Cada vez que nos encontramos en peligro, cuando sentimos que todo se derrumba, que perdemos la seguridad, la confianza, la esperanza y que parece que nos ahogamos irremediablemente en las aguas de ese mar oscuro y tempestuoso que azota nuestra nave, recurrimos a él, a Ulises.

Ulises es la figura que mejor encarna los principios de la tradición occidental nacida en la Grecia Antigua y el protagonista de uno de los textos canónicos de nuestra cultura y civilización: La Odisea. El poema épico de Homero, escrito hace casi tres mil años, pervive aún hoy y tal vez nos ofrezca algunas claves para sobrevivir a los infortunios de este mundo enfermo, sin fronteras ni identidad que nos castiga como la ira de los dioses lo hizo con el astuto Odiseo.

La mejor arma del héroe fue su astucia e inteligencia. En el peor de los escenarios con decisión y valentía, guiado por su ingenio y confianza en Palas Atenea salió victorioso. Al final de la Guerra de Troya, Ulises solo desea regresar a su trono, a su patria y rencontrase con el amor de su mujer y su hijo. En su viaje de vuelta, los dioses y el destino le pusieron miles de obstáculos intentando impedírselo, como cuando cayó prisionero de Calipso, se enfrentó al cíclope Polifemo o quedó embrujado por años en los brazos de Circe.

Honor, coraje, lucha, dolor, muerte, tentaciones y placeres carnales marcaron su largo viaje de vuelta a Ítaca. Finalmente, después de años y pesares, cumplió su cometido, vengó con sangre sus afrentas y oprobios y recuperó la gracia de sus Dioses, su Patria y su Familia.

La Odisea no fue escrita como un simple entretenimiento, sino que enseñó los principios que guían a toda una civilización. La familia, la patria, el hogar, el honor, el amor, la venganza, el sacrificio, lo divino, lo humano, las tentaciones, el viaje, la fortaleza, la amistad, la lealtad, la muerte, el más allá, la aventura, los placeres, la fidelidad, las penurias y la victoria final, son las estaciones de un poema que es pilar de la tradición sapiencial europea.

El Occidente clásico, en su origen, fue la línea que marcó la diferencia entre la civilización y la barbarie. Luego se convirtió en la civilización cristiana y hoy, si hablamos de occidente, es el sinónimo de la modernidad con el triunfo de la técnica y la economía de mercado, en definitiva, el triunfo del capitalismo desde el final del siglo pasado.

Ese Occidente hoy se ha globalizado. El mundialismo es el síntoma del agotamiento de occidente. La civilización occidental, tal como la conocimos, se terminó cuando comenzaron a perderse sus límites, tal vez no por su “decadencia”, sino por la pérdida de sus de sus fronteras geográficas, físicas, mentales y espirituales. Finalmente, todo el mundo se volvió occidente, en el peor de los sentidos.

El mundialismo se impone con la extensión por todo el planeta de la tecnología, la ideología del pensamiento único y la economía, incluso generando monstruos como el maocapitalismo chino que es más agresivo aún que el capitalismo salvaje.

Sin límites ni fronteras, el mundialismo se impone como ideología y doctrina donde todo pierde contención: los sexos, los pueblos, las poblaciones, los estados nacionales. Nada tiene límites ni fronteras y esto es visto como un valor positivo, como una riqueza del Nuevo Orden Mundial. Si a este contexto le agregamos una pandemia que acelera el proceso de control, nos encontramos como Ulises en medio del naufragio.

Recordemos que para el mundo de la Grecia Clásica el límite era la base de la civilización. El sentido del límite era la medida con la cual se podía distinguir la luz de la oscuridad, el saber de la ignorancia, el hombre de la mujer, la belleza de la fealdad o el bien del mal. Sin límite, sin frontera, sin muro de contención, todo esto se pierde, incluso la identidad que también posee un contorno. Cuando esto se difumina, las cosas también pierden significado, su identidad, su dignidad, su esencia, incluso ya no hay diversidad, todo puede ser una cosa y la contraria.

Si este proceso no se detiene en el mundo postcovid-19, en esta nueva normalidad que nos espera, seremos intercambiables, distanciados, atomizados y silenciados. Esa será la muerte de Occidente y el nacimiento de un nuevo mundo en el que no habrá más diferencias, ni más allá, incluso ya no habrá más cielo ni tierra, todo es graciosamente liberado y donde no habrá metafísica ni trascendencia. Si esto finalmente avanza se perderán los elementos constitutivos de la civilización y el advenimiento del nihilismo de la técnica mundialista, la nada, en definitiva.

Creo que tendremos una oportunidad volviendo a lo clásico de nuestra cultura y la tradición, para seguir navegando en aguas turbulentas y salvarnos de encallar mientras cantan las sirenas. Podemos hacerlo tapando nuestros oídos con cera sin dejar de remar hacia adelante. Otros, tal vez más osados y curiosos, lo harán atados al mástil como lo hizo Ulises. Más allá hay otro universo donde hay algo más que solo presente, donde habita el pasado, lo eterno, el arte, la cultura, nuestro futuro y nuestro destino, más allá de pandemias y confinamientos.

Afortunadamente aún contamos con el astuto Ulises para guiarnos y encontrar, finalmente, el camino de vuelta a nuestra Ítaca, a nuestra patria. Si el lo logró nosotros también. Aunque tengan que pasar tres mil años.