situación -ni la Iglesia, ni la aristocracia, ni la banca, ni el ejército- hasta que ya no había remedio.

Entre 1936-39 Companys organizó y dirigió su régimen de terror. Un auténtico holocausto porque su pretensión era eliminar enteros sectores de la sociedad. Sólo en la retaguardia Companys segó la vida de más de 9.000 catalanes de toda condición social y económica (labradores, obreros de la construcción, artesanos, comerciantes, dependientes, oficinistas, abogados, médicos, farmacéuticos, profesores), y de diversa ideología y creencia (anarquistas, sindicalistas, liberales, carlistas, católicos). No importó el sexo ni la edad: hombres, mujeres, niños y adolescentes. Todos fueron objeto de asesinato. El terror fue legal, dirigido por Companys desde el Comité de Milicias Antifascistas. Seguidamente con decreto de 4 de agosto Companys se hizo con todas las funciones del parlamento de Cataluña.

Este es el régimen que los independentistas pretendieron imponer el 1 de octubre de 2017. Esta es la Cataluña y la España añorada por los Independentistas y por la Izquierda.

Con un Pp y Ciudadanos acobardados y prácticamente en extinción, sólo Vox alza la voz contra tales pretensiones. Sólo Vox es verdadera oposición y resistencia ante las pretensiones independentistas e izquierdistas. Los diputados se están enfrentando en solitario a los golpistas. Buen ejemplo es el discurso de Manuel Acosta en el “Parlament”, a 2 de junio, sobre la Cataluña de Companys. Acosta sacó sentencias de muerte firmadas por Companys y el listado de los 9.000 catalanes asesinados bajo su gobierno de terror. Tan claramente hablan los diputados de Vox que los medios del “Régimen” tienen que cercenar las intervenciones parlamentarias de sus diputados, como le sucedió a Garriga el 21 mayo. Todo esto se enmarca dentro del cordón de aislamiento político y comunicativo al que quieren someter a Vox tanto en el parlamento en Cataluña como en el Parlamento de España.

Pero no se trata sólo de un cordón de aislamiento político. La Izquierda quiere ilegalizar a Vox, y el Pp aplaudiendo por debajo de la mesa. Y es que Vox es el único escollo que tiene la izquierda y los independentistas para alcanzar sus últimos objetivos políticos.

Los facinerosos independentistas ya dieron un Golpe de Estado en 2017 y algunos estaban dispuestos a la guerra civil (de ahí los intentos de comprar armas de guerra y reclutar mercenarios). Rajoy puso paños calientes a la herida causada por los golpistas sin poner cura. Ahora la herida ya está gangrenada y la sociedad catalana -e incluso en toda España- ya está dividida, quizás de forma irreconciliable. Los golpistas fueron condenados pero desde la cárcel nos vienen prometiendo que “lo volveremos a hacer”. Y no me cabe duda que lo volverán hacer y con asistencia del PSOE y de toda la izquierda.

Ahora la Izquierda -con el PSEO al frente- clama y trabaja para que se indulte a los golpistas. Esta pretensión tiene como mínimo tres objetivos: el primero, pagar peaje al independentismo para que siga apoyando a Pedro Sánchez y así poder acabar la legislatura con una remodelación del gobierno, posiblemente sobre septiembre u octubre. El segundo, creen algunos que con el indulto el “sufle catalán” se desinflará.

Pero aún hay un tercer objetivo (para mí éste es el verdadero objetivo y los demás son cortina de humo). La Izquierda y los independentistas llevan décadas clamando abiertamente por restaurar la República del Terror. Y desde la formación del gobierno de Pedro Sánchez al presente los ataques a la monarquía y a la dinastía reinante en la figura de Felipe VI, se han recrudecido y están a la vista de todos.

Y en esto, Pedro Sánchez se empeña en la cuestión de los indultos a los golpistas del 1O de 2017. Si se concede el indulto debe ser Felipe VI quien lo tenga que firmar. De tal manera se pone al rey ante un dilema. Ésta es mi hipótesis:

Opción a): Si Felipe VI no firma el indulto reafirmaría el apoyo de la derecha social. Sin embargo, la Izquierda y los independentistas se le echarían encima: desde los parlamentos a las calles, desatando el terror para exigir la república ya. Y ya sabemos quién controla el sistema financiero español e internacional y quien financia el terror por todo occidente (como sucedió con Black Lives Matters): los magnates de la izquierda globalista con sus fundaciones “filantrópicas”.

Opción b): Si Felipe VI firma el indulto perdería el apoyo de la derecha social. Desde esta orilla nadie estaría dispuesto a dar la cara por Felipe VI y defenderle. Pero Felipe VI ¿mantendría o recuperaría el apoyo de la Izquierda? Tengo para mí que no. El rey se encontraría sólo y desatendido, situación que sería aprovechada por la Izquierda para llevar el terror a las calles -a lo Black Lives Matters- como paso previo para poder proclamar la república.

Por lo tanto, el indulto es una trampa preparada para que Felipe VI -haga lo que haga- quede enredado en ella y las sabandijas puedan abalanzarse sobre la dinastía y destruir la monarquía.

Pienso que algo habrá que hacer para impedir que la institución monárquica caiga en esta trampa, en la que ninguna de las opciones tiene salida. Pero hoy como ayer, mucho me temo que cuando se quiera hacer algo pudiera ser demasiado tarde.