A diferencia de tantos otros que prefirieron rendir honores cómplices a la violencia, José Antonio, consciente de que todos tenemos un compromiso irrenunciable con Dios, con la Patria y la Historia, sin importarle el riesgo que asume, se pone al frente de una alternativa por la necesidad de levantar un sentimiento abierto a la esperanza de todos sus compatriotas. Por eso cuando se lee, o, mejor diría, se escucha a José Antonio, lo que en realidad hacemos es buscarnos a nosotros mismos. Es así, porque hay personas que siempre se quedan, enriqueciendo nuestras vidas y dejando un mundo mejor.

    José Antonio Primo de Rivera ha dejado de interesar porque está España nuestra, la de hoy, desconoce el aporte intelectual y moral que desempeñó en la sociedad convulsa de su tiempo, y el que sigue desempeñando hoy como la mejor alternativa posible. Y fue, y es así, porque, pese a sus grandes diferencias y discrepancias políticas trasladadas al debate público, nunca fue un hombre sectario que se dejase llevar por celos o envidias. Ninguna de estas cosas entró en su personalidad ni en su discursiva política. Al contrario, fue generoso y siempre buscó puntos de encuentro, reconociendo la parte de verdad que toda propuesta tiene, si de verdad se escucha con atención. Que ese es el papel del intelectual.

    Después del discurso en el Teatro de la Comedia, José Antonio se convierte en un insoslayable referente político, porque no se hace cómplice de ninguna de las dos posturas en liza, a las que combate por igual con la misma seriedad y lucidez. Encarnando de este modo la alternativa posible que propone desde la coherencia analítica del pensamiento que expone y la hondura moral de su personalidad en consonancia con su fe católica, sentida y vivida.

    Lo que trasmite José Antonio es una propuesta antigua, y a la vez novedosa, que no se deja llevar por preceptos ajenos a lo español -por más similitudes que algunos quieran ver, sobre todo con el Fascismo, pecado de principiante que abandono muy pronto- ni por una voluntad de escudarse en la política para ajustar cuentas personales -que sólo lo hizo al principio y por una causa tan noble como es la defensa del padre-. Como tampoco hay en ella, ni un ápice de oportunismo ni de camuflaje o coyunturalismo. Y mucho menos un espíritu de venganza, tan habitual en los resistentes, reales o impostados, que de todo hay.

    Detesta a Rousseau como instaurador del mal sistemático en la política, habla de la Revolución de Octubre de 1917 como de un horror desconocido desde la Revolución francesa y se refiere a la derecha como un refugio destinado a salvar privilegios. Que son los tres argumentos críticos en el análisis de su pensamiento… ¡No me digan que no es una exposición impecable!

    En resumidas cuentas, José Antonio habla de una España enfrentada a sí misma porque no ha sabido mantener su alma a salvo, a pesar de su pasado glorioso y de sus antiguas virtudes, que de nada le han servido. Sentimiento que le servirá también de argumento para neutralizar -o al menos intentarlo- los excesos de la venganza cuando está llegue, dando voz a quienes como él corrieron la misma suerte. Su discurso es inteligente, honesto y de una gran sutiliza en argumentos y alegatos, dejando ver a un hombre que habla entre el enfado resistente y cierta melancolía por la devastación que describe. A lo que añadía un sinfín de cualidades personales: atractivo físico, elegancia en modos-formas y maneras, extremadamente culto, jurista eminente, brillante orador, escritor y poeta…

    A ciento diecinueve años de su nacimiento sus pasos continúan tableteando por la historia, prueba de que sigue estando ¡PRESENTE!...