El próximo día 6 de enero puede ser el de la detención del marxismo cultural irredento y el que añada un obstáculo a la masonería mundialista, o el que encumbre en la nación más poderosa de la tierra a los hijos de Satanás. Es el día en que el Congreso y el Senado de los EEUU deben certificar el triunfo electoral de Joe Biden.

Si se cumplen los pronósticos optimistas del trumpismo, los 140 diputados y los 12 senadores republicanos que han anunciado su oposición a la aceptación del fraudulento e ilegítimo Joe Biden podrían ocasionar una disputa en el poder legislativo que llevaría a detener el ascenso del candidato demócrata a la presidencia de los EEUU.

Los cargos republicanos trumpistas han visionado y aceptado las evidencias irrebatibles del monumental fraude electoral perpetrado en el recuento de varios Estados, las anomalías de la detención del recuento, la inmensa estafa que supuso el voto por correo o los miles de testimonios personales jurados que acreditan los pucherazos.

El día 6 de enero, los diputados y senadores afines a Trump y enfrentados a la mayor parte de sus compañeros de escaño –los republicanos traidores y acomodados-, pondrán sobre la mesa las pruebas del fraude y demostrarán que mediante un procedimiento constitucional perfectamente legítimo, detienen el nombramiento presidencial en la persona de Biden. Los Tribunales estatales como la Corte suprema han sido serviles con los demócratas, y han preferido no abandonar su zona de confort antes que defender la verdad incomoda de las pruebas que invalidan el nombramiento del corrupto Joe Biden.

Ha habido un pletórico bautismo “presidencial” a Biden por parte de los medios de comunicación y de las élites del gran capital antes de ser certificado por el legislativo: una de las mayores farsas endosadas a la opinión pública en los últimos tiempos. El movimiento “Black lives matter” así como los arrasadores de estatuas, los hispanófobos, los colectivos feministas o los LGTB, es decir la morralla subvencionada desde Wall Street y Silicon Valey, han levantado sus espadas y han saludado con inefable aplauso al viejo Biden, al que han uncido victorioso.

Joe es el de los 50 años de vida política donde una fraudulenta “Fundación contra el cáncer” o los negocios internacionales corruptos de su vicioso hijo Hunter, han caracterizado algunas de las manchas morales de este senil político cuyas facultades mentales mermadas han sido capaces –con luz y taquígrafos- de manosear con libidinoso estruendo los cuerpecillos de niñas de 12 años.

La reciente elección, al frente de la Cámara de representantes, de la demócrata Nancy Pelosi, una anciana de 80 años, sitúa al proabortismo en primera línea de la política norteamericana. Pelosi es el pegamento parlamentario que en el Congreso une a las facciones demócratas, totalmente dirigidas por el “Green new deal” y el ideario ultra feminista, racista anti blanco y ecologista; es decir, el apogeo del marxista cultural y antioccidental.

La “vicepresidenta” del equipo de Biden, Kamala Harris, es una Irene Montero morenita que cuenta –eso sí- con estudios universitarios. Sus discursos parecen un calco de las alocuciones de la marquesa de Galapagar y están cargados de simpleza, odio a la familia heterosexual y defensas de la concepción genocida de Planned Parenthood, la multinacional negociadora de los fetos asesinados que pagó a Harris una parte sustancial de su campaña a la Fiscalía.

Biden, Harris….Católicos se hacen llamar. Y son abortistas y proLGTB. El Papa Bergoglio, tan ávido en criticar a los movimientos social patriotas europeos defensores de la fronteras frente a la inmigración, se ha inhibido vergonzosamente en la terrible cuestión de la aprobación del aborto en su patria originaria, Argentina. La alianza papal con Hillary Clinton y con el partido demócrata ha sido siempre evidenciada y se vio cuando Donald Trump, en su encuentro de hace unos años con el Papa y tras platicar con él, dijo ante los medios: “quién es el Papa para decirme si soy un buen cristiano”.

El “catolicismo abortista” de las élites demócratas de EEUU y sus lobbies, bendecido por el Papa traidor, es en realidad el mismo credo que el de los señores de la industria militar, de las grandes productoras de Hollywood, de las redes sociales o de las grandes empresas tecnológicas: la secta masónica “iluminadora” que aspira a derribar un obstáculo para las ambiciones extensivas de la dictadura globalista como es Donald Trump, el cual les arrebató a todos ellos las riquezas y el poder social totalitario al que aspiraban, y que en España, a pasos agigantados, están logrando.

El 6 de enero, Occidente se juega mucho: poner un freno al Nuevo orden mundial o acelerar su avance que nos sepulte definitivamente. Si hay senadores y congresistas estadounidenses que prefieren la rebeldía a la sumisión; la verdad a las amenazas del “Deep state”; y la lucha al “confort”, frenarán a un ilegítimo candidato presidencial llamado Joe Biden.

Que los señores de la guerra, los poderosos de las grandes multinacionales y los medios intoxicadores que censuran la libre expresión no ganen esta batalla, depende de que todavía existan escrúpulos en parte de una clase política que de no optar por la verdad estará traicionando a su nación y metiendo a Occidente en un mayor y más despiadado infierno globalista.